domingo, 10 de junio de 2012

El capítulo V de Las uvas de la ira

Los propietarios de las tierras o, con mayor frecuencia, un portavoz de los propietarios, iban a las tierras. Llegaban en coches cerrados y palpaban el polvo seco con los dedos, y algunas veces perforaban el suelo con grandes taladros para analizarlo. Los arrendatarios, desde los patios castigados por el sol, miraban inquietos mientras los coches cerrados avanzaban sobre los campos. Y al fin los representantes de los dueños entraban en los patios y permanecían sentados en los coches para hablar por las ventanillas. Los arrendatarios estaban un rato de pie junto a los coches y luego se agachaban en cuclillas y cogían palitos con los que dibujar en el polvo.

Las mujeres miraban desde las puertas abiertas y detrás de ellas los niños, niños de cabeza de maíz, los ojos de par en par, un pie descalzo encima del otro y los dedos de los pies en movimiento. Las mujeres y los niños miraban a los hombres hablar con los propietarios y callaban. 

Algunos portavoces eran amables porque detestaban lo que tenían que hacer, otros estaban enfadados porque no querían ser crueles, y aun otros se mostraban fríos, porque habían descubierto hacía ya mucho tiempo que no se puede ser propietario si no se es frío. Y todos se sentían atrapados en algo que les sobrepasaba. Unos despreciaban las matemáticas a las que debían obedecer, otros tenían miedo, y aun otros adoraban las matemáticas porque podían refugiarse en ellas de las ideas y los sentimientos. Si un banco o una compañía financiera eran dueños de las tierras, el enviado decía: el Banco, o la Compañía, necesita, quiere, insiste, ebe recibir, como si el banco o la compañía fuera un monstruo con capacidad para pensar y sentir, que les hubiera atrapado. Ellos no asumían la responsabilidad por los bancos o las compañías porque eran hombres y esclavos, mientras que los bancos eran máquinas y amos, todo al mismo tiempo. Algunos de los enviados estaban algo orgullosos de ser los esclavos de señores tan fríos y poderosos. Se quedaban sentados en los coches y daban explicaciones. Sabes que la tierra es pobre. Ya has escarbado en ella lo suficiente, Dios lo sabe. 

Los arrendatarios, en cuclillas, asentían, pensaban y hacían dibujos en el polvo y, sí, lo sabían, Dios lo sabe. Ojalá el polvo no volara. Si sólo la capa superior no volara... 

Los hombres de los propietarios tenían una idea fija: Sabes que la tierra se está empobreciendo. Sabes lo que el algodón le hace a la tierra: la despoja de todo, la desangra. 

Los hombres en cuclillas asentían, lo sabían, Dios lo sabía. Si pudieran alternar cosechas podrían bombear sangre nueva en la tierra. 

Bueno, es demasiado tarde. Y los enviados explicaban el mecanismo y el razonamiento del monstruo que era más fuerte que ellos. Un hombre puede conservar la tierra si consigue comer y pagar la renta: lo puede hacer. 

Sí, puede hacerlo hasta que un día pierde la cosecha y se ve obligado a pedir dinero prestado al banco. 

Pero, entiendes, un banco o una compañía no lo pueden hacer porque esos bichos no respiran aire, no comen carne. Respiran beneficios, se alimentan de los intereses del dinero. Si no tienen esto mueren, igual que tú mueres sin aire, sin carne. Es triste pero es así. Sencillamente es así. 

Los hombres acuclillados levantaban los ojos intentando comprender. ¿No podemos quedarnos? Quizá el año próximo sea un buen año. Dios sabe cuánto algodón habrá el año que viene. Y con todas las guerras, Dios sabe qué precio alcanzará el algodón. ¿No fabrican explosivos con el algodón? ¿No hacen uniformes? Con las guerras suficientes, el algodón irá por las nubes: El año próximo, tal vez. Miraban hacia arriba interrogantes. 

No podemos depender de eso. El banco, el monstruo necesita obtener beneficios continuamente. No puede esperar, morirá. No, la renta debe pagarse. El monstruo muere cuando deja de crecer. No puede dejar de crecer. 

Los dedos suaves empezaban a dar golpecitos en la ventana del coche y los dedos endurecidos apretaban con más fuerza los palitos que no cesaban de hacer dibujos. En las puertas de las casas castigadas por el sol las mujeres suspiraban y después cambiaban de pie, de modo que el que había estado debajo ahora estaba encima, y los dedos en movimiento. Los perros se acercaban a los coches de los dueños olfateando y meaban en los cuatro neumáticos, uno detrás de otro. Los pollos se tendían en la tierra soleada y ahuecaban las plumas para que el polvo limpiador llegara hasta la piel. En las pequeñas pocilgas los cerdos gruñían inquisitivamente sobre los restos fangosos de su bazofia. 

Los hombres en cuclillas volvían a bajar la vista. ¿Qué quieren que hagamos? No podemos quedarnos con una parte menor de la cosecha, ya estamos medio muertos de hambre. Los niños están hambrientos todo el tiempo. No tenemos ropa, la que llevamos está rota y en jirones. Si no fuera porque todos los vecinos están igual, nos daría vergüenza ir a las reuniones. 

Y por fin los enviados llegaban al fondo de la cuestión. El sistema de arrendamiento ya no funciona. Un hombre con un tractor puede sustituir a doce o catorce familias. Se le paga un sueldo y se queda uno con toda la cosecha. Lo tenemos que hacer. No nos gusta, pero el monstruo está enfermo. Algo le ha sucedido al monstruo. 

Pero van a matar la tierra con el algodón. 

Lo sabemos. Tenemos que obtener el algodón rápidamente antes de que la tierra muera. Entonces la venderemos. A montones de familias del este les gustará poseer un trozo de tierra. 

Los arrendatarios levantaban la vista alarmados. Pero ¿qué pasa con nosotros? ¿Cómo vamos a comer? 

Os tendréis que ir de las tierras. Los arados saldrán por los portones. 

Entonces los hombres acuclillados se erguían airados. El abuelo se cogió la tierra y tuvo que matar indios para que se fueran. Y Padre nació aquí y arrancó las malas hierbas y mató serpientes. Luego vino un mal año y tuvo que pedir prestado algo de dinero. Y nosotros nacimos aquí. Los que están en la puerta, nuestros hijos, nacieron aquí. Y Padre tuvo que pedir dinero prestado. Entonces el banco se apropió de la tierra, pero nos quedamos y conservamos una pequeña parte de la cosecha. 

Ya lo sabemos, todo eso lo sabemos. No somos nosotros, es el banco. Un banco no es como un hombre, el propietario de cincuenta mil acres tampoco es como un hombre: es el monstruo. 

Sí, claro, gritaban los arrendatarios, pero es nuestra tierra. Nosotros la medimos y la dividimos. Nacimos en ella, nos mataron aquí, morimos aquí. Aunque no sea buena sigue siendo nuestra. Esto es lo que la hace nuestra: nacer, trabajar, morir en ella. Esto es lo que da la propiedad, no un papel con números. 

Lo sentimos. No somos nosotros, es el monstruo. El banco no es como un hombre. 

Sí, pero el banco no está hecho más que de hombres. 

No, estás equivocado, estás muy equivocado. El banco es algo más que hombres. Fíjate que todos los hombres del banco detestan lo que el banco hace, pero aún así el banco lo hace. El banco es algo más que hombres, créeme. Es el 
monstruo. Los hombres lo crearon, pero no lo pueden controlar. 

Los arrendatarios gritaron: 

—El abuelo mató indios, Padre mató serpientes, por la tierra. Quizá nosotros podamos matar blancos, que son peores que los indios y las serpientes. Quizá tengamos que matar para conservar la tierra, igual que hicieron Padre y el abuelo. 

Y ahora los hombres de los propietarios se encolerizaron. 

Os tendréis que ir. 

Pero es nuestra, gritaron los arrendatarios. Nosotros... 

No. El banco, el monstruo es el propietario. Os tenéis que ir. 

Sacaremos nuestras armas, como hizo el abuelo cuando vinieron los indios ¿Y entonces qué? 

Bueno, primero el sheriff, después las tropas. Si intentáis quedaros estaréis robando, seréis asesinos si matáis para quedaros. El monstruo no está hecho de hombres, pero puede hacer que los hombres hagan lo que él desea. Pero si nos vamos, ¿dónde vamos a ir? ¿Cómo nos vamos a ir? No tenemos dinero. 

Lo sentimos —dijeron los enviados—. El banco, el propietario de cincuenta mil acres no se hace responsable. Estáis en una tierra que no os pertenece. Una vez que la dejéis, a lo mejor podréis recoger algodón en el otoño. Quizá podáis vivir del auxilio social. ¿Por qué no vais hacia el oeste, a California? Allí hay trabajo y nunca hace frío. Allí te basta con alargar la mano y ya tienes una naranja, siempre hay alguna cosecha que recoger. ¿Por qué no vais allí? Y los representantes de los propietarios arrancaron los coches y se alejaron. 

Los arrendatarios volvieron a agacharse en cuclillas para dibujar en el polvo con un palito, para pensar, para reflexionar. Sus rostros quemados por el sol eran oscuros; sus ojos azotados por el sol eran claros. Las mujeres salieron cautelosamente y se acercaron a sus hombres y los niños salieron prudentes detrás de ellas, dispuestos a echar a correr. Los chicos mayores se acuclillaban junto a sus padres, porque eso les convertía en hombres. Después de un rato, las mujeres preguntaron: ¿qué quería? 

Y los hombres levantaron un instante la vista con un dolor latente grabado en los ojos. Nos tenemos que marchar. Van a traer un tractor y un capataz. Como en las fábricas. 

¿Dónde vamos a ir?, preguntaron las mujeres.  

No lo sabemos. No lo sabemos. 

Y las mujeres volvieron rápidas y en silencio a las casas con los niños agrupados delante de ellas. Sabían que un hombre tan dolido y perplejo puede revolverse encolerizado, incluso contra personas a las que quiere. Dejaron a los 
hombres calcular y pensar, en el polvo, solos. 

Pasado un rato quizá el arrendatario miró a su alrededor: la bomba instalada hace diez años con el asa en forma de cuello de ganso y flores de hierro en el caño; el tajo en el que habían sido decapitados un millar de pollos; el arado manual en el cobertizo y el pesebre abierto colgado de las vigas. 

En las casas, los niños se apiñaron en torno a las mujeres. 

¿Qué vamos a hacer, Madre? ¿Dónde vamos a ir? 

Las mujeres respondieron: 

Aún no lo sabemos. Salid fuera a jugar. Pero no os acerquéis a vuestro padre, que a lo mejor os zurra. 

Las mujeres siguieron trabajando, pero sin dejar de mirar a los hombres acuclillados en el polvo, perplejos y pensativos. 

Los tractores vinieron por las carreteras hasta llegar a los campos, igual que orugas, como insectos, con la fuerza increíble de los insectos. Reptaron sobre la tierra, abriendo camino, avanzando por sus huellas, volviendo a pasar sobre ellas. Tractores Diesel que parecían no servir para nada mientras estaban en reposo y tronaban al moverse, para estabilizarse después en un ronroneo. Monstruos de nariz chata que levantaban el polvo revolviéndolo con el hocico, recorrían en línea recta el campo, atravesándolo, a través de las cercas y de los portones, cayendo y saliendo de los barrancos sin modificar la dirección. No corrían sobre el suelo, sino sobre sus propias huellas, sin hacer caso de las colinas, los barrancos, los arroyos, las cercas, ni las casas. 

El hombre sentado en el asiento de hierro no parecía humano: con guantes, gafas, una máscara de goma sobre la nariz y la boca para protegerse del polvo, no era más que una parte del monstruo, un robot sentado. El trueno de los cilindros retumbaba por los campos hasta ser uno con el aire y la tierra, de modo que éstos murmuraban con vibraciones simpáticas. El conductor no podía controlarlo; atravesaba el campo en derechura invadiendo una docena de fincas y regresando en línea recta. Un giro de los mandos podría desviar la oruga, pero las manos del conductor no podían darles el giro porque el monstruo que había construido el tractor, que le había mandado salir se había introducido de alguna manera en las manos del conductor, en su cerebro y en sus músculos, le había puesto gafas y amordazado, unas gafas en la mente y la percepción, una mordaza en el habla y la protesta. No podía ver la tierra tal como era, ni olerla tal como olía, no podía pisar los terrones o sentir el calor y la fuerza de la tierra. Sentado en un asiento de hierro pisaba pedales de hierro. No podía aclamar, golpear, maldecir ni animar a esa extensión de su poder y por eso mismo tampoco podía aclamarse, golpearse, maldecirse o animarse a sí mismo. No conocía la tierra, no la poseía, no confiaba en ella ni le imploraba. No tenía la menor importancia que una semilla plantada no germinase. El que la joven planta pugnando por crecer se agostara en la sequía o se ahogara en una lluvia torrencial le era tan indiferente al conductor como al tractor. 

No sentía más cariño por la tierra que el que pudiera sentir el banco. Podía admirar el tractor: sus superficies de máquina, sus oleadas de potencia, el rugido de sus cilindros detonantes; pero el tractor no era suyo. Tras el tractor rodaban los discos brillantes que cortaban la tierra con las cuchillas; aquello no era arar, sino una especie de cirugía: la tierra extraída era empujada hacia la derecha, donde la segunda fila de discos la deshacía y la volvía a empujar a la izquierda; cuchillas cortantes que brillaban pulidas por la tierra lacerada. Y, arrastrados tras los discos, llegaban las gradas con sus peines de hierro, deshaciendo los terrones hasta que la tierra quedaba nivelada. Después de las gradas entraban en escena las grandes sembradoras, doce penes curvos de hierro, erectos en la fundición, cuyos orgasmos los producían los engranajes, que iban violando la tierra metódicamente, sin pasión. El conductor sentado en su silla de hierro se enorgullecía de la rectitud de las líneas que no se hacían por disposición suya, del tractor que ni poseía ni amaba, de ese poder que no estaba bajo su control. Y cuando aquella cosecha crecía y luego se segaba ningún hombre había desmigajado un terrón caliente con sus manos dejando la tierra cribarse entre las puntas de los dedos; ninguno había palpado la semilla ni anhelado que ésta germinase. Los hombres comían algo que no habían cultivado y no había conexión entre ellos y el pan. La tierra daba frutos sometidos al hierro y bajo el hierro moría gradualmente; porque no había para ella ni amor ni odio, y no se le ofrecían oraciones si se le echaban maldiciones. 

Al mediodía, el conductor del tractor paraba a veces cerca de la casa de uno de los arrendatarios y sacaba su almuerzo: bocadillos envueltos en papel encerado, pan blanco, escabeche, queso, fiambre, un trozo de pastel marcado como una pieza de motor. Comía sin entusiasmo. Y los arrendatarios que aún no se habían marchado salían para observarlo, miraban con curiosidad cómo se quitaba las gafas y la máscara de goma, y contemplaban los círculos blancos que iban quedando en su rostro alrededor de los ojos y de la nariz y la boca. El tubo de escape del tractor seguía arrojando nubecillas de humo, ya que el carburante era tan barato que resultaba más práctico dejar el motor encendido que tener que volver a calentarlo al reanudar el trabajo. Cerca se apiñaban niños curiosos y harapientos que comían masa frita al tiempo que miraban. Contemplaban con ansia cómo el hombre desenvolvía bocadillos y con el olfato aguzado por el hambre olían el escabeche, el queso, el fiambre. No se dirigían al conductor. Seguían con la vista la mano que se llevaba comida a la boca. No le miraban masticar, sino que los ojos seguían a la mano que sostenía el bocadillo. Después de un rato, el arrendatario que no había podido marcharse, salía y se acuclillaba a la sombra, junto al tractor. 

—Pues ¿no eres tú el hijo de Joe Davis? 

—Sí que lo soy —respondió el conductor. 

—Y ¿cómo te dedicas a este trabajo, yendo contra tu propia gente? 

—Porque son tres dólares por día. Me harté de suplicar para comer y de no conseguir nada. Tengo mujer y niños. Tenemos que comer. Son tres dólares por día y es algo seguro. 

—Eso es verdad —replicó el arrendatario—. Pero para que tú ganes tres dólares por día, quince o veinte familias se quedan sin comer. Casi cien personas tienen que salir y vagabundear por las carreteras por tus tres dólares diarios. ¿O no? 

—Yo no puedo pensar en eso —replicó el conductor—. Tengo que pensar en mis propios hijos. Tres dólares diarios, un día detrás de otro. ¿No sabe usted que los tiempos están cambiando? Ya no se puede vivir de la tierra a menos que se tengan dos mil, cinco mil, diez mil acres y un tractor. La tierra de labor ya no es para campesinos como nosotros. Usted no se revuelve ni se queja por no poder hacer Fords o por no ser la compañía telefónica. Pues mire, ahora pasa lo mismo con las cosechas, y no hay nada que hacer. Intente trabajar en algún sitio por tres dólares diarios. Es la única solución. 

El arrendatario comentó, pensativo: 

—Es curioso. Si un hombre tiene una pequeña propiedad, esa propiedad se transforma en él, en una parte de él y es como él. Si es dueño de una propiedad, aunque sólo sea para poder andar por ella, trabajarla, apenarse cuando no marcha bien y estar contento cuando la lluvia caiga sobre ella, esa propiedad es él y, de alguna manera, él es más grande porque la posee. Incluso si las cosas no le van bien, él tiene la grandeza que le da su propiedad. Es así. —Y siguió cavilando: —Pero cuando un hombre tiene una propiedad que no ve, que no puede tocar con los dedos porque le falta tiempo, ni pisar porque no está allí, entonces, la propiedad es el hombre. Él no puede ni hacer ni pensar lo que desea. La propiedad se apodera del hombre por ser más fuerte que él. Y él ya no es grande, sino pequeño. Tan sólo sus propiedades son grandes y él se convierte en el servidor de su propiedad. Esto es lo cierto, también. 

El conductor masticó el pastel marcado y arrojó la masa. 

—¿No se da cuenta de que los tiempos han cambiado? Filosofando así no conseguirá alimentar a los niños. Eso sólo se hace ganando tres dólares diarios. Los hijos de los demás no deberían preocuparle, ocúpese de los suyos propios. Si se hace una reputación por hablar de esa forma, nadie le pagará los tres dólares. Los que tienen la pasta no le contratarán si anda por ahí pensando en otras cosas aparte de en sus tres dólares. 

—Por tus tres dólares hay cerca de cien personas en la carretera. ¿Dónde vamos a ir? 

—Eso me recuerda —dijo el conductor— que más le vale irse pronto. Después de comer voy a entrar en su patio. 

—Esta mañana cegaste el pozo. 

—Ya lo sé. Tenía que seguir en línea recta. Pero después de comer voy a entrar en el patio. Tengo que ir siempre en línea recta. Además, ... bueno, usted conoce a Joe Davis, a mi viejo, así que le voy a decir una cosa. Mis órdenes son que cuando encuentro una familia que no se ha marchado, si tengo un accidente, ya sabe, me acerco demasiado y hundo un poco la casa, me puedo sacar un par de dólares. Y mi hijo menor no ha tenido nunca un par de zapatos... aún. 

—La levanté con mis propias manos. Enderecé clavos viejos para colocar el revestimiento. Los pares del tejado están atados a los travesaños con alambre de embalar. Es mía. Yo la construí. Atrévete a chocar contra ella, yo estaré en la 
ventana con el rifle. Que se te ocurra siquiera acercarte de más y te dejo seco como a un conejo. 

—No soy yo. Yo no puedo hacer nada. Pierdo el empleo si no sigo órdenes. Y, mire, suponga que me mata, simplemente a usted lo cuelgan, pero mucho antes de que le cuelguen habrá otro tipo en el tractor y él echará la casa abajo. Comete usted un error si me mata a mí. 

—Eso es verdad —dijo el arrendatario—. ¿Quién te ha dado las órdenes? Iré a por él. Es a ése a quien debo matar. 

—Se equivoca. El banco le dio a él la orden. El banco le dijo: o quitas de en medio a esa gente o te quedas sin empleo. 

—Bueno, en el banco hay un presidente, están los que componen la junta directiva. Cargaré el peine del rifle e iré al banco. 

El conductor arguyó: 

—Un tipo me dijo que el banco recibe órdenes del este, del gobierno. Las órdenes eran: o consigues que la tierra rinda beneficios o tendrás que cerrar. 

—Pero ¿hasta dónde llega? ¿A quién le podemos disparar? A este paso me muero antes de poder matar al que me está matando a mí de hambre. 

—No sé. Quizá no hay nadie a quien disparar. A lo mejor no se trata en absoluto de hombres. Como usted ha dicho, puede que la propiedad tenga la culpa. Sea como sea, yo le he explicado cuáles son mis órdenes. 

—Tengo que reflexionar—respondió el arrendatario—. Todos tenemos que reflexionar. Tiene que haber un modo de poner fin a esto. No es como una tormenta o un terremoto. Esto es algo malo hecho por los hombres y te juro que eso es algo que podemos cambiar. 

El arrendatario se sentó a la puerta y el conductor hizo tronar el motor y arrancó, deshaciendo los senderos, las gradas peinando el suelo y los falos penetrando la tierra. El tractor atravesó el patio, dejó el suelo apelmazado por tantas pisadas convertido en un campo labrado y retrocedió cortando de nuevo la tierra; quedó sin arar un espacio de unos tres metros de ancho. Y vuelta a empezar. El guarda de hierro arremetió contra una esquina de la casa, hizo desmoronarse la pared y arrancó la casita de los cimientos haciendo que cayera de lado, aplastada como un insecto. Y el conductor llevaba gafas y se cubría la nariz y la boca con una máscara de goma. El tractor dibujó una línea recta 
mientras el aire y la tierra vibraban con su ruido atronador. El arrendatario lo contempló, sosteniendo en la mano el rifle. Su mujer estaba junto a él, los silenciosos niños detrás. Y todos ellos mantenían la vista fija en el tractor. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

"Tras su coronación, Darío convocó a los griegos que estaban en su corte y les preguntó por cuánto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían a ningún precio. Entonces, convocó a los indios calatias, que devoran a sus progenitores, y les preguntó por qué suma consentirían en quemar en una hoguera los restos mortales de sus padres; ellos se pusieron a vociferar, rogándole que no blasfemara."


(Herodoto, Historias, III)

(Gracias, Genovesio Menéndez)

viernes, 4 de mayo de 2012

Escala

El domingo estuve cuatro horas o cinco o ni recuerdo en Barcelona, en una escala de esas simpáticas donde te lleva todo el día cambiarte de ciudad y de país. Como tengo que hacer un trabajo para una asignatura bonita de Etnografía, estuve tomando notas y, pues os dejo por aquí la parte de las telegráficas, que tienen su gracia. O no. A mí es que me molan estas cosas. Y, qué coño, que quiero volver a dedicarme a bloggear y no lo estoy haciendo.

Cafetería. Gente come. Periódicos. Yo estudio. Gente habla. Comparan compras. Pasan. Niños. Padres. Avión ("mira, papá, es el nuestro"). Hora de comer. El chico sale a recoger cosas de las mesas. Hay quien deja la mesa recogida, hay quien no. Llamadas telefónicas ("ya estoy en X, mi avión sale a tal hora"). Gente que ha llegado al final del trayecto y busca su equipaje. Madres cambian bebés antes de subir al avión, diferencias entre pilotos, azafatas y etc y pasajeros en la seguridad al moverse por el aeropuerto, cantidad y capacidad de los bultos, etc. Silencio y ruido por zonas. Diferencia en las consumiciones según va avanzando la hora. Redistribución en el contenido de los bultos en el caso de llevar más de uno. Libros, móviles, portátiles, periódicos, revistas. Colas de embarque. Megafonía. Pasajeros con movilidad reducida. Zonas infantiles. Campamentos según la cantidad de pasajeros. Actividad de pasajeros satélites. Baño. Hay quien se maquilla, quien se lava, etc. Hablan o no. Hay quien duerme. Quien se aburre, quien se entretiene. MIrar por los ventanales. Haber organizado más o menos el tiempo en el aeropuerto. Concepción de la estancia como algo habitual o extraordinario. Mirar por la ventana, al periódico o a ambos. Gente con más o menos prisa. Los trabajadores del aeropuerto se van a comer y saludan a los que llegan. Otra vez diferencias de comportamiento con los viajeros. Motivos del viaje: placer, trabajo, estudios. Solos, en familia, en bloque. Equipo de fútbol, reunión de empresa. Hay gente que observa a otra gente (y no sólo yo). Azafatas, camareros, etc, hablando entre ellos mientras te cobran, te atienden, etc. Gente que deambula, gente que se instala, el que dormía se despierta. Gente que hace tiempo, que tiene prisa. Llegan las limpiadoras. Gente que camina por la cinta transportadora. Gente que se queda quieta. Otro equipo de fútbol. Uno de gimnasia rítmica, con los aros. Los equipos embarcan en bloque. Los pequeños hacen más ruido. Los entrenadores/acompañantes explican lo de apagar el móvil. HAN PERDIDO UNA PASAJERA DE MOVILIDAD REDUCIDA!!!!! ("seguro que ya ha embarcado"). Un señor sin billete (o algo así) con dos críos de unos tres años. No le dejan embarcar. Dos chicos han perdido su avión. Gente que se pone a la cola antes de empezar el embarque. Gente que se levanta del asiento cuando empieza a moverse la cola. Calzado. Idioma(s).

Y aquí embarqué, me dormí viendo el Mediterráneo y me desperté viendo el Zurichsee.

Lo que haga con estas notas telegráficas ya es cosa mía, claro.

domingo, 29 de abril de 2012

Wind that shakes the barley

La semana pasada estuve leyendo a Bobby Sands. Lloré un montón y me pareció todo bellísimo en su sordidez. Una suerte de Romance del prisionero del preso (que pretende ser) político desnudo y humillado que da de comer a los pájaros que ve por la ventana con los gusanos que crecen en su celda en verano pero que también cuenta, con toda la naturalidad posible en esos casos, las torturas, las humillación y el resto de lo que sucede en un día de su vida, desde que se despierta muerto de frío por la mañana hasta que consigue compartir con los compañeros del módulo el tabaco que ha conseguido pasarle su madre que había venido de visita aquel mismo día. Como se dan clases de gaélico a gritos. Como consigue pasar el paquetito en la boca porque la revisión que le hacen es sólo anal (probablemente, como señala, porque el objetivo no es tanto registrarlo como humillarlo). Es corto y  cualquier cosa que yo pueda decir no le hace justicia; sólo lo frivoliza y lo convierte en aquello que no es.

Yo, en realidad, venía a contarles que acabo de descubrir a Amanda Palmer versionando "Wind that shakes the barley".




 La letra, según la Wikipedia es esta pero Amanda cambia algunos versos:

 I sat within a valley green
I sat me with my true love
My sad heart strove to choose between
The old love and the new love
The old for her, the new that made
Me think on Ireland dearly
While soft the wind blew down the glade
And shook the golden barley

Twas hard the woeful words to frame
To break the ties that bound us
But harder still to bear the shame
Of foreign chains around us
And so I said, "The mountain glen
I'll seek at morning early
And join the bold United Men
While soft winds shake the barley"

While sad I kissed away her tears
My fond arms 'round her flinging
The foeman's shot burst on our ears
From out the wildwood ringing
A bullet pierced my true love's side
In life's young spring so early
And on my breast in blood she died
While soft winds shook the barley

I bore her to some mountain stream
And many's the summer blossom
I placed with branches soft and green
About her gore-stained bosom
I wept and kissed her clay-cold corpse
Then rushed o'er vale and valley
My vengeance on the foe to wreak
While soft winds shook the barley

But blood for blood without remorse
I've taken at Oulart Hollow
And laid my true love's clay-cold corpse
Where I full soon may follow
As 'round her grave I wander drear
Noon, night and morning early
With breaking heart when e'er
I hear The wind that shakes the barley

jueves, 22 de marzo de 2012

El otro día me estuve descargando poemarios y antologías poéticas (y unas cuantas cosas más) como si me fuera la vida en ello y me fueran a cerrar internet y nunca más fuera ni a reencontrarme con mis libros ni con bibliotecas y/o librerías con ejemplares en lenguas que entienda con más o menos esfuerzo. Entre ellos, una antología del insoportable de Villena del que saco lo siguiente:


LA DESPEDIDA DEL FANTASMA

Ya no vendré más a molestaros.
Ya no más en la noche los extraños ruidos,
las luces que se encienden a solas, inseguras.
Adiós al tintineo de la cerámica
y a la risa sorpresa de los cuadros.
Adiós a los cuidados y amorosos desvelos
con que cerrabais puertas y ventanas
y mirabais los muebles con lenta incertidumbre.
Ya no veréis mis huellas imprevistas
—leves huellas, de acuerdo— sobre el sillón,
a un lado la ginebra y el suplemento semanal.
Amé vuestras costumbres, que siempre interrumpía.
Gocé las desnudeces que a veces me obsequiabais,
cuando al salir del baño os quedabais atentos,
escuchando mi risa apenas perceptible.
Yo corregía poemas olvidados
y añadía precisión a los artículos
interrumpidos en la noche.
Deslicé alguna vez algunas fechas falsas,
algún dato espectral e inexacto:
ni siquiera cobraba mis disfraces.
Jamás tuve la idea de aparecerme
en sábana interior: casto y sencillo
vagaba en ese limbo que son las casas cultas:
drama en la biblioteca
al no encontrar el Libro de los Muertos
(me entretuve leyendo Pedro Páramo).
Para no despertaros, me puse auriculares
cuando quise escuchar la colección de Réquiems
(la versión del de Mozart, excesiva y romántica).
No tengo tiempo ya de ordenaros el álbum
de las fotografías: amigos y viajes.
Dejo ya de inquietaros:
conozco demasiado de vosotros,
y ahora que acaba junio debo vagar por playas
y otros sitios propicios a las apariciones.
Adiós, adiós, amantes
para los que fui invisible:
espero saludaros en cualquier otra vida.

Juan Lamillar


Y ahora no me digan que no aman a alguien que pone a un fantasma a leer Pedro Páramo. La postmodernidad a veces se apodera de mí y yo me dejo hacer, lo siento. La promiscuidad literaria es lo que tiene.

sábado, 17 de marzo de 2012

Declaración de pérdidas

DECLARACIÓN DE PÉRDIDAS


Perder el pelo, perder la calma,

¿me explico?, perder el tiempo,

librar una batalla perdida,

perder peso y esplendor, perdón, no importa,

perder puntos, déjame terminar de una vez,

perder la sangre, perder al padre y a la madre,

perder el corazón, hace tiempo perdido

en Heidelberg, y ahora otra vez,

sin parpadear, el encanto de la

novedad, olvídalo, perder los

derechos civiles, me doy cuenta,

perder la cabeza, por favor,

si no puede evitarse,

perder el Paraíso Perdido, y qué más,

el empleo, al Hijo Pródigo,

perder la cara, que le vaya bien,

dos Guerras Mundiales, una muela,

tres kilos de sobrepeso,

perder, perder, y volver a perder, hasta

las ilusiones perdidas hace tanto tiempo,

y qué, no desperdiciemos una palabra más

en la tarea perdida del amor, digo que no,

perder de vista la vista perdida,

la virginidad, qué lástima, las llaves,

qué lástima, perderse en la multitud,

perderse en las ideas, déjame terminar,

perder la mente, el último céntimo,

no importa, termino en un momento,

las causas perdidas, toda sensación de bochorno,

todo, golpe a golpe,

¡ay!, hasta el hilo del relato,

el carnet de conducir, las ganas.

Hans Magnus Enzensberger, El hundimiento del Titanic

domingo, 22 de enero de 2012

In memoriam

Hace quince años, tú debías tener algo menos de cuarenta y nosotras teníamos trece. También tuvimos catorce, quince, dieciséis, diecisiete y hasta hoy, que tenemos veintiocho. Hablaba con ella, hace un rato, cuando me daba la noticia que no me podía creer, de que podía hacer tranquilamente cinco años que no nos veíamos. Hoy tiene una criatura preciosa que es igualita a ella y que se parece un montón a ti, porque os parecíais mucho.

Nos pasamos cientos de tardes adolescentes en tu casa e íbamos a verte a la inmobiliaria para que nos dejaras hacer solitarios en el ordenador. Eras joven, guapa, estabas divorciada, tenías tres hijos y un montón de paciencia con nosotras. Recuerdo haberme sentido en tu casa siempre como si estuviera en la mía, estuvieras tú o no (y eso, cuando se es adolescente y la madre de tu amiga está en casa es muy difícil). No nos trababas exactamente como a iguales pero tampoco como a crías.

Fuiste, ahora que lo pienso, que hace hora y pico que no puedo parar de pensar en ti, mi modelo de mujer independiente.

Hicimos mil y no hicimos ninguna y nos las aguantaste todas. Me llamabas "mi neniña" y me preguntabas siempre como estaba mi madre, que estaba mal. Un día tu hermana tuvo un accidente y se murió y yo no sabía como reaccionar cuando te vi llorar. Yo, que fui una adolescente llorosa a la que habrás visto llorar (y consolado) mil veces.

Y nos hicimos mayores. Yo me fui a Santiago, Carmelita se quedó en Ferrol. Yo anduve de huelga en huelga y ella se metió en el ejército. Pasan los años, crecen las distancias y, bien, menos mal que existe internet.

Hace varios días que la encontré y hoy me hablaba y yo le preguntaba por esa niña de las fotos, que es ella en pequeñito, que es una preciosidad. Y le pregunté por ti. Porque me pasé media vida metida en tu casa, porque siempre te quise mucho, porque me consta que me querías mucho. Moriste en mayo. La vida es una puta mierda.

Que la tierra te sea leve, Carmela madre, donde quiera que estés.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Me niego a llamarle balance: jamás he sabido balancear nada. Bueno, a mí misma en un columpio, pero ya.

Fue el año de volver a no terminar Filología Portuguesa y empezar Antropología, el de marcharse a Suiza y de descubrir la morriña, el de la petite Louise, el de la petite Louise, el de la petite Louise. El del francés y el de descubrir que era verdad, que lo que te sentías era gallega. El del primer "y si" en siglos y el de un "pues no" bastante sobrellevable, el de socializar más en internet que en la vida real y el de pasarse semanas pasando el tiempo libre a remojo en el lago o leyendo bajo los árboles; el de leer menos que nunca porque leías en francés. El de llorar como si no hubiera mañana por la muerte de Sabato, el de "¡no, Liz Taylor no!", el de Amy, el de Cesárea.

El de los trenes y los trams y los físicos y las partículas, el de Babel. El de ir a Francia y a Italia, el de no distinguir en qué lengua que no es tuya pero entiendes están hablando los de al lado cuando vuelves de Ginebra por la noche, pero entenderlos.

LeClub, Dani, la incomparable Merce, las niñas de Mallorca, Lía. El 15M en Ginebra y las cañas en el bar de Manolo. Lavadoras, aspiradoras, camas, pañales sucios y una niña rubia que lo mismo no quiere que la bañes que viene a jugar contigo y se tira en tu cama a que le hagas cosquillas. El año del tic-tac biológico. De los otros relojes. De las navajas y el chocolate. De los quesos fortísimos. De la beurre salé en el desayuno. De la coliflor gratinada. De que la comunicación con Beto sí fuera constante y de las mil series, incluido el culebrón de los Hamptons. El año de mascotear y ouvear sin fin y de las pelis de terror de animadoras.

El año de sentirse extranjera y sentir que te gusta, el de sentirte de paso, siempre de paso pero sin exilio ni destierro (económico, un poquito), el de aprender a mandar a la mierda a personas que no te importan más que el común de los mortales y el de ser mandada allí mismo por personas que ni sabías que te importaban tanto.

El del lago gigante y las montañas, el de descubrir que es verdad que la nieve cruje y si haces un muñeco, dura varios días. "Au revoir, bateau" y "al agua, patos" y francesitas que no saben que uno es el barco y otros los canards.

También el año de cosas que no hubiera creído: McDonalds, Starbucks y botas por fuera de los pantalones.

El fin de la pelirrojez. Ir al pueblo de al lado a ver un Frankenstein delante del castillo de Madame de Stäel y limpiarse la navaja en la pierna porque no llevas pantalones. Más lago, más patos, más cisnes y ¡oh, sorpresa!, un fondo de piedras que maldices cuando te quejabas del fango.

El de un lector electrónico que duró exactamente desde el día de Reyes hasta atravesar el control de Lavacolla (y que motivó que sólo leyera en francés y, por tanto, que lo hiciera poquito), el ladrillo de los tronos, relecturas de Irving, Mouchette enterito en un parque de Lausanne, siestas bajo árboles.

Un emotivo reencuentro con el Atlántico en una isla preciosa y llena de faros de la costa de Bretaña (y cuatro kilómetros entre acantilados en los que creí más de una vez que iba a caer rodando y nunca encontrarían mi cadáver para llegar a un cabo donde estaba la casa de Sarah Bernardt) y otro con el chorizo una noche entre semana con Dani en una de las casas de Galicia de Ginebra.

No fue un mal año. Hubo cosas malas, como siempre, como en todos, pero fue un año más bien optimista.

2012 será lo que sea pero empieza con el fin del año de la petite Louise, sigue con los primeros exámenes de Antropología, pasa por un cambio de zona e idioma pero no de país y esperemos que termine con un título en Filología Portuguesa. El lago será más pequeño y juraría que las montañas están más a mano. Cambio Ginebra y Lausanne por Luzern y Zurich y los pañales por las barbies. Todo eso si no se acaba el mundo.

Y ya está, se terminó. Feliz año y circulen.


martes, 6 de septiembre de 2011

When will I see you again?



Siempre PJ. Que estuvo en mi pueblo con su castillo mientras yo estaba viendo llover sobre el Atlántico.

domingo, 1 de mayo de 2011

Tenía dieciséis años y estaba de excursión con el colegio. Acababa de contarle a mi madre que había leído El túnel y que me había entusiasmado y ella me había dicho que sí, que El túnel estaba bien, pero que no era nada si lo leías después de Sobre héroes y tumbas. Mi madre, la que me había contado tropecientas versiones diferentes de "El fantasma de Canterville" tenía un gusto literario muy muy parecido al mío, así que le hice caso y, el libro que me llevé a la excursión, fue Sobre héroes y tumbas. Tenía, repito, dieciséis años. La edad a la que las cosas (libros, películas, amigos... por este orden) más me han marcado. Nada en todo aquel año me ha marcado tanto como la primera lectura de Sobre héroes y tumbas. NADA.

Lo he contado muchas veces y no sé si por aquí: ese libro me perseguía por las estanterías de mi casa: no es que los libros cambiaran tanto de sitio en las estanterías, pero ese sí. En mi recuerdo, los cambios de los libros están magnificados pero es sólo porque yo lo magnifico todo. Buscara lo que buscara, en el estante en que lo buscara, allí estaba. Con ese título que a mí toda la infancia me sonó a sinónimo de lo que ahora sé que se llama Antropología y que más de una vez me he planteado estudiar pero que entonces me sonaba a coñazo. O a la parte más árida de la Historia. O a lo que no sabía que se podía estudiar de la Literatura, si es que conocía esa palabra. A libro que no me iba a gustar. ¡Qué equivocada estaba!

La excursión fue... no sé. Sé que vi La Alhambra, La mezquita de Córdoba y, si lo pienso, puedo recordar con quién dormí en el hotel. Ok, no. Es probable que no pueda. Sé que éramos adolescentes y que estábamos de excursión, así que seguro que bebí más que bastante y dormí menos que poco y recuerdo que en todos los desplazamientos en autobús, iba leyendo por primera vez Sobre héroes y tumbas. Y digo por primera vez porque, hasta 2003, que murió mi madre, lo leí dos o tres veces todos los años. Cuando mi madre murió, determinadas cosas pasaron a estar bloqueadas y a Sabato sólo lo desbloqueé en 2008, cuando volví a hacer un Ferrol-Andalucía (Sevilla, esta vez) en autobús.

Si El túnel había sido una hostia emocional, Sobre héroes y tumbas consiguió que nunca más empatizara con aquello que no fuera sórdido. Y que Buenos Aires dejara de ser un sitio más que estaba en alguna parte y pasara a ser esa ciudad a la que quería ir ante todo y sobre todo para reconocer las calles por donde paseaban Martín y Alejandra. Es como ir a Corinto no en busca de pasas sino de Medea.

Y... hoy Sabato se ha muerto. No escribía novelas desde hacía mucho y de hecho, sólo tenía tres. Últimamente pintaba y hubo un tiempo en que, tras leerlo en alguna parte, pensaba que estaba ciego. La venganza de la Secta, ya me entienden.

Mi padre lo trajo de Argentina donde lo compró tras naufragar con no recuerdo qué barco (lo pone en la primera página de SU edición), mi tío José siempre discute que sea mío porque afirma (con razón) que él lo leyó y lo hizo suyo antes; mi hermano empezó por el "Informe sobre ciegos" porque estaba buscando información sobre no sé qué historia corrupta relacionada con la ONCE. Lo he prestado (tanto el ejemplar argentino de mi padre como el mío, edición de kiosko de El Mundo) a diestro y siniestro y lo he regalado más de una vez. Se lo he recomendado a todo el mundo y lo he amado más de lo que probablemente sea capaz de amar a ser humano alguno. Sí, algunos amamos más las historias que las personas y creo que todavía no está descrito como enfermedad psiquiátrica o psíquica o cómo se llamen esas enfermedades. Y si lo está, me da igual. Se ha muerto Sabato, no pueden esperar que nada más me afecte hoy. Sabato. Muerto. Para siempre. Nunca más va a volver, ya no escribirá la cuarta novela y no voy a volver a escucharlo hablar. Porque estuve en una conferencia suya, en primero. El que era mi profesor de literatura a la sazón le dio la mano (porque se conocían) y yo pensé "así te parta un rayo por atreverte a tocarlo". O algo así. Mitómana selectiva que siempre he sido.

Pero estábamos con mis dieciséis y los ciegos y la cabeza y Lavalle y no sé cuántos hombres y una mujer, y el loco Bebe tocando la trompeta y Alejandra y Martín y Bruno y madrecloaca, niña-murciélago, dragón-princesa. Y Fernando Vidal Olmos. Y los anarquistas de la imprenta. Y el parque Lezama de Buenos Aires y Alejandra diciéndole a Martín que parece como de El Greco y... mierda, y todo. Todo el Informe sobre ciegos del principio al fin y la sensación, la primera vez de "por qué me mete esto aquí y no sigue contándome la historia". La "Noticia preliminar" que me salté en la primera lectura, igual que me salté años atrás el marco de Frankenstein. Bueno, que me salté hasta el momento en que la leí. Pero para mí empezaba con Martín un par de años antes de a saber qué acontecimientos de Barracas paseando por el parque Lezama.

No es que no ame la historia de Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne. Ni que no entienda perfectamente por qué y cómo y no me dé pavor entenderlo y casi casi justificarlo. Ni que no me haya gustado, la única vez que lo leí (porque hay libros que no necesitas releer compulsivamente un par de veces al año y que puedes no releer en diez... o en veinte -supongo- o... nunca... o eso dicen) Abaddon el exterminador ni que no tenga pendientes los ensayos (pero ¿y si no me gustan? ¿podría soportarlo?) pero nada será nunca Sobre héroes y tumbas, por más que tenga partes que me sobren, por más que, joder, no sé: ¿saben cuando se enamoran de alguien y da igual X cosa que no les gusta porque... ya? Pues yo me enamoro de libros.

Y ahora, con su permiso, voy a seguir llorando. Y a dormir.

viernes, 11 de marzo de 2011

Los dos años son el principio del fin... ¿y los dieciocho?

Hay tópicos y luego está pedir "perdonen la tristeza", pero ustedes perdónenmela.

En 36 horas me voy de aquí. No sé si para siempre porque eso nunca se sabe pero es más que probable. En diez días voy a estar viviendo en otro país, en otro idioma (que no sé pero a eso voy o eso se supone) y en un sitio totalmente de cuento, con un castillo blanco y todo. La próxima semana estaré en la casa y la ciudad a la que siempre se retorna pero siempre temporalmente y de la que por primera vez en casi diez años no volveré aquí sino que me iré a otro sitio. Y... bueno, no sé exactamente cómo estoy entre la cantidad de cosas que aún no he recogido, la emoción de irme a la aventura y la pena que me da irme.

Tenía dieciocho años, mi primera maleta de ruedas (dos, no cuatro) roja, que llené con libros (tenía ruedas), la mochila de acampada de todos los campamentos y creo que la guitarra. Venía a vivir a una residencia en la que nunca quise estar y en la que estudié toda la carrera y todavía estuve año y medio más (exactamente hasta hace tres, cuando me dieron la beca que terminó el día 28), a estudiar una carrera con muchísimas ganas y de la que me cambié al año siguiente (pero seguí en una filología). Viví el particular mayo de París que se montó en Compostela en 2001 y fui una de las dos "de primero" encerradas en la facultad. Salí mucho, conocí a mucha gente e hice muchísimas cosas distintas. Llevé una flor pintada en la cara durante años. Odié la residencia casi tanto como amigos hice en ella y buenos recuerdos guardo (porque una cosa no quita la otra), me salté todas las normas que pude, saqué todos los libros relacionados remotamente con la Filología Románica que había en la biblioteca (y tuve durante seis años el Corominas grande instalado en uno de los dos estantes que teníamos encima de la mesa) y bajé al cine casi siempre que estaba por allí después de cenar. Conocí gente de todo tipo, comí toneladas de patatas fritas (no me gustan las patatas fritas pero eran la guarnición estrella), dejé de comer carne por los excesos proteínicos (y auténtica escasez de vitaminas) a los que nos sometían, bebí litros y litros de café malísimo y cerveza fatal tirada (20 céntimos el primero; 45 la segunda) estuve en habitaciones que no eran la mía (o en la mía con más gente) hasta altas horas de la madrugada (hace un rato encontré una falta -o "reprensión escrita"- al respecto) e infinitas cosas más.

Fueron pasando los años, fui haciéndome mayor y me fui, por fin. Tenía, eso, una beca de tres años. El dinero era mío y podía hacer con él lo que me diera la gana. Vivir en aquella residencia no estaba dentro de "lo que me diera la gana". Empecé a vivir con los que seguirán siendo mis roomies (disculpen, es influencia del tuiter) hasta el sábado. Llegó Folerpa. Hacer mis comiditas, tener un sofá, no necesitar relacionarte con una media de veinte personas al día en "tu casa". Sitio de verdad para meter libros, comprar estanterías (clavarlas con Cris y una botella de tequila vacía), un frigorifico donde redescubrir los lácteos fríos y una habitación que no iban a entrar a revisar por sorpresa (¿he dicho ya que no me gustaba mi residencia?). Llegar de verdad a la hora que me diera la gana sin tener que estar dando explicaciones al portero o decirle a mi padre "a lo mejor te llega una carta diciendo que he llegado tarde más de tres veces, pero no pasa nada..." (afortunadamente en mis primeros años no mandaban cartas a casa porque si no...)

Y, bueno, aquí estaba. Resumiendo. Pasaron también un montón de cosas mis tres años fuera de Barroso. Compré más libros, tomé más whiskys y fui menos al cine que los seis años anteriores. Dejé de pintarme la flor y empecé a dejar de conocer a todo el mundo en la facultad o en los bares de siempre. Pasé a llevarle cada vez más años a la gente que iba llegando a la Universidad y la gente que empezó conmigo (o después) fue terminando y se fue marchando. Algunos volvieron, otros me los encuentro por la calle tras años sin verlos. O en algún examen. Todo sigue igual y todo cambia, año tras año. Santiago es una ciudad de paso y era MI ciudad de paso. Había llegado a los dieciocho y en julio cumplí veintisiete. Ya no llegaré nunca a una ciudad a los dieciocho años. He ganado muchas cosas y he perdido mucha inocencia (entre otras); he estudiado, he conocido gente y me he tirado en la hierba. Me he puesto margaritas en el pelo y he llevado faldas de muchísimos colores en primavera. Lloraba antes de irme en verano para casa. Los últimos tres años, me quedaba casi todo (o todo) el verano. Sin mar pero a mi aire. En la que era mi casa, no "la casa de mi padre".

Y ahora... me voy. Estoy deseando llegar a Suiza, no se crean. Ojalá pudiera empaquetar todo, mandarlo a Ferrol e irme directamente. Sería la única forma de irme ilusionada de Santiago. Aunque volviera el fin de semana que viene a Ferrol y en lugar de coger un autobús tuviera que tomar un vuelo. No es que no quiera pasar por allí, que sí. Lo que quiero es un modo de no pensar que "me voy de Santiago". Lo voy a echar de menos. Llegué en octubre (el 30 de septiembre, en realidad) de 2001. Me voy el 12 de marzo de 2011. Son casi diez años como supongo que habré dicho más arriba. Ah, es que me estoy cayendo de sueño, como es lógico a estas horas.

Pero sí, el sábado tempranito por la tarde me voy de Santiago. El sábado que viene empiezo (hago noche en Madrid para no llegar el domingo a las tantísimas a Ginebra) a irme a Suiza y estaré por lo menos tan emocionada como los niños el día antes de irse de excursión. Como lo estuve antes de todos los campamentos a los que fui todos los veranos y sin los que, hasta los dieciocho (ahí sólo fui de monitora), no me hubiera imaginado un verano. Y sobreviví. Sobreviviré a cambiar unas piedras por otras; el musgo de la catedral por la pintura blanca de un castillo, el que no haya mar por un lago que en las fotos engaña y los que fueron durante los últimos años mis amigos... olvídenlo, los amigos siguen siéndolo pero veré más a otra gente. No hablaré en gallego pero aprenderé francés y todo será durante un montón de tiempo totalmente nuevo. Habrá montañas y queso con agujeros y una criatura pequeña detrás de la que correr. Pasaré de doble de Janis Joplin a Mary Poppins con toque Heidi (no creo que haya leyes en Suiza que prohiban tirarse en la hierba a los seres que tengamos más -bastantes ya, a lo tonto, cada doce meses otro- de veinte años) e iré a Ginebra y no a Ferrol los fines de semana. O sea, que sí, que todo es MUY emocionante. Y estoy deseando que empiece. Lo que no quiero es la transición, el "me he ido de Santiago pero todavía no estoy en Suiza". Y paro de decirlo ya, que ni que lo estuviera expresando de una forma diferente cada vez que lo repito. Que (desafortunadamente) no soy ni Phillip Roth ni Bryce Echenique.

Y que todavía no he empezado a llorar pero no va a haber dios que me pare cuando empiece.

lunes, 28 de febrero de 2011

Rumbo a las montañas (bueno, a un sitio con muchas)

Damas, caballeros y demás simpática fauna y flora que pulula por aquí:

En unos días abandono probablemente para siempre la ciudad en la que (casi) pasé los últimos diez años y en tres semanas exactas, me voy a la aventura. No por el bosque como los caballeros medievales ni quiero para nada conquistar una doncella (al menos hasta donde yo conozco mi sexualidad), casarme con ella y conseguir un castillo sino a las orillas de un lago tamaño mar pequeñito.

Me voy de au pair a Suiza y sólo venía a contárselo y a dejarles el link del que será el sitio alternativo con aventuras y desventuras allí. Las primeras historias serán "no sé francés, los suizos son raros, los niños que acaban de aprender a andar corren mucho" pero espero contarlas con cierta gracia.

http://ensuizacomoheidi.blogspot.com/

El sitio no tiene todavía nada, ni siquiera foto detrás del título.

Por aquí, seguiremos. Aquí no caben (exactamente) crónicas suizas y allí lo que no caben son baterías de cuadros prerrafaelistas.

Sean buenos. Cuando acabe mi último (sin segunda parte próximamente en cines, por favor) examen, organizaré aquello mientras meto los últimos diez años de mi vida en cajas y vendré aquí a contarles la penita que me da irme de Santiago.

Eso. Se acabó. Más abajo está la última entrada de 2010. Ciau.

PS. Obsérvese la falta de entrenamiento que tengo usando el blog.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Anoche volví a soñar contigo. Sí, todavía sueño contigo como si yo tuviera diez años y hubiese pasado todo hace un par de meses. Hace un par de meses y cuando yo tenía diez años, no veinte cumplidos. Es curioso soñar contigo porque siempre son situaciones que no sucedieron realmente pero totalmente creíbles, como si volvieras por un par de horas. A veces tengo menos años pero otras es como si fueras tú quien tuviera menos, tantos menos que sería imposible que te recordara así y hasta creo que, algunas veces, es como si no fueras mi madre. O yo no fuera tu hija, más bien.

Te reconocen en aspectos míos que yo desconocía en ti y yo descubro fotos de antepasadas comunes que se nos parecen a las dos. Nunca me había parecido físicamente a ti hasta que te moriste y ni siquiera soy capaz de terminar esa frase con un "joder" porque me hubieras dicho algo de estar aquí para leerla.

¿Sabes? Hay cosas tuyas que no he sido capaz de volver a usar. Me peleo con papá cada vez que necesito un paraguas porque no quiero sacar el tuyo por si lo pierdo. Tuve que comprarme un ejemplar propio de Rebecca para leerlo porque el que había lo estabas leyendo tú. Y dejé de pasear tu edición de la poesía de Miguel Hernández y de meterle más papelitos por el medio. Tardé años en empezar a leer a Bolaño porque se estaba muriendo justo cuando tú acababas de morirte.

¿Sabías que ya hace más de siete años? Han pasado tantísimas cosas desde entonces y sigue pareciendo que vas a aparecer o vas a cogerme el teléfono cuando llame. Que vas a volver, como si te hubieras ido de viaje.

Hoy me desperté sobresaltada, a ver si de verdad estabas. Estaba yo y eran las cinco de la mañana. Tú no estás en ninguna parte. Bueno, sí, de vez en cuando, cuando sueño contigo y me acuerdo. Se parece un poco a "lo mismo". Sólo un poco, pero es mejor que nada. Aunque me despierte angustiada porque ya empiezo a saber que no vas a volver hasta cuando sueño.


martes, 23 de noviembre de 2010

Te regalaré un abismo

Te regalaré un abismo, dijo ella,
pero de tan sutil manera que sólo lo percibirás
cuando hayan pasado muchos años
y estés lejos de México y de mí.
Cuando más lo necesites lo descubrirás,
y ése no será
el final feliz,
pero sí un instante de vacío y de felicidad.
Y tal vez entonces te acuerdes de mí,
aunque no mucho.

Roberto Bolaño

jueves, 11 de noviembre de 2010

Una Anunciación de George Hillyard Swinstead






sábado, 2 de octubre de 2010

A partir de aquí iba a salir un post

(pero como sólo iba a entenderme yo y a los demás iba a daros miedo, está en el limbo de los borradores):

"Un huevo es un sueño y un gusano es un sueño que camina"

León Felipe


PS. ¿Veis? Dije que os iba a dar miedo. Y eso que no publico lo que tenía escrito.

PS2. Se agradece todo tipo de aportación sobre gusanos en la pintura. Yo estaba dándole vueltas a los gusanos en la literatura. Sí, partía de Poe (CLARO) y de este verso pero el resto daba pavor. Me estaba asustando yo...

PS3. Ok, no me asustaba pero vosotros sí. Creedme.

PS4. También iba a salir media historia familiar. Y terminaba con el cuento del sabio que no sabía si era un sabio que soñaba ser una mariposa o una mariposa que soñaba ser un sabio. Más poético que el narrador de Clarimonda pero prefiero las polillas. No, pero son nocturnas como los vampiros.

PS5. ¿He dicho ya que iba a ser un post tamaño novela decimonónica por entregas?

PS6. No, no he estado más sobria en toda mi vida. Ebria desvarío menos.

viernes, 20 de agosto de 2010

Erzsebeth

MUERTE POR AGUA


Está parado. Y está parado de
modo tan absoluto y definitivo
como si estuviese sentado.

W. GOMBROWICZ

El camino está nevado, y la sombría dama arrebujada en sus pieles dentro de la carroza se hastía. De repente formula el nombre de alguna muchacha de su séquito. Traen a la nombrada: la condesa la muerde frenética y le clava agujas. Poco después el cortejo abandona en la nieve a una joven herida y continúa viaje. Pero como vuelve a detenerse, la niña herida huye, es perseguida, apresada y reintroducida en la carroza, que prosigue andando aun cuando vuelve a detenerse pues la condesa acaba de pedir agua helada. Ahora la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles. Vierten el agua sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo. (La condesa contempla desde el interior de la carroza). Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse más a las antorchas, de donde emana el único calor. Le arrojan más agua y ya se queda, para siempre de pie, erguida, muerta.


Alejandra Pizarnik, La condesa sangrienta

o

Valentine Penrose, idem


No vean, por piedad, por amor a la Bathory, a los psicópatas, a Caravaggio, al cine y a todo lo que quieran, la última adaptación (checa, de hace un par de años). No lo hagan. Perderán muchas horas de su vida, se cabrearán si amaban a Erzsebeth y extrañarán todas las torturas bonitas que le daban glamour; sólo verán una supuesta víctima de las envidias con una peluca terrible y sin ningún parecido a la condesa y se desesperarán esperando que empiece a desangrar chicas para manenerse blanquita y joven. También se tirarán de los pelos por la mala imitación de Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en patines (rigurosamente cierto), la relación con Caravaggio (¿alguna noticia de que Caravaggio alguna vez haya pisado Hungría y/o se haya acostado con alguna mujer?), que la sangre de doncella fueran pétalos rojos (!) y lo malísima y aburrida que es en general.

Ahora las seiscientas doncellas gimen todavía más alto cuando alguien se acerca al castillo.



jueves, 15 de julio de 2010

Porque os outros se mascaram mas tu não
Porque os outros usam a virtude
Para comprar o que não tem perdão
Porque os outros têm medo mas tu não

Porque os outros são os túmulos caiados
Onde germina calada a podridão.
Porque os outros se calam mas tu não.

Porque os outros se compram e se vendem
E os seus gestos dão sempre dividendo.
Porque os outros são hábeis mas tu não.

Porque os outros vão à sombra dos abrigos
E tu vais de mãos dadas com os perigos.
Porque os outros calculam mas tu não.


Sophia de Mello Breyner Andresen

martes, 29 de junio de 2010

Bryce Cameron Liston

































Es raro que ponga pintores vivos (no conozco pintores vivos, no les voy a mentir) y la única vez que lo hice, con Andrew Wyeth, se murió en dos semanas. Juro que si Bryce Cameron Liston muere, dejaré de hacerlo para siempre.

La cuestión es que acabo de descubrirlo y, como no podía ser de otro modo, me he enamorado.