sábado, 11 de diciembre de 2010
sábado, 13 de febrero de 2010
Otro de esos posts que deberían titularse de re varia
Ando terriblemente cansada y debo tener la anemia mucho peor que habitualmente. También, pese a que ando premenstrual y tomando mucha coca-cola y comiendo gofres (esta semana fueron dos y normalmente me como uno cada muchos meses/años -sólo me gustan con chocolate y helado y eso es de las cosas que un organismo normal sólo quiere cuando está de exámenes y premenstrual todo al mismo tiempo, que es el caso-), hace como un mes que me olvido inquietantemente de hacer comidas. Sólo si estoy en casa y no siempre. Suele ser, por tanto, la cena, pero no es la primera vez que es fin de semana y es la comida la que se me olvida. Obviamente (véase el ejemplo de los gofres) no es consciente pero no me gusta nada. Sobre todo porque luego son las seis y yo me pregunto por qué tengo tanta hambre si es tan temprano y, claro... es porque no he comido (algo de lo que me doy cuenta allá por las siete).
También ando más sensible de lo habitual (de lo habitual de estar premenstrual) para lo bueno y para lo malo. Por un lado lloro por todas las esquinas y estoy vehemente y melodramática y de un pesado que me dan ganas de darme las hostias yo en lugar de esperar a que los demás se cansen de aguantarme y decidan dármelas y, por otro, soy como una fuente inagotable de oooohs y aaawwws ante la noticia de que Javi y Mónica andan embarazados. Y cuando digo inagotable, quiero decir inagotable. Que parezco tonta o algo. No sé en qué momento lo de "fulanita está embarazada" ha pasado de ser respondido con un "joder qué putada" a con un "joder, qué guay", pero creo que me gusta el cambio. Y eso que me hacen mayor, los cabrones. Lo de tener sobrinos lo tenía asimilado, pero no lo de hijos de amigos. 2010 es bonito, aunque sólo sea por eso.
Para otras cosas, bueno... quiero creer que lo de andar llorando por las esquinas y afectadísima por cierto tema se debe a lo mal que se están portando mis hormonas este mes (mucho azúcar y pocas vitaminas, ya decía yo que eso no podía ser bueno) y no a que cierto tema realmente me importe porque, si me importa, voy apañada... En unos días se verá.
Además, hoy amanecí con la noticia de que se había muerto Georginho (George Harrison era el hamster), somos uno menos en casa. Vale que después de las plantas era el que menos circulaba por ella (las plantas, como están por todas partes, es como si circularan y la jaula de George lo mismo estaba en el estudio que en el salón) pero da penita. Era gris y tenía los ojos negros y grandes. De mayor quiero ser así. Vale, gris no. Pero siempre quise una rueda de las que tienen los hamsters y los ojos negros y grandes y bonitos.
Y estamos en carnaval pero yo no sólo tengo un examen el jueves sino que trabajo lunes y martes (que pensaba dedicar íntegros a estudiar mucho porque el examen es más que difícil aunque esté en pleno post-desahogo-general en lugar de con los apuntes -que están aquí a mi lado, claro; los apuntes no se separan de mí-), pero yo tengo un montón de sangre de mentira y cosas varias para pintarme más sangrienta aún. No me gusta nada disfrazarme, pero siempre me moló mucho lo de pintarme la cara no en modo maquillaje de niña mona (para eso no tengo paciencia) sino maquillaje de monstruo/zombie/vampiro/todas esas cosas que sí me hacen feliz. Bloody Meryone (versión deformada de Bloody Mary, no María Tudor sino la de la leyenda urbana de colegios mayores gringos*) sale a tomar la calle (bueno, eso es el plan, al final sólo tomaremos la casa de Iago, que es el verdugo de Yurema que será Ana Bolena semi-decapitada -hay gente a la que sí le gusta disfrazarse-; también tenemos a Elisa de china y al señor Coh de vampiro -como todo el año pero con colmillos- y a dos amigos suyos que a saber qué son) y a intentar tener mañana sólo la resaca justa para poder lamentarse pero también estudiar. La señorita disfrazada de Ana Bolena ha prometido muffins de colores para el previo y dado que la Xunta ha decidido no pagarme todavía el mes de enero, el ritmo de manhattans no puede ser el habitual (si es que llegamos al Hula, que la intención siempre es salir y siempre decidimos que el mundo exterior queda muuuuuuuy lejos).
Me voy a hacer la comida antes de que se me olvide. Sean buenos. No lloren por las esquinas y quédense embarazados para que yo pueda decir oh y aw. Por favor.
*No sé tampoco en qué momento ha sucedido pero sí, ya uso gringo con la misma naturalidad que órales.
viernes, 13 de noviembre de 2009
Nunca te tuve miedo y, sin embargo, ahora te rehuyo
Amor
Me dolerás todavía muchas veces.
Iré apartando sueños
y tú estarás al fondo de todos mis paisajes.
Tú con tu misterio
y tu extraña victoria.
Amor, ¿quién te ha dado esa fuerza de pájaro,
esa libre arrogancia
de mirar las estrellas por encima del hombro?
¿Quién eres que destruyes
mi corazón y puedo, sin embargo, existir?
¿Se vive en la muerte? Se vive
con el alma en desorden y la carne
desmoronándose en el vacío?
Nunca te tuve miedo
y, sin embargo, ahora te rehuyo
porque eres como un dios que me hace daño
cada vez que me mira.
Abandonaré todo lo que me estorba,
todo lo que dificulta la huida
y escaparé por la noche adelante,
temerosa de ti, temerosa
de esta grandeza que intuyo,
de este fulgor, de este cielo
que palpita en tus manos abiertas.
Me dolerás todavía muchas veces
y cada vez me extasiaré en mi daño.
Susana March
Lo peor de todo es que me temo que sí. De momento, hemos superado el último. Ampliamente. El otro día lo confirmé. Yupi.
Y dada la escasez de varones heterosexuales interesantes en Santiago creo que voy a vivir en este estado de beatitud sentimental por mucho mucho mucho tiempo. Por favor. Karma, me lo debes.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
El discípulo
Y cuando vieron que el río habíase convertido de copa de agua dulce en copa de lágrimas saladas deshicieron los bucles verdes en sus cabelleras. Y gritaban al río y le decían:
-No nos extraña que le llores así. ¿Cómo no ibas a amar a Narciso con lo bello que era?
-¿Pero Narciso era bello?
-¿Quién mejor que tú puede saberlo? -respondieron las Oréades- Nos despreciaba a nosotras, pero te cortejaba a ti, e inclinado sobre tus orillas, dejaba reposar sus ojos sobre ti, y contemplaba su belleza en el espejo de tus aguas.
Y el río contestó:
-Si amaba yo a Narciso, era porque, cuando inclinado en mis orillas, dejaba reposar sus ojos sobre mí, yo veía reflejada mi propia belleza en el espejo de sus ojos.
Oscar Wilde
Sospecho, por cierto, que mi madre tenía algo que ver con los guiones de las cuchucientas versiones cinematográficas que de "el fantasma" han sido.
martes, 10 de noviembre de 2009
Porque no lo quisiste no tuviste mi amor.
Pablo Neruda
Porque éramos amigos y, a ratos, nos amábamos
Rosario Castellanos
la avisé
es probable que sea
este beso un beso menos
luego que la idealización
es una autoidealización
somos lo que deseamos
todo cuerpo es un palimpsesto
que aquí no se dan las acacias
que un día no tendrás
espejo en que extasiarte
tú preferiste otrosí
los caminantes al camino
los marineros al mar
los bebedores al vino
los funtivos a la función
los psicólogos a los locos
los lectores a los libros
las memorias a los recuerdos
las biografías a mi vida
concurrida muchacha impoluta
Federico J. Silva
El bueno del hombre podría haber escrito el poema pensando en mí pero no me conoce. O eso creo. O espero.
El de Rosario Castellanos citado da auténtico pavor y, como la amo, os lo dejo también.
AJEDREZ
Porque éramos amigos y, a ratos, nos amábamos;
quizá para añadir otro interés
a los muchos que ya nos obligaban
decidimos jugar juegos de inteligencia.
Pusimos un tablero enfrente de nosotros:
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó la partida.
Henos aquí hace un siglo, sentados, meditando
encarnizadamente
cómo dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable y, para siempre, al otro.
Rosario Castellanos
Ahora respiramos todos y seguimos leyendo cualquier otro blog. ¿Sí?
sábado, 13 de junio de 2009
Sabela
Cando eu andaba no estudo era un mozo das romerías, bailador e divertido. Non había festa na vila, nin nos arredores, onde non aparecese danzando como un trompo esgarabelleiro. Ai, aqueles valses, aquelas mazurcas, aquelas polcas e aquelas habaneras!
Entón o agarradiño aínda era un pecado venial, e bailábamos con tino, para que os vellos non refungasen.
As mozas acorazaban o corpo cos xustillos e non consentían o arrimo; pero arrecendían a roupa gardada con mazás e a carne lavada con xabrón de rosas. Os mozos bailábamos por darlle gusto ás pernas, e contentábamonos co cheiro...
Había na vila unha rapaza do meu tempo, xeitosa de corpo, feitiña de cara, leda de xenio, traballadora de condición, pescantina de oficio e limpa de conducta, pero picante nos decires.
As súas verbas tiñan o labio salgado dos mariscos. Os decires escentilaban contentamento, e nos seus arredores non podía medrar a tristura. A risa facíalle goios de amor nas fazulas, poñíalle pintiñas de malícianos ollos e brilo de nacra nos dentes. Os andares, arfados e velaíños, facían no aire ronseis de gracia. Andaba descalza, e os engados da súa carne non tiñan segredo para os ollos de ninguén. Os pés lenes, as pernas brancas, os brazos redondiños. O corpo era un gran corazón prisado. Cantaba coma un xílgaro e bailaba coma un argadelo.
Era a rapaza máis fermosa da vila, e dábase conta do seu poderío. Escarolábase, bulrona, cando os señoritos forasteiros lle facían a rosca e revíase, compasiva, cando os mozos do seu igoal criaban o pasmo.
Ela gustaba de contar na ribeira os perigos en que se metía, e as pescas estordegábanse de risa cos ditos da rapaza, que descobría, de miúdo, tódalas súas enchoiadas amorosas. Ela gustaba de alcender fogueiras e logo apagalas, e nos seus feitizos de serea morrían os fumes dos señoritos e as olladas dos mozos mariñeiros. Era dona de si e viveu sempre ceibe de marmuracións.
Nos días de festa parecía outra. A saia longa, a chambra de froles, o pano de oito puntas. Unha lazada verde na trenza do pelo. A cara con certo remilgo de señoritinga. Os andares coutados, por mor dos zapatos... Deica bailar tres veces non xurdía na súa face a risa escachada dos días soltos. No retorno da festa entraba na casa cunha cantiga nos beizos e cos zapatos na man.
A primeira vez que bailei foi con ela.
Eu adicábame, nos meses de vacacións, á vida de gandaia, e cando me fixen mozo quixen ser un tunante; pero non sabía bailar de modo. Eu reloucaba por deprender ben o agarradiño e locirme nas romerías; pero non lle daba xeito ás pernas.
Un día atrevinme:
-¿Qués que botemos esta polca?
-E ti sabes?
-Imos ver.
A rapaza comprometeuse a enseñarme, i eu pagáballe coa miña ledicia de estudante. Empecei dando voltas á dereita. Ela levábame... “Agora dous pasiños de lado”. “Agora outra volta”. “Dálle máis aire ó corpo”. “¡Non saímos do sitio!”. “¡Ai, qué burro!”. “Así, home, así”. “Agora vai ben”.
Pouco a pouco fun deprendendo, e non tardei en bailar valses e mazurcas con certa maestría. Dispóis xa me fixen bailador e aproveitaba tódalas tocatas; pero afeito á miña compañeira non tiña gusto en bailar con outras. De remate os dous fixemos unha das mellores parellas.
A rapaza e máis eu estábamos unidos polo baile, i eu ríame, a cachón, dos seus ditos. Queríamonos ben; pero non sentíamos desacougos amorosos. Se chegase a poñer ollo na súa fermosura burlaríase de mín coma dos demáis.
Con todo a miña nai reprendíame:
-Ti non es quen para comparar coa Sabela. ¿Por qué non bailas con todas? Sempre coa mesma, sempre coa mesma! oles nen ti lle fas favor a ela nen ela cho fai a ti.
-Baila moi ben, ¿sabe, miña nai?
-Bailará; pero ela é unha pesca e ti es un estudante. O baile é cousa do demo e Sabela é unha boa rapaza. Probe de ti como non a respetes.
Miña nai, como tódalas nais, coidaba que o seu fillo era un Tenorio; pero a honradez de Sabela gardábase detrás de catro muros de canteiría.
Marchéime da vila cangando cun tiduo universitario, e as preocupacións do meu vivir arredáronme das troulas. Perdín a mocedade, fíxenme home; o baile chegou a parecerme cousa de parvos, e fai moitos anos que nin tansiquera vexo bailar.
Do tempo de estudante non gardei un recuncho para as lembranzas de romería, e Sabela esvaéuseme da memoria.
Cando se proclamou a República lanceime á política e saín diputado das Constituíntes. A miña vila quixo agasallarme e alá fun eu.
Desembarquei baixo o estrondo das bombas e antre o entusiasmo dos vellos amigos, que acugulaban o peirán e a ribeira. O azougamento non me deixaba camiñar, e se sodes sentimentaes comprenderedes a miña emoción, porque a vila natal non é coma tódalas vilas.
Cheguei á casa de meus pais, e na veira da porta vin a unha muller... Era gorda de ventre, de pernas e de brazos; a cara inflada e bermella; a boca sen dentes; a postura de regateira.
Miroume, fite a fite, cos ollos mergullados en bágoas, e ó pasar acarón dela, sióume con voz estremecida estas verbas: "Meu bailador"
Castelao
No encontré una traducción y sé que lo destrozaría demasiado haciéndolo. Recordé "Sabela" (una de las primeras cosas que leí de Castelao en a saber el libro de texto de qué año) enviando un mail a Rosalie que está haciendo un trabajo sobre Manolo Rivas y quería información sobre Castelao.
Supongo que no entenderéis todas las palabras, puede que sólo la mitad, pero es lo bastante corto como para intentarlo. También lo bastante bonito y lo bastante triste. Amar a Castelao debería ser imperativo. Aunque se sea de fuera y no se le entienda del todo.
miércoles, 3 de junio de 2009
Drummond de Andrade
NO MEIO DO CAMINHO
No meio do caminho tinha uma pedra
tinha uma pedra no meio do caminho
tinha uma pedra
no meio do caminho tinha uma pedra.Nunca me esquecerei desse acontecimento
na vida de minhas retinas tão fatigadas.
Nunca me esquecerei que no meio do caminho
tinha uma pedra
tinha uma pedra no meio do caminho
no meio do caminho tinha uma pedra.Carlos Drummond de Andrade
Como siempre hay alguien que dice que no entiende portugués, os dejo una traducción:
En medio del camino
En medio del camino había una piedra
había una piedra en medio del camino
había una piedra
en medio del camino había una piedra.
Nunca me olvidaré de ese acontecimiento
en la vida de mis retinas tan fatigadas.
Nunca me olvidaré que en medio del camino
había una piedra
había una piedra en medio del camino
en medio del camino había una piedra.
Carlos Drummond de Andrade
La versión portuguesa es infinitamente más hipnótica, a mi modo de ver.
miércoles, 6 de mayo de 2009
Ayer decía que prefiero que las canciones hablen de política a que hablen de amor. Pues opino que la literatura puede y debe hablar de lo que quiera. Pero que hable bien, por favor. No creo que el arte tenga que ser inútil, pero sí que mucho de lo que es útil no es arte. Y no pasa nada. Ni porque el arte sea inútil ni porque lo útil no sea artístico. Ni siquiera se puede leer, escuchar o contemplar sólo lo sublime. O yo no puedo. Demasiadas cosas inenarrablemente bellas juntas me provocan síndrome de Stendhal. Y a mí las catarsis no siempre me sientan bien.
Oscar Wilde, en cambio, siempre me ha sentado de puta madre. Desde que, antes de saber leer, mi madre me contaba, antes de dormir, variantes de "El fantasma de Canterville", lo único que escribió el bueno del hombre que no me hace demasiada gracia porque en el libro la historia es siempre la misma y en la de mi madre había, como mínimo, una putada distinta de los gemelos cada noche que tocaba. Me contó mi hermano que lo mismo le pasaba a él no sólo con el fantasma que robaba pinturas, sino también con La mujer pantera de Jacques Tourneur, una historia que agradezco inmensamente que no me contara a mí porque es una de las películas que más me gustaron de pequeña y que hace que, simplemente por hacérmela recuperar, Manuel Puig me caiga simpático. Claro que Molinita también la cuenta mejor que Jacques Tourneur. Como mi madre.
Nunca está de mal, decía al principio, releer el Prefacio de Dorian Gray:
El artista es creador de belleza.
Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.
El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza. La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, es una modalidad de autobiografía.
Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza.
Son los elegidos, y en su caso las cosas hermosas sólo significan belleza.
No existen libros morales o inmorales.
Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
La aversión del siglo por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.
La aversión del siglo por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.
La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar.
El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.
Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, instrumentos de su arte.
El vicio y la virtud son materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del actor.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo.
Quienes van más alla de la superficie, se exponen a las consecuencias.
Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva. Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.
Todo arte es completamente inútil.
viernes, 27 de marzo de 2009
Drummond de Andrade y un par de cosas más
Olha: o amor pulou o muro
o amor subiu na árvore
em tempo de se estrepar.
Pronto, o amor se estrepou.
Daqui estou vendo o sangue
que escorre do corpo andrógino.
Essa ferida, meu bem
às vezes não sara nunca
às vezes sara amanhã.
Carlos Drummond de Andrade
Hace poco estuve un par de veces con el ser de quien estuve enamorada cuatro años (platónica y estúpidamente) y la herida está más que curada. Poco antes le había comentado a una amiga que no lo vivió en el momento el cómo y el por qué del fin del platonismo. Lo conté como podría contar el argumento de una novela o una película mínimamente entretenida pero que no me hubiera emocionado especialmente. Como podría contar qué me estuvo contando alguien a quien las dos hacía tiempo que no veíamos. Todo pasa y todo queda, pero lo de algunos es pasar, efectivamente. Lo mío, por ejemplo.
Se casa mi gran amor de adolescencia (y a veces pasa por aquí y lee, así que hasta puede saludar si gusta) y tengo que verlo para recoger la invitación. Y putearlo con el tema, claro. Como lo puteo cada vez que le digo que no me explico qué es lo que tiene para que yo estuviera tan enamorada de él como lo estuve. Y no es que no le adore ni que no considere que es un nené encantador, él lo sabe. Lo adoro por y pese al hecho de haber sido mi gran amor de adolescencia. Lo adoraba antes, entonces y lo adoro ahora. Claro. Como tienen que ser las cosas. Además, estoy deseando verlo. Tanto con caña delante como disfrazado de novio. Y salir a celebrar que se casó.
Y yo, que no quiero casarme en absoluto (ni siquiera convivir, seamos serios), llevo toda la semana diciendo que, si algún día me caso, haré la lista de bodas con Moleiro, que tenía una exposición en el congreso y con cuyos amagos de catálogos, cuando venían en las revistas, forraba los libros cuando estaba en el instituto. No todos, no siempre, pero lo hacía. Y la carpeta naranja y transparente que me dieron con la matrícula de primero, el año de la LOU. Y las paredes de la residencia, cuando todavía se podía y yo vivía en ella. Ahora está el armario lleno de fotos de códices bonitos y de los márgenes florales de las Grandes Horas de Ana de Bretaña. Y a quien sea más freak que yo y me recuerde que no es medieval, decirle que ya lo sé. Por cierto, ese "sólo" cuesta ocho mil euros. Creo que voy a convencer a Jose, o sea, mi no-novio, para hacer una no-boda. Si no le gustan los facsímiles, que se aguante.
Jose, ¿quieres no-casarte conmigo?
¿A alguien le sobran ocho mil euros para hacerme un regalo de cumpleaños?
Si a alguien le sobran veinte mil, el que sí ha sido siempre el sueño de mi vida es La Biblia de San Luis. Mi tutor me puteó tremendamente cuando le dije que quería casarme para que me regalaran un libro con dibujos. ¡Pero es que es tan bonita!
¿En qué encaja todo esto? En que se acabó el amor, cada día puedo confirmarlo un poquito más, y en que mi gran amor siempre han sido los libros. Y que para qué complicarse la vida si una puede soñar tener veinte mil euros (y unos cuantos más, para que no se note la pérdida) y comprarse el facsímil de una biblia que tuvo un rey con muy buen gusto.
Además, hace mucho que no veo un varón heterosexual interesante. Desventajas de las ciudades pequeñas de provincias.
miércoles, 18 de marzo de 2009
I have longed to move away
From the hissing of the spent lie
And the old terrors' continual cry
Growing more terrible as the day
Goes over the hill into the deep sea;
I have longed to move away
From the repetition of salutes,
For there are ghosts in the air
And ghostly echoes on paper,
And the thunder of calls and notes.
I have longed to move away but am afraid;
Some life, yet unspent, might explode
Out of the old lie burning on the ground,
And, crackling into the air, leave me half-blind.
Neither by night's ancient fear,
The parting of hat from hair,
Pursed lips at the receiver,
Shall I fall to death's feather.
By these I would not care to die,
Half convention and half lie.
Dylan Thomas
He deseado irme lejos
del silbido de la mentira gastada
y el incesante grito de los antiguos terrores
haciéndose más terribles mientras el día
camina sobre la loma hacia el insondable mar;
he deseado irme lejos
de las repeticiones de los saludos,
porque hay fantasmas en el aire
y ecos fantasmales en el papel,
y el trueno de llamadas y notas.
He deseado apartarme pero he sentido miedo;
alguna vida, aún no gastada, podría explotar
saliendo de la patraña antigua que arde sobre los campos,
y, restallando en el aire, dejarme medio ciego,
ni por el terror antiguo de la noche,
sombrero que se aparta del pelo,
labios en cucurucho sobre el receptor,
caeré yo ante el plumaje de la muerte;
por todo esto no me importaría morir,
a medias convención y a medias mentira.
Dylan Thomas
Buenas noches. Viva el insomnio.
miércoles, 4 de marzo de 2009
El principio de 2666, de Roberto Bolaño
La primera vez que Jean-Claude Pelletier leyó a Benno von Archimboldi fue en la Navidad de 1980, en París, en donde cursaba estudios universitarios de literatura alemana, a la edad de diecinueve años. El libro en cuestión era D’Arsonval. El joven Pelletier ignoraba entonces que esa novela era parte de una trilogía (compuesta por El jardín, de tema inglés, La máscara de cuero, de tema polaco, así como D’Arsonval era, evidentemente, de tema francés), pero esa ignorancia o ese vacío o esa dejadez bibliográfica, que sólo podía ser achacada a su extrema juventud, no restó un ápice del deslumbramiento y de la admiración que le produjo la novela. A partir de ese día (o de las altas horas nocturnas en que dio por finalizada aquella lectura inaugural) se convirtió en un archimboldiano entusiasta y dio comienzo su peregrinaje en busca de más obras de dicho autor. No fue tarea fácil. Conseguir, aunque fuera en París, libros de Benno von Archimboldi en los años ochenta del siglo XX no era en modo alguno una labor que no entrañara múltiples dificultades. En la biblioteca del departamento de literatura alemana de su universidad no se hallaba casi ninguna referencia sobre Archimboldi. Sus profesores no habían oído hablar de él. Uno de ellos le dijo que su nombre le sonaba de algo. Con furor (con espanto) Pelletier descubrió al cabo de diez minutos que lo que le sonaba a su profesor era el pintor italiano, hacia el cual, por otra parte, su ignorancia también se extendía de forma olímpica. Escribió a la editorial de Hamburgo que había publicado D’Arsonval y jamás recibió respuesta. Recorrió, asimismo, las pocas librerías alemanas que pudo encontrar en París. El nombre de Archimboldi parecía en un diccionario sobre literatura alemana y en una revista belga dedicada, nunca supo si en roma o en serio, a la literatura prusiana. En 1981 viajó, junto con tres amigos de facultad, por Baviera y allí, en una pequeña librería de Munich, en Voralmstrasse, encontró otros dos libros, el delgado tomo de menos de cien páginas titulado El tesoro de Mitzi y el ya mencionado El jardín, la novela inglesa. La lectura de estos dos nuevos libros contribuyó a fortalecer la opinión que ya tenía de Archimboldi. En 1983, a los veintidós años, dio comienzo a la tarea de traducir D’Arsonval. Nadie le pidió que lo hiciera. No había entonces ninguna editorial francesa interesada en publicar a ese alemán de nombre extraño. Pelletier empezó a traducirlo básicamente porque le gustaba, porque era feliz haciéndolo, aunque también pensó que podía presentar esa traducción, precedida por un estudio sobre la obra archimboldiana, como tesis y, quién sabe, como primera piedra de su futuro doctorado.
Acabó la versión definitiva de la traducción en 1984 y una editorial parisina, tras algunas vacilantes y contradictorias lecturas, la aceptó y publicaron a Archimboldi, cuya novela, destinada a priori a no superar la cifra de mil ejemplares vendidos, agotó tras un par de reseñas contradictorias, positivas, incluso excesivas, los tres mil ejemplares de tirada abriendo las puertas de una segunda y tercera y cuarta edición.
Para entonces Pelletier ya había leído quince libros del autor alemán, había traducido otros dos, y era considerado, casi unánimemente, el mayor especialista sobre Benno von Archimboldi que había a lo largo y ancho de Francia.
Entonces Pelletier pudo recordar el día en que leyó por primera vez a Archimboldi y se vio a sí mismo, joven y pobre, viviendo en una chambre de bonne, compartiendo el lavamanos, en donde se lavaba la cara y los dientes, con otras quince personas que habitaban la oscura buhardilla, cagando en un horrible y poco higiénico baño que nada tenía de baño sino más bien de retrete o pozo séptico, compartido igualmente con los quince residentes de la buhardilla, algunos de los cuales ya habían retornado a provincias, provistos de su correspondiente título universitario, o bien se habían mudado a lugares un poco más confortables en el mismo París, o bien, unos pocos, seguían allí, vegetando o muriéndose lentamente de asco.
Se vio, como queda dicho, a sí mismo, ascético e inclinado sobre sus diccionarios alemanes, iluminado por una débil bombilla, flaco y recalcitrante, como si todo él fuera voluntad hecha carne, huesos y músculos, nada de grasa, fanático y decidido a llegar a buen puerto, en fin, una imagen bastante normal de estudiante en la capital pero que obró en él como una droga, una droga que lo hizo llorar, una droga que abrió, como dijo un cursi poeta holandés del siglo XIX, las esclusas de la emoción y de algo que a primera vista parecía autoconmiseración pero que no lo era (¿qué era, entonces?, ¿rabia?, probablemente), y que lo llevó a pensar y a repensar, pero no con palabras sino con imágenes dolientes, su período de aprendizaje juvenil, y que tras una larga noche tal vez inútil forzó en su mente dos conclusiones: la primera, que la vida tal como la había vivido hasta entonces se había acabado; la segunda, que una brillante carrera se abría delante de él y que para que ésta no perdiera el brillo debía conservar, como único recuerdo de aquella buhardilla, su voluntad. La tarea no le pareció difícil.
Jean-Claude Pelletier nació en 1961 y en 1986 era ya catedrático de alemán en París. Piero Morini nació en 1956, en un pueblo cercano a Nápoles, y aunque leyó por primera vez a Benno von Archimboldi en 1976, es decir cuatro años antes que Pelletier, no sería sino hasta 1988 cuando tradujo su primera novela del autor alemán, Bifurcaria bifurcata, que pasó por las librerías italianas con más pena que gloria.
La situación de Archimboldi en Italia, esto hay que remarcarlo, era bien distinta que en Francia. De hecho, Morini no fue el primer traductor que tuvo. Es más, la primera novela de Archimboldi que cayó en manos de Morini fue una traducción de La máscara de cuero hecha por un tal Colossimo para Einaudi en el año 1969. Después de La máscara de cuero en Italia se publicó Ríos de Europa, en 1971, Herencia, en 1973, y La perfección ferroviaria en 1975, y antes se había publicado, en una editorial romana, en 1964, una selección de cuentos en donde no escaseaban las historias de guerra, titulada Los bajos fondos de Berlín. De modo que podría decirse que Archimboldi no era un completo desconocido en Italia, aunque tampoco podía decirse que fuera un autor de éxito o de mediano éxito o de escaso éxito sino más bien de nulo éxito, cuyos libros envejecían en los anaqueles más mohosos de las librerías o se saldaban o eran olvidados en los almacenes de las editoriales antes de ser guillotinados.
Morini, por supuesto, no se arredró ante las pocas expectativas que provocaba en el público italiano la obra de Archimboldi y después de traducir Bifurcaria bifurcata dio a una revista de Milán y a otra de Palermo sendos estudios archimboldianos, uno sobre el destino en La perfección ferroviaria y otro sobre los múltiples disfraces de la conciencia y la culpa en Letea, una novela de apariencia erótica, y en Bitzius, una novelita de menos de cien páginas, similar en cierto modo a El tesoro de Mitzi, el libro que Pelletier encontró en una vieja librería muniquesa, y cuyo argumento se centraba en la vida de Albert Bitzius, pastor de Lützelflüh, en el cantón de Berna, y autor de sermones, además de escritor bajo el seudónimo de Jeremias Gotthelf. Ambos ensayos fueron publicados y la elocuencia o el poder de seducción desplegado por Morini al presentar la figura de Archimboldi derribaron los obstáculos y en 1991 una segunda traducción de Piero Morini, esta vez de Santo Tomás, vio la luz en Italia. Por aquella época Morini trabajaba dando clases de literatura alemana en la Universidad de Turín y ya los médicos le habían detectado una esclerosis múltiple y ya había sufrido un aparatoso y extraño accidente que lo había atado para siempre a una silla de ruedas.
Manuel Espinoza llegó a Archimboldi por otros caminos. Más joven que Morini y que Pelletier, Espinoza no estudió, al menos durante los dos primeros años de su carrera universitaria, filología alemana sino filología española, entre otras tristes razones porque Espinoza soñaba con ser escritor. De la literatura alemana sólo conocía (y mal) a tres clásicos, Hölderlin, porque a los dieciséis años creyó que su destino estaba en la poesía y devoraba todos los libros de poesía a su alcance, Goethe, porque en el último año del instituto un profesor humorista le recomendó que leyera Werther, en donde encontraría un alma gemela, y Schiller, del que había leído una obra de teatro. Después frecuentaría la obra de un autor moderno, Jünger, más que nada por simbiosis, pues los escritores madrileños a los que admiraba y, en el fondo, odiaba con toda su alma hablaban de Jünger sin parar. Así que se puede decir que Espinoza sólo conocía a un autor alemán y ese autor era Jünger. Al principio, la obra de éste le pareció magnífica, y como gran parte de sus libros estaban traducidos al español, Espinoza no tuvo problemas en encontrarlos y leerlos todos. A él le hubiera gustado que no fuera tan fácil. La gente a la que frecuentaba, por otra parte, no sólo eran devotos de Jünger sino que algunos de ellos también eran sus traductores, algo que a Espinoza le traía sin cuidado, pues el brillo que él codiciaba no era el del traductor sino el del escritor.
El paso de los meses y de los años, que suele ser callado y cruel, le trajo algunas desgracias que hicieron variar sus opiniones. No tardó, por ejemplo, en descubrir que el grupo de jungerianos no era tan jungeriano como él había creído sino que, como todo grupo literario, estaba sujeto al cambio de las estaciones, y en otoño, efectivamente, eran jungerianos, pero en invierno se transformaban abruptamente en barojianos, y en primavera en orteguianos, y en verano incluso abandonaban el bar donde se reunían para salir a la calle a entonar versos bucólicos en honor de Camilo José Cela, algo que el joven Espinoza, que en el fondo era un patriota, hubiera estado dispuesto a aceptar sin reservas de haber habido un espíritu más jovial, más carnavalesco en tales manifestaciones, pero que en modo alguno podía tomarse tan en serio como se lo tomaban los jungerianos espurios.
Más grave fue descubrir la opinión que sus propios ensayos narrativos suscitaban en el grupo, una opinión tan mala que en alguna ocasión, durante una noche en vela, por ejemplo, se llegó a preguntar seriamente si esa gente no le estaba pidiendo entre líneas que se fuera, que dejara de molestarlos, que no volviera más.
Y aún más grave fue cuando Jünger en persona apareció por Madrid y el grupo de los jungerianos le organizó una visita a El Escorial, extraño capricho del maestro, visitar El Escorial, y cuando Espinoza quiso sumarse a la expedición, en el rol que fuera, este honor le fue denegado, como si los jungerianos simuladores no le consideraran con méritos suficientes como para formar parte de la guardia de corps del alemán o como si temieran que él, Espinoza, pudiera dejarlos mal parados con alguna salida de jovenzuelo abstruso, aunque la explicación oficial que se le dio (puede que dictada por un impulso piadoso) fue que él no sabía alemán y todos los que se iban de picnic con Jünger sí lo sabían.
Ahí se acabó la historia de Espinoza con los jungerianos. Y ahí empezó la soledad y la lluvia (o el temporal) de propósitos a menudo contradictorios o imposibles de realizar. No fueron noches cómodas ni mucho menos placenteras, pero Espinoza descubrió dos cosas que lo ayudaron mucho en los primeros días: jamás sería un narrador y, a su manera, era un joven valiente.
También descubrió que era un joven rencoroso y que estaba lleno de resentimiento, que supuraba resentimiento, y que no le hubiera costado nada matar a alguien, a quien fuera, con tal de aliviar la soledad y la lluvia y el frío de Madrid, pero este descubrimiento prefirió dejarlo en la oscuridad y centrarse en su aceptación de que jamás sería un escritor y sacarle todo el partido del mundo a su recién exhumado valor.
Siguió, pues, en la universidad, estudiando filología española, pero al mismo tiempo se matriculó en filología alemana. Dormía entre cuatro y cinco horas diarias y el resto del día lo invertía en estudiar. Antes de terminar filología alemana escribió un ensayo de veinte páginas sobre la relación entre Werther y la música, que fue publicado en una revista literaria madrileña y en una revista universitaria de Gottingen. A los veinticinco años había terminado ambas carreras. En 1990, alcanzó el doctorado en literatura alemana con un trabajo sobre Benno von Archimboldi que una editorial barcelonesa publicaría un año después. Para entonces Espinoza era un habitual de congresos y mesas redondas sobre literatura alemana. Su dominio de esta lengua era si no excelente, más que pasable. También hablaba inglés y francés. Como Morini y Pelletier, tenía un buen trabajo y unos ingresos considerables y era respetado (hasta donde esto es posible) tanto por sus estudiantes como por sus colegas. Nunca tradujo a Archimboldi ni a ningún otro autor alemán.
Aparte de Archimboldi una cosa tenían en común Morini, Pelletier y Espinoza. Los tres poseían una voluntad de hierro. En realidad, otra cosa más tenían en común, pero de esto hablaremos más tarde. Liz Norton, por el contrario, no era lo que comúnmente se llama una mujer con una gran voluntad, es decir no se trazaba planes a medio o largo plazo ni ponía en juego todas sus energías para conseguirlos. Estaba exenta de los atributos de la voluntad. Cuando sufría el dolor fácilmente se traslucía y cuando era feliz la felicidad que experimentaba se volvía contagiosa. Era incapaz de trazar con claridad una meta determinada y de mantener una continuidad en la acción que la llevara a coronar esa meta. Ninguna meta, por lo demás, era lo suficientemente apetecible o deseada como para que ella se comprometiera totalmente con ésta. La expresión «lograr un fin», aplicada a algo personal, le parecía una trampa llena de mezquindad. A «lograr un fin» anteponía la palabra «vivir» y en raras ocasiones la palabra «felicidad». Si la voluntad se relaciona con una exigencia social, como creía William James, y por lo tanto es más fácil ir a la guerra que dejar de fumar, de Liz Norton se podía decir que era una mujer a la que le resultaba más fácil dejar de fumar que ir a la guerra.
Una vez, en la universidad, alguien se lo dijo, y a ella le encantó, aunque no por ello se puso a leer a William James, ni antes ni después ni nunca. Para ella la lectura estaba relacionada directamente con el placer y no directamente con el conocimiento o con los enigmas o con las construcciones y laberintos verbales, como creían Morini, Espinoza y Pelletier. Su descubrimiento de Archimboldi fue el menos traumático o poético de todos. Durante los tres meses que vivió en Berlín, en 1988, a la edad de veinte años, un amigo alemán le prestó una novela de un autor que ella desconocía. El nombre le causó extrañeza, ¿cómo era posible, le preguntó a su amigo, que existiera un escritor alemán que se apellidara como un italiano y que sin embargo tuviera el von, indicativo de cierta nobleza, precediendo al nombre? El amigo alemán no supo qué contestarle. Probablemente era un seudónimo, le dijo. Y también añadió, para sumar más extrañeza a la extrañeza inicial, que en Alemania no eran comunes los nombres propios masculinos terminados en vocal. Los nombres propios femeninos sí. Pero los nombres propios masculinos ciertamente no. La novela era La ciega y le gustó, pero no hasta el grado de salir corriendo a una librería a comprar el resto de la obra de Benno von Archimboldi.
Cinco meses después, ya instalada otra vez en Inglaterra, Liz Norton recibió por correo un regalo de su amigo alemán. Se trataba, como es fácil adivinar, de otra novela de Archimboldi. La leyó, le gustó, buscó en la biblioteca de su college más libros del alemán de nombre italiano y encontró dos: uno de ellos era el que ya había leído en Berlín, el otro era Bitzius. La lectura de este último sí que la hizo salir corriendo. En el patio cuadriculado llovía, el cielo cuadriculado parecía el rictus de un robot o de un dios hecho a nuestra semejanza, en el pasto del parque las oblicuas gotas de lluvia se deslizaban hacia abajo pero lo mismo hubiera significado que se deslizaran hacia arriba, después las oblicuas (gotas) se convertían en circulares (gotas) que eran tragadas por la tierra que sostenía el pasto, el pasto y la tierra parecían hablar, no, hablar no, discutir, y sus palabras ininteligibles eran como telarañas cristalizadas o brevísimos vómitos cristalizados, un crujido apenas audible, como si Norton en lugar de té aquella tarde hubiera bebido una infusión de peyote.
Pero la verdad es que sólo había bebido té y que se sentía abrumada, como si una voz le hubiera repetido en el oído una oración terrible, cuyas palabras se fueron desdibujando a medida que se alejaba del college y la lluvia le mojaba la falda gris y las rodillas huesudas y los hermosos tobillos y poca cosa más, pues Liz Norton antes de salir corriendo a través del parque no había olvidado coger su paraguas.
2666, Roberto Bolaño
A mí, que hacía días que tenía veinte años y no tenía madre (cinco más de lo primero que de lo segundo), poco me interesaba (fue la única vez en mi vida, lo juro) que una obra maestra de un escritor que no conocía quedara inacabada. Se podía ir a la mierda toda la literatura universal (y la literatura será siempre mi gran y único amor) con tal de que me devolvieran a mi madre. Aún digo más: podía llevarse con ella al cine, a la música, a la pintura. De la mano todas juntas al infierno. Por primera vez en mi vida, con todo lo descastada que había (que he) sido siempre, quería estar con mi mamá antes de hacer cualquier otra cosa. Y mi mamá ya no estaba.
Este verano, cinco años después, por fin empecé a leer a Bolaño. Desordenadamente, solapando unos libros con otros y con otros de otros autores. Con otros cuentos y otros poemas. Una suerte de lectura global, leer a Bolaño todo él y no sus obras. Cinco años después, descubro que amo a Bolaño y me pregunto por qué no lo había leído antes. Antes de que muriera, quiero decir.
Pese a ello, no puedo evitar la magdalena de Proust y volver a estar en la sala en la que todos los periódicos se dolían de la obra inacabada del escritor moribundo. Y sigo sin entender cómo fuimos capaces de abrir un periódico y leer.
No recuerdo qué libro leía cuando murió mi madre, pero sí recuerdo que todos los periódicos hablaban de un escritor que moría y al que no había leído. Un escritor que se cuenta desde hace meses entre mis favoritos.
viernes, 30 de enero de 2009
La anécdota quasi traumática del mes
Mi amigo Jose (al que últimamente apenas veo y con quien hablo por teléfono muchas horas menos al mes de lo que acostumbro) es el típico amigo con el que todo el mundo está empeñado en liarte. Y sí, hubiéramos sido el matrimonio perfecto hace cincuenta años, pero en los tiempos que corren no es necesario ser la novia de nadie para tener la misma relación que tenemos nosotros. Jose es estupendo, genial, lo adoro y, si algún día llega alguna zorra que se lo lleve tendrá que vérselas conmigo... y eso, más o menos, es lo que opina él de mí. Ni nos gustamos ni nos dejamos de gustar del todo. Quiere esto último decir que no chillamos horrorizados cada vez que alguien da por hecho que estamos saliendo o, si estamos especialmente encima el uno del otro, nos pregunten en un aparte si ese día sí nos vamos a liar. Lo normal, ¿no?
Más o menos (depende de cuánto hablemos en esa época) nos contamos las tonterías más tontas y las cosas más terribles. Con quien nos acostamos o nos dejamos de acostar, por supuesto. Etc, etc.
Repito: hace cincuenta años, Jose y yo habríamos sido el matrimonio perfecto. Probablemente, si uno solo de los dos tuviera tendencia a las relaciones, haría por lo menos diez años que estaríamos saliendo. Pero no la tenemos. Ninguno de los dos. Tenemos tendencia a traumatizarnos conjuntamente cada vez que alguien se empareja, de hecho. Y a hablar de este tipo de cosas, a teorizar sobre ellas. A comentar lo de que, efectivamente, cualquier día nos acabamos liando. Claro. ¿Qué duda cabe? Trece años en que todo el mundo piensa que estamos juntos, un padre que poco menos que le preguntó que qué intenciones tenía para con su hija cuando terminó la carrera, amigos propios y ajenos convencidos de que en realidad llevamos toda la vida enamorados el uno del otro y no queremos reconocerlo. Etc, etc, etc.
Por no hablar de lo mal que podemos llegar a hablar de pretendientes no deseados por ambas partes. De anécdotas de alcoba, con sus correspondientes puteos que sólo entiende el otro. Referencias hasta la saciedad (ajena) a trozos de películas, de canciones. Frases de películas, versos de canciones que rompen inicios de mal rollo. Porque nos peleamos, nos cabreamos, nos sacamos la lengua, ese tipo de cosas que hacen los amigos.
Lo normal, repito.
Tenemos serias dudas de si un fin de año de hace tres nos liamos. Tenemos una gran laguna mental conjunta, desaparecimos de la circulación, dicen que estábamos especialmente cariñosos (yo reitero que soy así y que, además, había una individua de cuyas garras había que rescatarlo). Vale que vivimos un momento reguetón un tanto heavy (es lo que tiene fin de año en Ferrol, que apesta), pero nos estábamos escojonando de la cara de los demás, eso sí lo recordamos, los dos. Y, al día siguiente, cuando intentaron putearnos con el tema, no recordábamos nada. Ni lo que habíamos hecho ni lo que habíamos dejado de hacer, así que terminamos por convertirlo en un "claro, sí, pero siempre habíamos dicho que el día que ocurriera, seguiríamos como si tal cosa". Porque lo nuestro no es un "si algún día ocurre", es un "el día que ocurra". Totalmente diferente, como se puede observar.
Pero todo esto fue hace tres años. Por tanto, recordábamos (recordaba) las dudas (todavía estuvimos debatiendo al respecto la última vez que estuve en Coruña, justo antes de Fin de Año), la coña de "¡anda que a ver si es verdad que nos liamos y no lo recordamos ninguno de los dos: qué frustrante tener que volver a empezar!", etc. Pero yo había olvidado totalmente el puteo al resto. Por completo.
Así que cuando ayer Iria comentó lo bien que seguíamos Jose y yo, pese a habernos liado, yo lo primero que pensé fue "mira, a esta le patina la memoria y no recuerda que lo nuestro es un futurible, no un pasado". Cuando insistió, con la cara que sólo sabe poner Iria de "no hace falta que lo niegues, que yo lo sé", pensé que al final iba a ser verdad, que sí que nos habíamos liado y que Iria lo había visto. Al fin y al cabo, estaba allí. ¿Por qué no? Si nosotros teníamos dudas... pero claro, luego vino el componente de "aún lo estuve hablando con él hace poco". O sea que el cabrón lo sabía!!! Y yo sufriendo todos estos años (mentira podrida: no sufría en absoluto y dió para muchísimas conversaciones) y él lo sabía. Y no, todavía no recordaba que los habíamos puteado, fueron tres años.
De pronto me vino la iluminación, claro. Pero quedaban las dudas, así que había que llamar a Jose. Jose (forma parte de su encanto) siempre está ilocalizable cuando se le necesita. Reaparece horas después, pero justo cuando lo necesitas, no está. Nunca. Jamás de los jamases. Si sólo lo llamas para hablar con él, o para quedar para tomar una caña o para ir a la playa o para ver si te puede venir a buscar, o si puedes ir con él de Coruña a Ferrol, sí. Incluso para ayudarte con la mudanza. Para traer de paso a tu compañera de piso a la que (entonces) ni siquiera conoce. Para todo. Pero si tienes que preguntarle algo importante, Jose siempre se ha dejado los dos móviles en el coche y no está en casa. No es que lo haga a propósito, le sale. Como lo de llamar a casa cuando estás en el baño (o en la ducha, depende de la temporada). Y ayer estaba durmiendo. Maldito!
Así que le mandé un mensaje que, misteriosamente, no he borrado y que decía literalmente "Me acaba de contar Iria que tú y yo nos liamos aquel fin de año... dime que sigue siendo un puteo. Necesito mucho alcohol para superar la duda. Oh my God! Besos"
Faltaba el "te i love you", eterno homenaje a Javier Bardem en Airbag. El "¿existe alguna posibilidad, por remota que sea, de salvar lo nuestro" de nunca sé que película porque yo no la he visto, pero que usamos constantemente para situaciones más o menos cotidianas. Faltaban la mitad de las referencias que usamos constantemente, repito.
Es un consuelo saber que no me tiré a Jose ni encima del piano de la entrada de un bar ni en el portal de su casa. Ni en ambos sitios.
Divertidísimo comprobar que, incluso los amigos comunes, el día que nos damos un par de picos (cuando le dije a Iria "pero los picos también te los doy a tí cuando quieras," recordó que, efectivamente, era verdad, que "aquella noche, sin ir más lejos"), pueden llegar a creer "esta vez sí". Esto en Santiago no me pasa.
Un alivio descubrir que, efectivamente, no nos liamos sin recordarlo. Que nosotros recordemos...
miércoles, 14 de enero de 2009
Otra vez la negra sombra...
Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.
Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.
Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.
En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombra
Rosalía de Castro
En castellano, por ejemplo, aquí. ¿De verdad no lo entendéis?
Canta Luz Casal, claro. El penúltimo verso lo cambia: "nin me deixarás ti nunca", pero significa lo mismo.
No se puede ser gallego y aficionado a la literatura sin pensar en la "negra sombra" en momentos de depresión. Llevo un par de días más deprimida de lo habitual los últimos meses (y toda la vida). Debe ser hormonal porque también me ha salido un grano. De cualquier modo, tengo unas inmensas ganas de llorar y el mundo es feo ahí fuera.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Una crisis positiva
Mi nombre es Martín Romaña y esta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la histora además de cómo un día necesité un cuaderno rojo para continuar la historia del cuaderno azul. Todo, en un sillón Voltaire.
En efecto, el día siete de junio de 1978, entré en crisis, como suele decirse por ahí, aunque positiva, en mi caso, pues logré por fin salir de la melancolía blue blue blue, como solía llamarla Octavia, que fue primero Octavia de Cádiz a secas, porque durante largo tiempo la conocí sólo en estado o calidad de aparición, sí, lo cual me impedía, como es lógico, bañarla en ternura con miles de apodos que prácticamente no vendrán al caso en el cuaderno azul, pero que en cambio justificarán plenamente la adquisición del cuaderno rojo. Plenamente, Octavia.
Cabe advertir, también, que el parecido con la realidad de la que han sido tomados los hechos no será a menudo una simple coincidencia, y que lo que intento es llevar a cabo, con modestia aparte, mucha ilusión y justicia distributiva, un esforzado ejercicio de interpretación, entendimiento y cariño multidireccional, del tipo a ver qué ha pasado aquí.
Alfredo Bryce Echenique, La vida exagerada de Martín Romaña
Releo a Martín Romaña para convertir en positiva mi crisis. O intentarlo. O, al menos, disfrutar con las desventuras de su exagerada vida. Releo Martín Romaña y, como la primera vez que lo leí, hace unos diez años, me planteo comprarme un cuaderno azul. Y otro rojo. Y un sillón Voltaire.
Hubo un tiempo en que declaraba que Bryce era mi escritor. Fue antes del Planeta, antes de la violación a su propia obra que declaran es Pancho Marambio, novela que todavía no me he atrevido a leer. Sin embargo, pocos autores me hacen tan feliz como Bryce. Más Martín Romaña. Más, Julius. Más, el pobre de San Pedro Balbuena que fue tantas veces Pedro y nunca supo negar a nadie. Infinitamente algunos de los capítulos de sus Antimemorias. Algún día, Bryce volverá a escribir. Sin necesidad de que (se rumorea) lo encierren en un piso, le prohiban beber y le digan "escribe algo, que te damos el Planeta". Algún día lo hará. Si no, siempre nos quedarán París y su Guía triste.
¿Plagios? Siempre diré que es una buena noticia, que hay más de un Bryce suelto.
Siempre que me tiembla la mano con un vaso con hielo, pienso en Martín Romaña. Y otras muchas veces.
Soy un ser tremendamente parcial, lo sé. Pese a ello, ya no leo a quien fue mi escritor favorito.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Añoro
Siempre me ha gustado Albert Plá. Desde que era el cura que en Airbag cantaba "Soy rebelde". Más desde que descubrí que al cabrón se le entiende mejor cuando canta en catalán que cuando canta en español. Y fue gracias a él (como el resto del país, seamos realistas) que descubrí al amigo Fonollosa. Un señor que me gusta mucho desde que, con la cinta que aún conservo y que tiene el "Supone Fonollosa", el "No sólo de rumba vive el hombre" y tres canciones del "Actos inexplicables" de Nacho Vegas (al que descubrí en ese momento), Iago me dejó el libro de Acantilado con poemas de Fonollosa. Ese disco de Albert Plá tiene, además de los poemas de Fonollosa, una version de "Take a walk on the wild side" (el lado más bestia de la vida) y esta canción. Que me gusta mucho. Pero mucho.
Y que hubo un tiempo en que era la historia de mi vida. Ahora no, ahora sé que me reencarnaré en alcachofa. O, mejor, en endibia.
Añoro todo aquello que no tuve,
lo que tuve retuve
y eso no me lo quita nadie.
Añoro solamente
lo que no vi ni en pintura,
lo que no quise que ocurriera,
lo que olvidé por desidia,
lo que no escuché por ciego;
echo de menos, me hace falta
lo que no viví ni en sueños.
Añoro, por ejemplo,
no haberme follado a Marta,
pensando mientras tanto
que me follaba a su hermana.
Y añoro a esa muchacha
que jamás he conocido
y que espera ansiosamente
el amor mío.
Y esa rayita y esa pastillita,
que no tomé contigo aquella noche.
Me duelen los recuerdos
por no haberte conocido,
ni amado ni violado
en un confesionario.
Quién pudiera haber gozado
de la luna y de tus besos,
en aquel acantilado
dentro de un Cadillac rojo.
Y por cierto,
se me olvidaba decir,
se me olvidaba decir,
lo que te vine a pedir:
¿si quieres bailar conmigo
esa canción tan bonita?
Aún no existe todavía
pero es mi canción preferida.
Estoy triste voy de luto
como si se hubieran muerto
esos seres tan queridos
que fueron mis enemigos.
Me duele la cabeza,
no me quito esa resaca
ayer me quedé en casa
no tomé ni una copita;
tampoco maté a nadie
y eso que hay quien lo merece,
por pereza o por cobarde,
nunca quise o nunca pude.
Y añoro esos zapatos que no tuve,
mis pies pisan descalzos
pues yo siempre ando desnudo.
Y eso que nunca me pinté
con purpurina todo el cuerpo,
ni me subí a ese campanario
pa' gritarle al sol y al viento:
¡me cago en la madre que parió
a esos mamones, xixarel.los
que me están chingando la existencia!
Y añoro no haber muerto cada día,
cuando llegue la muerte
yo no sabré qué hacer con ella.
A lo mejor la palmo
y resucito siendo un cerdo,
me olvido de que existo
y así no echaré nada de menos.
Engordaré deprisa
en el corral de las mentiras,
comeré lo que me echen
como cualquier cerdo bueno,
hasta que un día el granjero
me se lleve al matadero
y convierta en embutidos
mis recuerdos más grasientos.
Entonces piensa en mí,
recuérdame amor mío,
cada vez que te tomes
una tapita de chorizo.
Albert Plá
viernes, 31 de octubre de 2008
The rare and radiant maiden whom the angels name Lenore
- THE RAVEN
- Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
- Over many a quaint and curious volume of forgotten lore--
- While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
- As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
- "'Tis some visitor," I muttered, "tapping at my chamber door--
- Only this, and nothing more."
- Ah, distinctly I remember it was in the bleak December;
- And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
- Eagerly I wished the morrow;-- vainly I had sought to borrow
- From my books surcease of sorrow-- sorrow for the lost Lenore--
- For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore--
- Nameless here for evermore.
- And the silken, sad, uncertain rustling of each purple curtain
- Thrilled me-- filled me with fantastic terrors never felt before;
- So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating,
- "'Tis some visitor entreating entrance at my chamber door--
- Some late visitor entreating entrance at my chamber door;--
- This it is, and nothing more."
- Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,
- "Sir," said I, "or Madam, truly your forgiveness I implore;
- But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
- And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
- That I scarce was sure I heard you"-- here I opened wide the door;--
- Darkness there, and nothing more.
- Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
- Doubting, dreaming dreams no mortals ever dared to dream before;
- But the silence was unbroken, and the stillness gave no token,
- And the only word there spoken was the whispered word, "Lenore!"
- This I whispered, and an echo murmured back the word, "Lenore!"--
- Merely this, and nothing more.
- Back into the chamber turning, all my soul within me burning,
- Soon again I heard a tapping somewhat louder than before.
- "Surely," said I, "surely that is something at my window lattice:
- Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore--
- Let my heart be still a moment and this mystery explore;--
- 'Tis the wind and nothing more."
- Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
- In there stepped a stately raven of the saintly days of yore;
- Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
- But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door--
- Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door--
- Perched, and sat, and nothing more.
- Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
- By the grave and stern decorum of the countenance it wore,
- "Though thy crest be shorn and shaven, thou," I said, "art sure no craven,
- Ghastly grim and ancient Raven wandering from the Nightly shore--
- Tell me what thy lordly name is on the Night's Plutonian shore!"
- Quoth the Raven, "Nevermore."
- Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
- Though its answer little meaning-- little relevancy bore;
- For we cannot help agreeing that no living human being
- Ever yet was blest with seeing bird above his chamber door--
- Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,
- With such name as "Nevermore."
- But the Raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only
- That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
- Nothing further then he uttered-- not a feather then he fluttered--
- Till I scarcely more than muttered, "Other friends have flown before--
- On the morrow he will leave me, as my Hopes have flown before."
- Then the bird said, "Nevermore."
- Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
- "Doubtless," said I, "what it utters is its only stock and store,
- Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster
- Followed fast and followed faster till his songs one burden bore--
- Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore
- Of 'Never-- nevermore'."
- But the Raven still beguiling my sad fancy into smiling,
- Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
- Then upon the velvet sinking, I betook myself to linking
- Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore--
- What this grim, ungainly, ghastly, gaunt and ominous bird of yore
- Meant in croaking "Nevermore."
- This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing
- To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom's core;
- This and more I sat divining, with my head at ease reclining
- On the cushion's velvet lining that the lamplight gloated o'er,
- But whose velvet-violet lining with the lamplight gloating o'er,
- She shall press, ah, nevermore!
- Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer
- Swung by seraphim whose footfalls tinkled on the tufted floor.
- "Wretch," I cried, "thy God hath lent thee-- by these angels he hath sent thee
- Respite-- respite and nepenthe, from thy memories of Lenore;
- Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!"
- Quoth the Raven, "Nevermore."
- "Prophet!" said I, "thing of evil!-- prophet still, if bird or devil!--
- Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
- Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted--
- On this home by Horror haunted-- tell me truly, I implore--
- Is there-- is there balm in Gilead?-- tell me-- tell me, I implore!"
- Quoth the Raven, "Nevermore."
- "Prophet!" said I, "thing of evil-- prophet still, if bird or devil!
- By that Heaven that bends above us-- by that God we both adore--
- Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
- It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore--
- Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore."
- Quoth the Raven, "Nevermore."
- "Be that word our sign in parting, bird or fiend," I shrieked, upstarting--
- "Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!
- Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
- Leave my loneliness unbroken!-- quit the bust above my door!
- Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!"
- Quoth the Raven, "Nevermore."
- And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
- On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
- And his eyes have all the seeming of a demon's that is dreaming,
- And the lamp-light o'er him streaming throws his shadow on the floor;
- And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
- Shall be lifted-- nevermore!
EL CUERVO
Una vez, en triste medianoche,
Cuando, cansado y mustio, examinaba
Infolios raros de olvidada ciencia,
Mientras cabeceaba adormecido,
Oí de pronto que alguien golpeaba
En mi puerta, llamando suavemente.
“Es, sin duda -murmuré-, un visitante…”
Solo esto, y nada más.
Recuerdo el mes helado de diciembre;
Una a una, las ascuas moribundas
Forjaban su espíritu sobre el suelo.
Deseaba con ansia la mañana,
Buscando entre mis libros un consuelo
A la doliente pérdida de la virgen Leonora,
Que es así por los ángeles llamada.
Sin nombre aquí, para siempre.
Me estremeció el crujir de las cortinas
De púrpura y de seda, y un espanto
Jamás sentido paralizó de pronto
Mi corazón. Y yo me repetía:
“Algún tardío visitante ruega
La entrada, en la puerta de mi estancia
En mi puerta golpea un visitante:
Es esto y nada más.”
Reanimada mi alma y sin más dudas,
“Señor-dije-, o señora, si no,
Vuestro perdón sinceramente imploro.
Pero es que dormitaba, y la llamada
Vuestra fue tan leve, que apenas
Supe si había oído tal llamada.”
Abrí entonces la puerta por completo;
Tinieblas, nada más.
En lo oscuro atisbaba con ahínco.
Temor, asombro y dudas me invadían;
Soñaba sueños que ningún viviente
Oso nunca soñar. Todo seguía
Envuelto en el silencio y en la calma.
Una sola palabra murmuraba,
Y el eco, aquel “¡Leonora!”, murmuraba.
Solo esto, y nada más.
Volví a mi estancia; ardía mi alma entera.
Pronto se oyó de nuevo la llamada,
Pero esta vez más fuerte, más cercana.
“¿Será -dije- ese ruido en la ventana?”
Semejante misterio he de explorar,
Calmando el corazón; ese misterio
He de explorar, repito, en las tinieblas;
El viento es, nada más.
Abrí el postigo, y con gentil revuelo,
Entró entonces un cuervo majestuoso,
Como en los santos días del pasado.
No me hizo reverencia, ni siquiera
Un minuto vaciló. Con prestancia
De dama o varón noble, se posó
En el dintel, sobre un busto de Palas…
Allí quedó posado, y nada más.
Con su grave decoro el feo pájaro,
Como el ébano negro, mi tristeza
En sonrisa trocó. Y yo le dije:
“A pesar de tu cresta desollada,
Cobarde no eres, ciertamente, cuervo
Torvo, espectral, errando por el margen
De la noche Plutónica. ¡Revélame tu nombre!”
El cuervo dijo: “Nunca más”
Atónito quedé por la respuesta
Tan rotunda del ave desgarbada,
Respuesta inoportuna, sin sentido;
Mas convengamos que ningún mortal
Haya nunca gozado la fortuna,
De tener sobre un busto, en el dintel
De su puerta, un pájaro posado,
Con un nombre como este: “Nunca más.”
El cuervo solitario, desde el busto,
Una sola palabra pronunció,
Como si su alma fluyese en vocablo.
Calló después, inmóvil el plumaje.
Yo apenas susurré: “Otros amigos
Volaron ya. Cuando despunte el alba,
Este me dejará sin esperanza…”
El ave dijo entonces: “Nunca más.”
Estremecido estaba por la calma
que truncara su rápida respuesta.
“Sin duda –dije-, son esas palabras
Las únicas que sabe y ha aprendido
De un amo desdichado a quien persigue
El desastre fatal, y cuyo canto tenga este estribillo triste:
“Nunca más, nunca más.”
Pero el cuervo seguía e incitaba
Mi alma a la sonrisa todavía.
Un sillón puse, frente al busto, al ave;
Y hundido en almohadón de terciopelo,
Mi mente encadenaba fantasías,
Pensando en lo que el ave desmañada,
Fea, flaca, siniestra, a entender daba
Croando: “Nunca más.”
Sentado meditaba. La mirada del pájaro
Quemaba mi corazón.
Recliné la cabeza en el cojín
Que la luz de la lámpara embebía,
Deleitada en el suave terciopelo,
Pero ese cojín color violado
Ella no ha de oprimir ya más,
¡ah, nunca más!
Se tornó el aire denso y perfumado
Por invisible incienso. Balanceaba
El incensario un serafín; se oían
Sobre el tapiz mullido sus pisadas. Grité:
“¡Miserable! ¿Te ha prestado tu Dios
o el nepentés, te envía con sus ángeles?
¡Bébelo, olvida ya a Leonora!”
El cuervo dijo: “Nunca más”
“¡Profeta –dije-, ser nacido del mal!
¡Profeta, sí, o pájaro, o demonio!
Si el tentador te manda, o la borrasca
Te arroja a nuestra orilla desolada
Pero impávida, a la desierta tierra
mágica por el terror,
dime, yo te lo ruego, ¿hay bálsamo en Galaad?
El cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta –dije-, ser nacido del mal!
¡Profeta, sí, o pájaro, o demonio!
Por ese cielo que en lo alto se comba,
Por ese Dios que tú y yo veneramos,
Di a esta alma triste si en el Edén distante
Abrazará a la doncella santa
A quien los ángeles llaman Leonora.”
El cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Que se esta palabra la señal,
Pájaro o espíritu diabólico,
De nuestro adiós! ¡Retorna en la borrasca
Y al borde de la Noche Plutoniana!
¡No dejes pluma negra como prenda
De tu mentira! Mi soledad respeta,
¡quita de mi pecho tu pico, tu forma de mi puerta!
El cuervo dijo: “Nunca más.”
El cuervo, inmóvil, sigue aún posado
sobre el pálido busto de Atenea,
encima de la puerta de mi estancia;
sus ojos son de un demonio que sueña.
La luz sobre él mi lámpara derrama
Proyectando su sombra por el suelo.
Y mi alma fuera de esa flotante sobra,
¡nunca más se alzará!
Traducción de Julio Gómez de la Serna
- É só isto, e nada mais."
Ah, que bem disso me lembro! Era no frio dezembro,
E o fogo, morrendo negro, urdia sombras desiguais.
Como eu qu'ria a madrugada, toda a noite aos livros dada
P'ra esquecer (em vão!) a amada, hoje entre hostes celestiais -
Essa cujo nome sabem as hostes celestiais, - Mas sem nome aqui jamais!
Como, a tremer frio e frouxo, cada reposteiro roxo
Me incutia, urdia estranhos terrores nunca antes tais!
Mas, a mim mesmo infundido força, eu ia repetindo,
"É uma visita pedindo entrada aqui em meus umbrais;
Uma visita tardia pede entrada em meus umbrais. - É só isto, e nada mais".
E, mais forte num instante, já nem tardo ou hesitante,
"Senhor", eu disse, "ou senhora, decerto me desculpais;
Mas eu ia adormecendo, quando viestes batendo,
Tão levemente batendo, batendo por meus umbrais,
Que mal ouvi..." E abri largos, franqueando-os, meus umbrais. - Noite, noite e nada mais.
A treva enorme fitando, fiquei perdido receando,
Dúbio e tais sonhos sonhando que os ninguém sonhou iguais.
Mas a noite era infinita, a paz profunda e maldita,
E a única palavra dita foi um nome cheio de ais -
Eu o disse, o nome dela, e o eco disse aos meus ais. - Isso só e nada mais.
Para dentro então volvendo, toda a alma em mim ardendo,
Não tardou que ouvisse novo som batendo mais e mais.
"Por certo", disse eu, "aquela bulha é na minha janela.
Vamos ver o que está nela, e o que são estes sinais."
Meu coração se distraía pesquisando estes sinais. - "É o vento, e nada mais."
Abri então a vidraça, e eis que, com muita negaça,
Entrou grave e nobre um corvo dos bons tempos ancestrais.
Não fez nenhum cumprimento, não parou nem um momento,
Mas com ar solene e lento pousou sobre os meus umbrais,
Num alvo busto de Atena que há por sobre meus umbrais, - Foi, pousou, e nada mais.
E esta ave estranha e escura fez sorrir minha amargura
Com o solene decoro de seus ares rituais.
"Tens o aspecto tosquiado", disse eu, "mas de nobre e ousado,
Ó velho corvo emigrado lá das trevas infernais!
Dize-me qual o teu nome lá nas trevas infernais." - Disse o corvo, "Nunca mais".
Pasmei de ouvir este raro pássaro falar tão claro,
Inda que pouco sentido tivessem palavras tais.
Mas deve ser concedido que ninguém terá havido
Que uma ave tenha tido pousada nos meus umbrais,
Ave ou bicho sobre o busto que há por sobre seus umbrais, - Com o nome "Nunca mais".
Mas o corvo, sobre o busto, nada mais dissera, augusto,
Que essa frase, qual se nela a alma lhe ficasse em ais.
Nem mais voz nem movimento fez, e eu, em meu pensamento
Perdido, murmurei lento, "Amigo, sonhos - mortais
Todos - todos já se foram. Amanhã também te vais". - Disse o corvo, "Nunca mais".
A alma súbito movida por frase tão bem cabida,
"Por certo", disse eu, "são estas vozes usuais,
Aprendeu-as de algum dono, que a desgraça e o abandono
Seguiram até que o entono da alma se quebrou em ais,
E o bordão de desesp'rança de seu canto cheio de ais - Era este "Nunca mais".
Mas, fazendo inda a ave escura sorrir a minha amargura,
Sentei-me defronte dela, do alvo busto e meus umbrais;
E, enterrado na cadeira, pensei de muita maneira
Que qu'ria esta ave agoureia dos maus tempos ancestrais,
Esta ave negra e agoureira dos maus tempos ancestrais, - Com aquele "Nunca mais".
Comigo isto discorrendo, mas nem sílaba dizendo
À ave que na minha alma cravava os olhos fatais,
Isto e mais ia cismando, a cabeça reclinando
No veludo onde a luz punha vagas sobras desiguais,
Naquele veludo onde ela, entre as sobras desiguais, - Reclinar-se-á nunca mais!
Fez-se então o ar mais denso, como cheio dum incenso
Que anjos dessem, cujos leves passos soam musicais.
"Maldito!", a mim disse, "deu-te Deus, por anjos concedeu-te
O esquecimento; valeu-te. Toma-o, esquece, com teus ais,
O nome da que não esqueces, e que faz esses teus ais!" - Disse o corvo, "Nunca mais".
"Profeta", disse eu, "profeta - ou demônio ou ave preta!
Fosse diabo ou tempestade quem te trouxe a meus umbrais,
A este luto e este degredo, a esta noite e este segredo,
A esta casa de ância e medo, dize a esta alma a quem atrais
Se há um bálsamo longínquo para esta alma a quem atrais! - Disse o corvo, "Nunca mais".
"Profeta", disse eu, "profeta - ou demônio ou ave preta!
Pelo Deus ante quem ambos somos fracos e mortais.
Dize a esta alma entristecida se no Éden de outra vida
Verá essa hoje perdida entre hostes celestiais,
Essa cujo nome sabem as hostes celestiais!" - Disse o corvo, "Nunca mais".
"Que esse grito nos aparte, ave ou diabo!", eu disse. "Parte!
Torna á noite e à tempestade! Torna às trevas infernais!
Não deixes pena que ateste a mentira que disseste!
Minha solidão me reste! Tira-te de meus umbrais!
Tira o vulto de meu peito e a sombra de meus umbrais!" - Disse o corvo, "Nunca mais".
E o corvo, na noite infinda, está ainda, está ainda
No alvo busto de Atena que há por sobre os meus umbrais.
Seu olhar tem a medonha cor de um demônio que sonha,
E a luz lança-lhe a tristonha sombra no chão há mais e mais, Libertar-se-á... nunca mais!
Numa meia-noite agreste, quando eu lia, lento e triste,
Vagos, curiosos tomos de ciências ancestrais,
E já quase adormecia, ouvi o que parecia
O som de algúem que batia levemente a meus umbrais.
"Uma visita", eu me disse, "está batendo a meus umbrais.
Traduçao de Fernando Pessoa
Une fois, sur le minuit lugubre, pendant que je méditais,
faible et fatigué, sur maint précieux et curieux volume
d'une doctrine oubliée, pendant que je donnais de la tête,
presque assoupi, soudain il se fit un tapotement, comme de
quelqu'un frappant doucement, frappant à la porte de ma
chambre. "C'est quelque visiteur, - murmurai-je, - qui frappe
à la porte de ma chambre; ce n'est que cela et rien de plus."
Ah! distinctement je me souviens que c'était dans le glacial
décembre, et chaque tison brodait à son tour le plancher du
reflet de son agonie. Ardemment je désirais le matin; en vain
m'étais-je efforcé de tirer de mes livres un sursis à ma tristesse,
ma tristesse pour ma Lénore perdue, pour la précieuse et
rayonnante fille que les anges nomment Lénore, - et qu'ici on
ne nommera jamais plus.
Et le soyeux, triste et vague bruissement des rideaux pourprés
me pénétrait, me remplissait de terreurs fantastiques,
inconnues pour moi jusqu'à ce jour; si bien qu'enfin pour
apaiser le battement de mon coeur, je me dressai, répétant:
"C'est quelque visiteur attardé sollicitant l'entrée à la porte de
ma chambre; - c'est cela même, et rien de plus."
Mon âme en ce moment se sentit plus forte. N'hésitant donc
pas plus longtemps: "Monsieur, dis-je, ou madame, en
vérité, j'implore votre pardon; mais le fait est que je
sommeillais et vous êtes venu frapper si doucement, si
faiblement vous êtes venu frapper à la porte de ma chambre,
qu'à peine étais-je certain de vous avoir entendu." Et alors
j'ouvris la porte toute grande; - les ténèbres, et rien de plus.
Scrutant profondément ces ténèbres, je me tins longtemps
plein d'étonnement, de crainte, de doute, rêvant des rêves
qu'aucun mortel n'a jamais osé rêver; mais le silence ne fut
pas troublé, et l'immobilité ne donna aucun signe, et le seul
mot proféré fut un nom chuchoté: "Lénore!" - C'était moi
qui le chuchotais, et un écho à son tour murmura ce mot:
"Lénore!" Purement cela, et rien de plus.
Rentrant dans ma chambre, et sentant en moi toute mon
âme incendiée, j'entendis bientôt un coup un peu plus fort
que le premier. "Sûrement, - dis-je, - sûrement, il y a quelque
chose aux jalousies de ma fenêtre; voyons donc ce que c'est,
et explorons ce mystère. Laissons mon coeur se calmer un
instant, et explorons ce mystère; - c'est le vent, et rien de plus."
Je poussai alors le volet, et, avec un tumultueux battement
d'ailes, entra un majestueux corbeau digne des anciens jours.
Il ne fit pas la moindre révérence, il ne s'arrêta pas, il n'hésita
pas une minute; mais avec la mine d'un lord ou d'une lady, il
se percha au-dessus de la porte de ma chambre; il se percha
sur un buste de Pallas juste au-dessus de la porte de ma
chambre; - il se percha, s'installa, et rien de plus.
Alors, cet oiseau d'ébène, par la gravité de son maintien et
la sévérité de sa physionomie, induisant ma triste imagination
à sourire: "Bien que ta tête, - lui dis-je, - soit sans huppe et
sans cimier, tu n'es certes pas un poltron, lugubre et ancien
corbeau, voyageur parti des rivages de la nuit. Dis-moi quel
est ton nom seigneurial aux rivages de la nuit plutonienne!"
Le corbeau dit: "Jamais plus!"
Je fus émerveillé que ce disgracieux volatile entendît si
facilement la parole, bien que sa réponse n'eût pas une bien
grand sens et ne me fût pas d'un grand secours; car nous
devons convenir que jamais il ne fut donné à un homme
vivant de voir un oiseau au-dessus de la porte de sa chambre,
un oiseau ou une bête sur un buste sculpté au-dessus de la
porte de sa chambre, se nommant d'un nom tel que
- Jamais plus!
Mais le corbeau, perché solitaitrement sur le buste placide, ne
proféra que ce mot unique, comme si
dans ce mot unique il répandait toute son âme. Il ne
prononça rien de plus; il ne remua pas une plume, -
jusqu'à ce que je me prisse à murmurer faiblement:
"D'autres amis se sont déjà envolés loin de moi; vers
le matin, lui aussi, il me quittera comme mes anciennes
espérances déjà envolées." L'oiseau dit alors:
"Jamais plus!"
Tressaillant au bruit de cette réponse jetée avec
tant d'à-propos: Sans doute, - dis-je, - ce qu'il
prononce est tout son bagage de savoir, qu'il a pris
chez quelque maître infortuné que le Malheur
impitoyable a poursuivi ardemment, sans répit,
jusqu'à ce que ses chansons n'eussent plus qu'un
seul refrain, jusqu'à ce que le De profundis de son
Espérance eût pris ce mélancolique refrain: "Jamais -
jamais plus!"
Mais le corbeau induisant encore toute ma
triste âme à sourire, je roulai tout de suite un siège
à coussins en face de l'oiseau et du buste et de la
porte; alors, m'enfonçant dans le velours, je
m'appliquai à enchaîner les idées aux idées, cherchant
ce que cet augural oiseau des anciens jours, ce que
ce triste, disgracieux, sinistre, maigre et augural
oiseau des anciens jours voulait faire entendre en
croassant son - Jamais plus!
Je me tenais ainsi, rêvant, conjecturant, mais
n'adressant plus une syllabe à l'oiseau, dont les
yeux ardents me brûlaient maintenant jusqu'au fond
du coeur: je cherchai à deviner cela, et plus encore,
ma tête reposant à l'aise sur le velours du coussin
que caressait la lumière de la lampe, ce velours
violet caressé par la lumière de la lampe que sa tête,
à Elle, ne pressera plus, - ah! jamais plus!
Alors, il me sembla que l'air s'épaississait, parfumé par
un encensoir invisible que balançaient les séraphins
dont les pas frôlaient le tapis de ma chambre.
"Infortuné! - m'écriai-je, - ton Dieu t'a donné par ses
anges, il t'a envoyé du répit, du répit et du népenthès
dans tes ressouvenirs de Lénore! Bois, oh! bois ce
bon népenthès, et oublie cette Lénore perdue!" Le
corbeau dit: "Jamais plus!"
"Prophète! - dis-je, - être de malheur! oiseau ou démon!
mais toujours prophète! que tu sois un envoyé du
Tentateur, ou que la tempête t'ait simplement échoué,
naufragé, mais encore intrépide, sur cette terre déserte,
ensorcelée, dans ce logis par l'Horreur hanté, - dis-moi
sincèrement, je t'en supplie, existe-t-il, existe-t-il ici un
baume de Judée? Dis, dis, je t'en supplie!" Le corbeau
dit: "Jamais plus!"
"Prophète! - dis-je, - être de malheur! oiseau ou démon!
toujours prophète! par ce ciel tendu sur nos têtes, par
ce Dieu que tous deux nous adorons, dis à cette âme
chargée de douleur si, dans le Paradis lointain, elle
pourra embrasser une fille sainte que les anges nomment
Lénore, enbrasser une précieuse et rayonnante fille que
les anges nomment Lénore." Le corbeau dit: "Jamais plus!"
"Que cette parole soit le signal de notre séparation,
oiseau ou démon! - hurlai-je en me redressan. - Rentre
dans la tempête, retourne au rivage de la nuit plutonienne;
ne laisse pas ici une seule plume noire comme souvenir
du mensonge que ton âme a proféré; laisse ma solitude
inviolée; quitte ce buste au-dessus de maporte; arrache
ton bec de mon coeur et précipite ton spectre loin de ma
porte!" Le corbeau dit: "Jamais plus!"
Et le corbeau, immuable, est toujours installé sur le buste
pâle de Pallas, juste au-dessus de la porte de ma chambre;
et ses yeux ont toute la semblance des yeux d'un démon
qui rêve; et la lumière de la lampe, en ruisselant sur lui,
projette son ombre sur le plancher; et mon âme, hors du
cercle de cette ombre qui gît flottante sur le plancher, ne
pourra plus s'élever, - jamais plus!
(hay otra de Mallarmé, pero mantengo un mínimo de autocontrol)
No había puesto todavía The Raven en el blog. Sabía que el día que lo hiciera iba a tener que poner como mínimo dos traducciones. Porque a mí, la que me gusta, es la de Pessoa. Será que la primera vez que lo leí era una terrible traducción en prosa y el pensamiento fue "y mi gran amor de infancia es recordado por esta puta mierda?". Luego fue cuando empecé a comprar Poes en inglés como si me fuera la vida en ello y ahora da nombre a mi blog. Pero recuerdo con terror aquella traducción.
La traducción española es del traductor mítico que no es Cortázar. Ingrato competir con Cortázar, pero no encontré (si es que la hay, que ya lo dudo) una traducción de El Cuervo. De cualquier forma, yo descubrí a Poe con la traducción que fuera la de Anaya, colección "tus libros". Que tenía nueve años, acababa de cambiarme de colegio y fue el primer libro que saqué de la biblioteca ya lo he contado muchas veces, verdad? Tengo varias antologías de Poe en español, pero ninguna es la de Anaya. Ni siquiera tengo los de Alianza, traducción de Cortázar (una compra pendiente de esas que uno va dejando), sino los que fui encontrando de segunda mano hace muchos años. Poe es de esos autores que he leído más en bibliotecas y suministrados por mi hermano. Y, cuando empecé a comprarlo en la Universidad, ya lo compraba en inglés.
Iba a poner uno de los grabados de Doré, pero nunca sé decidirme. Y ya hay uno en el título del blog. A cambio, dejo la primera lápida. Porque hay dos y el encapuchado va a la segunda. Cualquier día me voy a Baltimore, a recoger el testigo del encapuchado.
De momento, me conformo con tener un blog que se llame Once upon a midnight dreary y haber tenido tres fotologs con variantes sobre Annabel Lee. El verso del título, el que subtitula el blog. Uno de los que más me gustan.


