Oh ser un capitán de quince años viejo lobo marino las velas desplegadas las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo las huelgas de los cargadores las grúas paradas ante el cielo de zinc los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo en las aguas con sordo estampido el humo en los cafetines Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara los relatos de pulpos serpientes y ballenas de oro enterrado y de filibusteros Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar bajo los cocoteros
El cuadro se llama "Love's shadow" pero es la cara de mala hostia más grande que he visto en toda mi vida. Pasé siglos sin saber de quién era y un buen día descubrí que era de Frederick Sandys y que se llamaba así. Da igual, siempre será el cuadro de la mala hostia.
Yo llevo tres semanas (y media) cabreada conmigo misma por gilipollas. Mucho. Muchísimo. Infinitamente más de lo que pensé jamás que se pudiera enfadar alguien sin que le estallara la cabeza.
Estuve muy malita el fin de semana. Muy, muy malita. Ahora hace un rato que me he despertado, después de prácticamente sólo dormir las últimas cuarenta y ocho horas (dormir y encontrarme mal) y me encuentro mal, pero tengo ese malestar que impide dormir y que mezcla la lucidez (existencial, metafísica) con la náusea. Claro que no conozco lucidez existencial que no tenga que ver con la náusea, pero eso temo que no sea universal.
Además del hastío existencial tengo náuseas físicas. ¡Viva, viva! ¿Qué más? Que estar enferma es una especie de limbo cultural donde las películas son peores (o no se aprecian) y los libros se explican solos. Si tan sólo pudiera estar enferma y conservar las facultades mentales... Quedan los cuadros, pero afectan más. O, me temo, tampoco se aprecian. Mi sonofobia me impide escuchar música estando enferma.
Es bueno, en cierto modo. Las náuseas físicas son bastante mejores que las existenciales, creo que ahí estamos de acuerdo todos.
La alternativa a buscar a Panero de manicomio en manicomio (nunca recuerdo dónde está ahora: sólo sé que ya no es el de Mondragón) es conseguir un faro. Además, el faro presenta innúmeras ventajas, como lo innecesario del atrezzo. Hay altura, hay rocas, hay olas. Punto. Mientras, se trata de armarse de libros, películas, una buena conexión a internet (los museos, que ya quedan lejos ahora, quedan más lejos de los faros) y tirar el móvil la primera noche de tormenta. Sin tormenta queda menos emocionante.
Como prefiero sin duda la mitología artúrica a la judeo-cristiana y la vuelta del dux bellorum a la del hijo del carpintero, no puedo no pensar en el Asiento Peligroso (Siège Périlleux, si queremos ser pedantes) donde se sentará Galaaz (pero que antes freirá a unos cuantos caballeros) antes que en el Hilasterion. No sé vosotros.
Porque, además, todos sabemos que Arturo comparte piso en Avalon con Marilyn y con Elvis. El hippie del otro, en cambio, nadie tiene muy claro dónde vive. Seguro que en una casa okupada.
Aunque me temo que el señor Cave prefiere, como explicación al adulterio, la paloma y la virgen a la transformación física de Uther en Gorlois. Aunque, como Gorlois muere mientras Igerne cree que está con ella, la cosa tiene más glamour y culmina con una espada en una piedra.
Falso, culmina mucho después con otro adulterio (y muchísimo glamour: heridas que se abren, pinturas en casa de un hada y demás historias) y una batalla muy grande en los llanos de Salisbury. Pero si empiezo, me emociono.
Además (y ya paro), que cada año en Pentecostés haya una aventura distinta (y qué seguridad tenían que tener en que la habría, cuando no se sentaban a comer nunca hasta que aparecía -que el irreverente del autor de Jaufré les haga salir a buscarla, ya que no se presenta y tienen hambre, y que, encima, el responsable resulte ser un caballero que se transforma en bicho feo para putear al rey es otra cuestión-) tiene más emoción que que un año venga el Fantasma Sagrado ese (de verdad lo he visto traducido así y desde entonces no puedo llamarlo de otra forma) y te ponga fuego encima de la cabeza para aprender idiomas... Putos intelectuales! Que leyeran traducciones, como hacemos los demás...
Necesito dormir más por las noches.
A todo esto, la canción va de un condenado a muerte y la silla eléctrica.
It began when they come took me from my home And put me in Dead Row, Of which I am nearly wholly innocent, you know. And I'll say it again I..am..not..afraid..to..die. I began to warm and chill To objects and their fields, A ragged cup, a twisted mop The face of Jesus in my soup Those sinister dinner meals The meal trolley's wicked wheels A hooked bone rising from my food All things either good or ungood. And the mercy seat is waiting And I think my head is burning And in a way I'm yearning To be done with all this measuring of truth. An eye for an eye A tooth for a tooth And anyway I told the truth And I'm not afraid to die. Interpret signs and catalogue A blackened tooth, a scarlet fog. The walls are bad. Black. Bottom kind. They are sick breath at my hind They are sick breath at my hind They are sick breath at my hind They are sick breath gathering at my hind I hear stories from the chamber How Christ was born into a manger And like some ragged stranger Died upon the cross And might I say it seems so fitting in its way He was a carpenter by trade Or at least that's what I'm told Like my good hand I tatooed E.V.I.L. across it's brother's fist That filthy five! They did nothing to challenge or resist. In Heaven His throne is made of gold The ark of his Testament is stowed A throne from which I'm told All history does unfold. Down here it's made of wood and wire And my body is on fire And God is never far away. Into the mercy seat I climb My head is shaved, my head is wired And like a moth that tries To enter the bright eye I go shuffling out of life Just to hide in death awhile And anyway I never lied. My kill-hand is called E.V.I.L. Wears a wedding band that's G.O.O.D. `Tis a long-suffering shackle Collaring all that rebel blood. And the mercy seat is waiting And I think my head is burning And in a way I'm yearning To be done with all this measuring of truth. An eye for an eye And a tooth for a tooth And anyway I told the truth And I'm not afraid to die. And the mercy seat is burning And I think my head is glowing And in a way I'm hoping To be done with all this weighing up of truth. An eye for an eye And a tooth for a tooth And I've got nothing left to lose And I'm not afraid to die. And the mercy seat is glowing And I think my head is smoking And in a way I'm hoping To be done with all this looks of disbelief. An eye for an eye And a tooth for a tooth And anyway there was no proof Nor a motive why. And the mercy seat is smoking And I think my head is melting And in a way I'm helping To be done with all this twisted of the truth. A lie for a lie And a truth for a truth And I've got nothing left to lose And I'm not afraid to die. And the mercy seat is melting And I think my blood is boiling And in a way I'm spoiling All the fun with all this truth and consequence. An eye for an eye And a truth for a truth And anyway I told the truth And I'm not afraid to die. And the mercy seat is waiting And I think my head is burning And in a way I'm yearning To be done with all this measuring of proof. A life for a life And a truth for a truth And anyway there was no proof But I'm not afraid to tell a lie. And the mercy seat is waiting And I think my head is burning And in a way I'm yearning To be done with all this measuring of truth. An eye for an eye And a truth for a truth And anyway I told the truth But I'm afraid I told a lie.
Por outro lado, estou hoje um pouco cansada e é sobre o prazer do cansaço dolorido que vou falar. Todo prazer intenso toca no limiar da dor. Isso é bom. O sono, quando vem, é como um leve desmaio, um desmaio de amor. Morrer deve ser assim: por algum motivo estar-se tão cansado que só o sono da morte compensa. Morrer às vezes parece um egoísmo. Mas quem morre às vezes precisa muito. Será que morrer é o último prazer terreno?
Clarice Lispector
Acabo de colher no blog daElaineeste texto. Adoro Clarice Lispector desde o dia, estava em segundo de carreira e começava a estudar de forma oficial português, no que a leitura para a parte do Márcio, o leitor brasileiro, foiA hora da estrela. Logo chegaram outros, como sempre. GH comendo a barata como catarse (uma catarse à que nem eu chegaria) um dia de sol no quarto que ela esperaria ter que arrumar, mas que estava terrivelmente limpo e iluminado. Perto do coraçao selvagemque é algo assim como uma ucrónica ficcionalizaçao da minha vida. E contos. Dos contos, eu já postara "Amor", do que podemos dizer que a catarse é totalmente minha. Minha e da Anna Karenina vendo o homen a golpear na via do comboio no filme (nao lembro agora se no romance). O tipo de catarse que eu vivo no dia a dia e que, nesta altura, está a me desgarrar tanto.
Outros desgarros, os que vêm objectivamente de fora, eu posso combatir. Mas as catarses que vêm de dentro, as que estão motivadas por pequenas coisas, autocarros que mudam de número comigo dentro, canções, poemas, livros, filmes... que falam de mim num trecho (num trecho ao que nunca prestara importância), essas são as que eu não posso superar. As que fazem para que eu comparta (por mais do cansaço) a ideia geral do texto.
O mundo cae em pedaços ao meu redor e eu tenho que sorrir e dizer que não passa nada. Porque, em realidade, não passa. É tudo dentro da minha cabeça.
Mas eu reconheço que sim, que eu exprimo o cansaço como outros exprimem drogas.
Ultimamente o cansaço de viver está mais presente que antes. Mas eu sobrevivo. Com mais dificuldade que nunca, mas sobrevivo. Como quando eu nao posso mais de cansaço físico mas tardo horas em marchar para a cama. Exactamente igual.
E isso é muito mau para a minha saude.
Mas a minha saude, também, é que está na minha cabeça.
(y no olvidemos que el glamour es lo relativo a las hadas*)
Del glamour, de la ciclotimia y del frikismo. Por este orden. O por el inverso, más bien.
Van a dar las dos de la mañana y en cinco horas suena el despertador (ay!!). Acabo de llegar y la vida empieza a ir mejor. O eso parece.
Empezó a ir mejor a las nueve de la noche, cuando entré en un Gadis a comprar un zumo y algo más para cenar en casa de María y vi un montón de películas a cinco euros. Entre la mierda de rigor (mucha), me vendieron tres trozos de infancia. Sí. A cinco euros (4'90) cada uno. La novia de Frankenstein, Frankenstein y el Hombre Lobo y La mansión de Frankenstein; las delicias de quien ha crecido viendo Alucine los viernes por la noche en la 2. Y no olvidemos que Alucine empezó poniendo la Universal y, cuando se les terminó, pusieron la Hammer. Tres películas de terror de infancia. Tres! Y de la Universal...
Pero seguimos. A eso de las once y media se nos fue la pelotita y decidimos ir a tomar una cerveza. Además, teníamos boletos para el sorteo de un fin de semana en un balneario por el primer aniversario de La Taquilla como tal. No, no nos tocó, porque no fuimos. Estaba lleno y es jueves por la noche. Como que no. Pero fuimos (ya es tradición) a encontrarnos el Rock-a-Hula cerrado y fumarnos un cigarro fuera, maldiciendo nuestra suerte. Y no es que estuviera abierto, pero en el bar había luz y nosotras tenemos glamour. Y nos dejaron entrar. Nos dejaron entrar, nos invitaron a dos cervezas, nos contaron de las reformas (y más cosas) y Lou me trajo a casa. Ahora mismito.
El Hula sigue cerrado (aunque el plan es abrir mañana), pero nosotras allí estábamos, acodadas entre herramientas en la barra, con Lou y Juan, el habitual más habitual (o esa impresión me da a mí, que lo veo siempre que voy), hablando de un factible ciclo de cine de terror (sí!!!) y otros de más cosas, ahora que hay tele y DVD.
Creo que el mundo ha dejado de derrumbarse a mi alrededor. Al menos esta semana.
Y la semana que viene, tenemos el coloquio en el Piñeiro, así que no tendré mucho tiempo para que se derrumbe.
Además, los carteles nuevos tienen foto de disco de Crazy Cavan (que no he encontrado a un tamaño razonable para poner aquí) y Lou dijo que iba a intentar traerlos (!).
Queda Wildest cat on town. Que va a ser que no es la señorita Edgar Allan, también conocida como Folerpa.
Y, ya que estamos, la última foto que le saqué a Folerpa, ya crecida y sin mí detrás. Nuevamente con la cámara del ordenador. Más guapa, ella!
Y para quien que no crea en su crecimiento, otra de la misma noche que la primera. Lo de detrás, con un ojo tapado y cara de "no quiero salir, no quiero salir, no quiero salir!" soy yo, otra vez. La gata brilla porque no había luz en el salón por aquella época. Por eso hay, también, sombras inquietantes de las plantas en la pared. Y yo no tengo glamour porque estoy en pijama, que si no...
* y no olvidemos tampoco el origen medieval de las hadas, que tiene poco que ver con las amigas de Peter Pan en los jardines de Kengsinton... un hada medieval era básicamente una femme fatale. Viviana, la que encierra a Merlín en la torre de aire o en la cueva, según la versión, tras haberle sacado todos sus conocimientos; Morgana, la hermana de Arturo; Laudine, la mujer de Yvain. Y tantas otras...
Y no, para ser hada no hacía falta ser chica de portada de revista. Eran las únicas doncellas que no eran necesariamente o terriblemente guapas o espantosamente feas (y malvadas) en la narrativa artúrica. Otro punto para ellas.
Siempre quise ser Viviana y aprender todo de Merlín y encerrarlo en la torre de aire, en la versión con visitas y demás. Siempre quise un Merlín. Quién quiere un silfo pudiendo liarse con Merlín?
Bien! El TIT se acerca: hoy lo he matriculado y ya pongo notas al pie en las entradas del blog...
Y yo salgo de mi crisis siendo dispersa, como siempre. Tampoco es una mala señal.
"Ayer me crucé con una pareja, marido y mujer, en mi paseo vespertino. La reconocí al instante. No hace tantos años que bailaba con ella en las fiestas, y no he olvidado que cada vez que la veía me daba de regalo una noche de insomnio. Pero ella no lo sabía. No era una mujer. Era una muchacha. Era un sueño viviente: el masculino sueño de una mujer.
Ahora pasa por las calles del brazo del marido. Vestida con trajes más caros que los de entonces, pero más vulgar, más burguesa. Algo apagado y gastado en la mirada, pero a la vez una satisfecha expresión matronil, como si llevara y presentara en su propio estómago una bandeja de plata.
No, no lo comprendo. ¿Por qué tiene que ser así, por qué tiene que ocurrir siempre así? ¿Por qué el amor tiene que ser un gnomo de oro maligno, que a la mañana siguiente se transforma en flores marchitas, o en porquería, o en borracheras de cerveza? De la nostalgia humana por el amor ha brotado al fin y al cabo toda la parte de la cultura humana que no se orienta a calmar el hambre o a luchar contra los enemigos. El sentimiento de la belleza no mana de otra fuente. Todo el arte, toda la poesía, toda la música han bebido de ella. (...) Todo lo que pretende gustar y embellecer, tanto si lo logra como si no, viene de allí, aunque sea por caminos muy largos y tortuosos. Y esto no es un desvarío nocturno mío, sino que se ha demostrado cien veces.
Pero aquella fuente no se llama amor, se llama sueño del amor."
Hjalmar Söderberg, Doctor Glas
El viernes yo estaba esperando el bus, sentada en el portal de una carnicería donde a veces he comprado agua, o chocolate, o manzanas y releyendo el Doctor Glas de Söderberg. Acababa de leer lo de "no se llama amor, se llama sueño del amor" y levanté la vista para digerirlo. En ese momento, llegó una chica de mi edad (más o menos) y una niña de unos tres años. Puede que menos. La madre le decía que la carnicería estaba cerrada y yo le dije "hola". Ya era suficientemente fuerte el contraste entre lectura y situación sin que la niña viniera corriendo a darme un abrazo, pero lo hizo. Luego se asomó a la reja de la carnicería y llegó su bus. Quería una gominola de corazón, me dijo su madre. Daba igual: le había dado una piruleta y la niña no parecía caprichosa. Yo seguí en estado de shock y la niña se giró antes de subir al bus para decirme adiós.
Y seguí leyendo.
Eso es lo que pasa cuando uno dice necesitar una catarsis. Que el mundo se vuelve catártico a tu alrededor. Y eso no siempre es bueno. Generalmente es malo. Una catarsis está bien, pero varias desconciertan.
Hubo más. El viernes fue un día catártico y revelador. Inquietante en muchos aspectos. Demasiado largo para contarlo, así sea en dos posts. O en tres. O en trescientos.
Hace un par de semanas, justo antes de que bajáramos media botella de Cointreau por la cara bonita y no pertenecer al canon actual, Lou nos preguntó a la otra María y a mí de qué hablábamos. Y se autorrespondió "de cine, de libros y de tíos, seguro". Y sí. Y por ese orden. Ese día veníamos de ver una obra de teatro basada en textos de Pessoa (que fue mejor, todavía, de lo que pintaba) por cortesía de mi profesor de Historia e Cultura Portuguesas (quien, por cierto, me puso un 7 por simpática; porque, por estudiar, no fue), yo empezaba las vacaciones y había dormido una hora. Claro, Cointreau mediante, salimos de allí a las seis y más de la mañana. También le dijimos que un día habíamos ido las dos allí a emborracharnos fuertemientre (como el principio del Cid) y estaba cerrado. Y que era una lástima porque era probable que acabáramos bailando desnudas encima de la barra o algo así. Creo que fue entonces cuando trajo el Cointreau, pero es posible que lo hubiera hecho antes. Ya nos habíamos tomado un par de cervezas y la conversación fue por ese orden pero terminó (como siempre) mezclando tíos con libros y películas. Y explicar la realidad mediante la ficción altera los ánimos.
Hoy no ha sido mi primer día de vacaciones, sino mi segundo día de trabajo. Y no ha habido obra de teatro basada en los heterónimos de Pessoa. Pero vengo de casa de María. De hablar de cine, de libros y de tíos. Aleatoriamente. Mucho de las tres cosas. Y con los ánimos alterados, claro. Aunque sin alcohol (nada es perfecto).
Antes me compré dos pósters porque soy así de consumista, a veces. Freaks y La naranja mecánica, la imagen del túnel. Y mañana vuelvo, a por El gabinete del doctor Caligari. Aprovechando que a mi señor progenitor le ha dado por pagarme la matrícula. Y que he encontrado un hueco con el que no contaba.
No sé si lo he dicho ya, pero La naranja es mi película favorita. No desde la infancia (en mi casa había una férrea censura: tampoco sé si he contado que soy hija de militar), pero sí desde la adolescencia. Aquella cinta grabada de otra cinta grabada del Canal + que me dejó Javi en su día. ¡Todo lo que debo a Javi en aquellos años de mi vida, joder! Y en los que vinieron después...
Así que estos son mis dos pósters nuevos:
Y van dos videos, uno de cada peli. El I'm singing in the rain y la fiesta después de la boda (es tarde y había demasiados, me saturé)
De esta manera supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era apenas más grande que una casa. Esto no podía asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre, existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos aun con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, "el asteroide 3251". Tengo poderosas razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el telescopio en 1909, por un astrónomo turco. Este astrónomo hizo una gran demostración de su descubrimiento en un congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera de vestir. Las personas mayores son sí. Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, el vestido a la europea. Entonces el astrónomo volvió a dar cuenta de su descubrimiento en 1920 y como lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración. Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!" De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así. No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores. Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir: "Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real. Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera. Siento tanta pena al contar estos recuerdos. Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de no olvidarlo. Es muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo llegar a ser como las personas mayores, que sólo se interesan por las cifras. Para evitar esto he comprado una caja de lápices de colores. ¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho otra tentativa que la de una boa abierta y una boa cerrada a la edad de seis años! Ciertamente que yo trataré de hacer retratos lo más parecido posibles, pero no estoy muy seguro de lograrlo. Uno saldrá bien y otro no tiene parecido alguno. En las proporciones me equivoco también un poco. Aquí el principito es demasiado grande y allá es demasiado pequeño. Dudo también sobre el color de su traje. Titubeo sobre esto y lo otro y unas veces sale bien y otras mal. Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles muy importantes. Pero habrá que perdonármelo ya que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que yo sea un poco como las personas mayores. He debido envejecer.
Antoine de Saint-Exupéry, El Principito
Estos exámenes están marcados por una de las crisis existenciales más exageradas de mi vida (completada con lo que Nadna muy oportunamente, en un mail que no he podido contestarle llamó "crisis examinal") y por el Principito. Prefiero lo segundo, sin duda. El día anterior a mi otro examen, comencé a pensar mucho en él y, al salir, fui hasta A palavra perduda, librería que me gusta mucho y queda al lado de la facultad, en busca de un Principito en portugués. Tenía la pulsión irrefrenable de releerlo y en francés, en gallego y en español ya lo tengo. No tenían. Ni en inglés. Ni en catalán, que lo tuvieron. Así que me volví a casa con el rabo entre las piernas y sin Principito. Por supuesto, siempre nos quedará internet y lo releí por enésima vez en la vida y tercera o cuarta este año. Pero no es lo mismo que acariciar un libro y yo necesitaba acariciar.
Y hoy me he levantado con la pulsión de comprarme (pulsión consumista, sí, pero hacía tiempo que la quería) la camiseta de El Republicanito, de las que hace Moucho Marx (un moucho es un búho). Tenía Bettynha y la de Chocolate con churros, que me gustan mucho. Ahora tengo El Republicanito. Y El Republicanito y yo vamos a aprobar el examen mañana.
Mirad cómo mola mi Republicanito:
Gracias a todos los que pasaron hoy. No tuve tiempo de contestar aquí ni el fotolog. Pero lo haré antes de las vacaciones que empiezan, por fin, el viernes.
Dejo este capítulo y no otro porque mi examen contiene datos, estadísticas y todas esas cosas que emocionan a las personas mayores. A mí, no. A mí me gusta que los poemas digan cosas que no parecen estar allí a simple vista. No por nada tengo B612 (y Nunca Jamás) como lugar de procedencia.
Mi tendencia melodramática alcanza niveles de paroxismo. Mi ciclotimia también. Mis eternos retornos dan miedo. Y, de camino a casa (cabizbaja, compungida y a la espera de revelaciones), vine recitando mentalmente el archiconocido poema de Vallejo. Mi edición de Vallejo, como todo, en Ferrol.
PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA
Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París -y no me corro- tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos...
ni espíritus ni mundo de espíritus, nada de eso, nada de eso, hay simplemente un estado escondido y oculto,
un desplazamiento o partir invisible de los cuerpos humanos cuyo estado anatómico externo, orgánico externo es el único estado reconocible, valorable, de todos los cuerpos.
Esta partida o desplazarse invisible de los cuerpos humanos es un estado en el que no se permanece, en el que no se puede permanecer,
porque es el vacío y la nada y habitar en él es PERMANECER MUERTO en lugar de querer estar vivo, de buscar PERMANECER VIVO, para ganar la vida eterna, y este estado en el que no se puede permanecer porque es el vacío y la nada, el vacío de la nada, es un estado en el que hay que evitar, hay que vencer la tentación de hacerse cuerpo, de dar vida al cuerpo porque es la d (...) pero es cierto también que a través de aquel dominio pasa todo lo que hay de valorable en un cuerpo y que no es el estado pútrido o fluido, que no es un estado químico o físico, que no es tampoco el estado al-químico de los CUERPOS, no es un estado sensible y es peligroso y mortal quedarse allí, no es un estado insensible y nada más que eso, no es un estado imperceptible y nada más que eso, y no es un estado que pueda percibirse pero es el estado perceptivo, y no es el estado de no percepción, el estado repulsivo, no es un estado, es una voluntad de vacío, una voluntad que crea el vacío en torno a ella, y que se corresponde con aquello a lo que se llama el polvo de la eterna resurrección, es el estado en el que es preciso no dejarse FIJAR y no el cual pero a través del cual yo fijo los dominios de conciencia que yo quiero destruir y eliminar porque no hay y no debe haber allí conciencia, no es un estado en suma sino un cuerpo, una eliminación de todo cuerpo, el grado eliminativo (mierda) el terrible paso por el fuego verde y negro que no debe mostrarse pero a través del cual se reposa,
y el vacío y lo pleno.
P.S.:Es un agujero que no debe ser dejado vacío y por medio del cual, con la ayuda del cual se reposa de los cuerpos de más en más terribles y evidentes de lo pleno Es el grado del vestido definitivo que permanece invisible solamente cuando se lo mira. ¿Se podrá quizá mirarlo?
Es el estado de perfección y esa perfección es ser uno mismo, la perfección del dolor absoluto donde se está solo pero solo CONSIGO MISMO solo como en sí mismo.
Cuando murió la señorita Emily Grierson, todo nuestro pueblo fue a su funeral: los hombres por una especie de respetuoso afecto hacia un monumento caído, las mujeres sobre todo por la curiosidad de ver el interior de su casa, que nadie, excepto un viejo criado —mezcla de jardinero y cocinero— había visto, por lo menos, en los últimos diez años.
Era una casa de madera, grande, más bien cuadrada, que alguna vez había sido blanca; estaba decorada con cúpulas, agujas y balcones con volutas, según el airoso y pesado estilo de los setenta. Se ubicaba en la que antiguamente fue nuestra mejor calle, después invadida por talleres y limpiadoras de algodón que se inmiscuyeron e hicieron caer en el olvido incluso los apellidos más ilustres de ese vecindario. Sólo la casa de la señorita Emily seguía alzando su obstinada y coquetona decadencia por encima de los camiones de algodón y las bombas de gasolina —un adefesio entre adefesios. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los que otrora portaran aquellos ilustres apellidos en el lánguido cementerio de cedros, donde yacían entre las tumbas, ordenadas en filas y anónimas, de los soldados de la Unión y la Confederación que cayeron en la batalla de Jefferson.
En vida, la señorita Emily había sido una tradición, una preocupación y un deber; algo así como una obligación hereditaria que recayó sobre el pueblo desde aquel día de 1894 en que el coronel Sartoris, el alcalde —quien creó el decreto por el cual ninguna mujer negra podría salir a la calle sin un delantal— le condonó el pago de impuestos desde la muerte de su padre y a perpetuidad. No era que la señorita Emily hubiera aceptado una obra de caridad. El coronel Sartoris inventó una complicada historia según la cual el padre de ella había prestado dinero al pueblo, dinero que la comunidad, por cuestiones financieras, prefería pagarle de esta manera. Sólo un hombre de la generación y con la mentalidad del coronel Sartoris podría haber inventado algo así, y sólo una mujer podría haberlo creído.
Este acuerdo generó cierto descontento cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, llegó a la alcaldía y al Consejo. El primer día del año le enviaron por correo una notificación del pago de impuestos. Llegó febrero y aún no había respuesta. Le escribieron un oficio para pedirle que se presentara en la oficina del alguacil en cuanto le fuera posible. Una semana después, el alcalde mismo le escribió, ofreciéndose a visitarla o enviarle su coche y recibió como respuesta una nota escrita en un papel de apariencia anticuada, con caligrafía fina y fluida y tinta desvanecida, en la que la señorita Emily le decía que ya no salía nunca. También incluía la notificación del pago de impuestos, sin comentario alguno.
Convocaron a una junta especial de concejales. Una delegación fue a buscarla y tocó la puerta por la que ningún visitante había pasado desde que ella dejó de dar clases de pintura en porcelana ocho o diez años antes. El viejo negro los guió hacia un oscuro vestíbulo, desde donde ascendía una escalera que se adentraba en una oscuridad todavía más profunda. Olía a polvo y desuso —un olor a encierro, a humedad. El negro los condujo a la sala, donde había pesados muebles de piel. Cuando él abrió las persianas de una ventana, pudieron ver las grietas en la piel de los muebles y al sentarse, un ligero polvillo se elevó perezosamente alrededor de sus muslos, girando con lentas motas a la luz del único rayo de sol. En un caballete dorado deslustrado que se encontraba frente a la chimenea, se erigía un retrato al carbón del padre de la señorita Emily.
Se levantaron cuando ella entró —una mujer pequeña y gorda, vestida de negro, con una delgada cadena de oro que descendía hasta su cintura y desaparecía en su cinturón. Se apoyaba en un bastón de ébano con cabeza de oro deslustrado. Su esqueleto era pequeño y enjuto; quizás por eso lo que en otra persona hubiera sido simple gordura, en ella era obesidad. Se veía hinchada y con el mismo color pálido que un cuerpo sumergido por mucho tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las protuberancias que formaban los pliegues de su cara, parecían dos pequeños carbones presionados en un bulto de masa que se movían de una cara a otra mientras los visitantes explicaban el motivo de su visita.
Ella no los invitó a sentarse. Solamente se paró bajo el marco de la puerta y escuchó en silencio hasta que el hombre titubeó y se detuvo. Entonces ellos pudieron escuchar el tictac del invisible reloj que colgaba de la cadena de oro.
Su voz era seca y fría. “Yo no tengo que pagar im puestos en Jefferson. El coronel Sartoris me lo explicó. Quizás alguno de ustedes pueda tener acceso a los registros de la ciudad y comprobarlo por sí mismo.”
“Ya lo hicimos. Somos las autoridades de la ciudad, señorita Emily. ¿No recibió una notificación del alguacil, firmada por él mismo?” “Sí, recibí un papel —dijo la señorita Emily—. Quizás él se cree el alguacil… Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.” “Pero, verá usted, no hay ningún registro que lo demuestre. Debemos seguir…” “Vean al coronel Sartoris. Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.” “Pero, señorita Emily…” “Vean al coronel Sartoris. (El coronel Sartoris había muerto hacía casi diez años.) Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. ¡Tobe! —el negro apareció—. Muéstrale a los caballeros dónde está la salida.”
2.
Así que los venció, por completo, tal y como había vencido a sus antepasados treinta años atrás en relación con el olor. Eso fue dos años después de la muerte del padre de la señorita Emily y poco después de que su enamorado —el que todos creíamos que la desposaría— la abandonara. Después de la muerte de su padre ella salía muy poco; después de que su novio se fue, ya no se le veía en la calle en lo absoluto. Algunas damas tuvieron la osadía de buscarla pero no las recibió, y la única señal de vida en el lugar era el negro —joven entonces— que salía y entraba con la canasta del mercado.
“Como si un hombre —cualquier hombre— pudiera llevar una cocina adecuadamente”, decían las damas. Así que no se sorprendieron cuando surgió el olor. Fue otro vínculo entre el mundo ordinario, terrenal, y los encumbrados y poderosos Grierson.
Una vecina se quejó con el alcalde, el juez Stevens, de ochenta años de edad.
“¿Pero qué quiere que haga al respecto, señora?”, dijo. “Bueno, mande a alguien a decirle que lo detenga —dijo la mujer—. ¿Acaso no hay leyes?” “Estoy seguro de que no será necesario —dijo el juez Stevens—. Probablemente sea solamente que su negro mató una víbora o una rata en el jardín. Habla ré con él al respecto.”
Al día siguiente recibió dos quejas más, una de ellas de un hombre que le dijo con tímida desaprobación: “De verdad debemos hacer algo al respecto, juez. Yo sería el último en molestar a la señorita Emily, pero debemos hacer algo.” Esa noche el Consejo se reunió —tres hombres con barbas grises y un hombre más joven, miembro de la nueva generación.
“Es simple —dijo este último—. Enviémosle un aviso para que limpie su propiedad. Le damos un plazo para hacerlo y si no lo hace…” “Por Dios —dijo el juez Stevens—, ¿acusaría a una dama de oler mal en su propia cara?”
Así que la noche siguiente, después de media noche, cuatro hombres cruzaron el jardín de la señorita Emily y se escabulleron en la casa como ladrones, husmeando a lo largo del basamento de ladrillo y los huecos del sótano mientras uno de ellos hacía un movimiento regular con el brazo, como de sembrador, sacando algo de un saco que colgaba de su hombro. Rompieron la puerta del sótano y espolvorearon cal ahí y en todo el exterior de la casa. Cuando cruzaron de nuevo el jardín, una ventana que había estado apagada estaba ahora iluminada y se podía ver a la señorita Emily sentada, con la luz detrás de ella y la parte superior de su torso inmóvil como la de un ídolo. Se deslizaron silenciosamente a través del césped hacia la sombra de las acacias que bordeaban la calle. Después de una semana o dos el olor desapareció.
Eso fue cuando la gente ya había comenzado a sentir verdadera pena por ella. El pueblo recordaba cómo la anciana Wyatt, su tía abuela, se había vuelto completamente loca y creía que los Grierson se sentían más importantes de lo que realmente eran. Ningún joven era lo suficientemente bueno para la señorita Emily y su familia. Habíamos pensado durante mucho tiempo en ellos como si fueran un cuadro, la delgada figura de la señorita Emily en el fondo y la figura de su padre al frente, con la espalda vuelta hacia ella y sujetando un látigo, ambos enmarcados por la puerta principal abierta. Así que cuando ella cumplió treinta años y aún era soltera, no fuimos precisamente complacidos, sino vengados; incluso con la locura de su familia, ella no hubiera rechazado todas sus oportunidades si éstas se hubieran materializado de verdad.
Cuando su padre murió, se rumoraba que la casa fue todo lo que le dejó, y de alguna forma, la gente estaba contenta por ello. Finalmente podrían compadecerse de la señorita Emily. Al quedar sola y pobre, se había humanizado. Ahora también ella sabría lo que eran la desesperación y el temor de tener un centavo de más o de menos.
El día siguiente a la muerte de su padre, todas las damas se prepararon para ir a su casa y ofrecer sus condolencias y ayuda, como es nuestra costumbre. La señorita Emily las encontró en la puerta, vestida como siempre y sin señal alguna de aflicción en el rostro. Les dijo que su padre no estaba muerto. Lo hizo durante tres días, con todo y que los ministros y los doctores la buscaban tratando de persuadirla para deshacerse del cuerpo. Justo cuando iban a recurrir a la ley y la fuerza, ella tuvo una crisis y ellos enterraron a su padre rápidamente.
Entonces no decíamos que estaba loca. Creíamos que tenía que hacer lo que hizo. Recordábamos a todos los jóvenes que su padre había ahuyentado y sabíamos que, ahora que nada le quedaba, tendría que aferrarse a quien la había robado, como cualquiera en su lugar lo haría.
3.
Estuvo enferma durante mucho tiempo y cuando volvimos a verla, se había cortado el cabello, lo que la hacía parecer una niña, con un ligero parecido a esos ángeles de los vitrales de las iglesias —entre trágicos y serenos.
El pueblo acababa de aceptar los contratos para pavimentar las aceras y las obras comenzaron en el verano que siguió a la muerte de su padre. La compañía de construcción llegó con negros y mulas, maquinaria y un capataz llamado Homer Barron, yanki —un hombre grande, de piel oscura, vivaz, con una voz fuerte y ojos más claros que su rostro. Los niños lo seguían en grupos para escucharlo maldecir a los negros y a éstos cantar al compás con que subían y bajaban los picos. Muy pronto Homer Barron conocía ya a todo el pueblo. Siempre que se escuchaban risas en algún lugar de la plaza, él estaba en el centro del grupo. Poco tiempo después comenzamos a verlo con la señorita Emily las tardes de domingo, conduciendo su coche con ruedas amarillas y el par de caballos bayos de la caballeriza.
Al principio nos dio gusto que la señorita Emily estuviera interesada en alguien, porque todas las damas decían: “Por supuesto, una Grierson no tomaría en serio a un obrero del norte.” Pero otros, mayores, afirmaban que ni siquiera la aflicción podría hacer que una verdadera dama olvidara la noblesse oblige —sin llamarla exactamente noblesse oblige. Solamente decían: “Pobre Emily. Su familia debería visitarla.” Ella tenía algunos parientes en Alabama; pero años atrás su padre se había peleado con ellos por la herencia de la anciana Wyatt, la loca, y ya no había comunicación entre las dos familias. Ni siquiera habían enviado a alguien en su representación al funeral.
Y tan pronto como los ancianos dijeron “Pobre Emily”, los rumores comenzaron. “¿Crees que sea cierto? —se decían entre ellos—. Por supuesto que sí. ¿Qué más podría…?” Lo decían a sus espaldas; y el susurro de la seda y el raso detrás de las persianas cerradas bajo el sol de la tarde de domingo conforme sonaba el rápido clop-clop-clop de los caballos: “Pobre Emily.”
Ella llevaba la frente muy en alto —incluso cuando creíamos que había caído. Era como si demandara más que nunca el reconocimiento de su dignidad como la última Grierson; como si ese toque de desenfado reafirmara su impenetrabilidad. Como cuando compró el veneno para ratas, el arsénico. Eso sucedió un año después de que comenzaran a decir “Pobre Emily”, du rante la visita de sus dos primas.
“Quiero un veneno”, dijo al droguero. Entonces ya rebasaba los treinta, era aún una mujer delgada, aunque más delgada de lo normal, con ojos negros, fríos y arrogantes, en una cara con la piel estirada sobre las sienes y alrededor de los ojos, como uno imaginaría que debe verse la cara de un guardafaros. “Quiero un veneno”, dijo.
“Sí, señorita Emily. ¿De qué tipo? ¿Para ratas y cosas por el estilo? Le recomiendo…” “Quiero el mejor que tenga. No me importa de qué tipo sea.”
El droguero mencionó varios. “Matarían hasta a un elefante. Pero lo que quiere es…”
“Arsénico —dijo la señorita Emily—. ¿Ése es bueno?” “¿Arsénico?… Sí, señora. Pero lo que usted quiere…” “Quiero arsénico.”
El droguero bajó la mirada. Ella lo miró, muy erguida, con el rostro como una bandera tirante. “Bueno, por supuesto —dijo el droguero—. Si eso es lo que desea. Pero la ley exige que diga para qué va a usarlo.”
La señorita Emily sólo lo miró, con la cabeza inclinada hacia atrás para verlo a los ojos, hasta que él desvió la mirada, fue por el arsénico y lo envolvió. El repartidor, un niño negro, le llevó el paquete; el droguero no volvió. Cuando ella abrió el paquete en su casa, estaba escrito sobre la caja, debajo del símbolo de la calavera y los huesos cruzados: “Para ratas.”
4.
Así que al día siguiente todos dijimos “Va a suicidarse”; y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando se le había comenzado a ver con Homer Barron, habíamos dicho “Se casará con él”. Luego dijimos “Todavía puede convencerlo”, porque el mismo Homer había puntualizado que él no era para casarse, le gustaba alternar con hombres y se sabía que bebía con los jóvenes en el Club de Elk. Después dijimos “Pobre Emily” detrás de las persianas, cuando pasaban por la tarde de domingo en el brillante coche, la señorita Emily con la frente en alto y Homer Barron con el sombrero ladeado y un puro entre los dientes, tomando las riendas y el látigo entre sus guantes amarillos.
Luego algunas damas comenzaron a decir que era una desgracia para el pueblo y un mal ejemplo para los jóvenes. Los hombres no querían intervenir, pero finalmente las damas forzaron al pastor de la iglesia bautista —la familia de la señorita Emily pertenecía a la iglesia episcopal— a que hablara con ella. Él nunca habría de decir qué pasó durante la entrevista, pero se negó a regresar. Al domingo siguiente ellos pasaron de nuevo por las calles y el lunes la esposa del ministro le escribió a los parientes de la señorita Emily en Alabama.
De modo que de nuevo tenía parientes bajo su techo y nosotros esperamos para ver los acontecimientos. Al principio no sucedió nada. Luego estábamos seguros de que se casarían. Nos enteramos de que la señorita Emily había ido con el joyero y le había pedido un juego de tocador de plata para hombre, con las letras H.B. grabadas en cada pieza. Dos días después nos enteramos de que había comprado un juego completo de ropa de hombre, incluyendo un camisón para dormir. Entonces dijimos “Están casados”. De verdad estábamos contentos. Lo estábamos porque las dos primas eran aún más Grierson de lo que la señorita Emily había sido.
De modo que no nos sorprendió que Homer Barron se fuera —las obras en las calles habían terminado desde hacía algún tiempo. Nos desilusionó un poco que no hubiera una despedida pública, pero creíamos que él se había ido para preparar la llegada de la señorita Emily, o para darle la oportunidad de deshacerse de sus primas. (Para entonces ya era una conspiración y todos éramos aliados de la señorita Emily para ayudar a ahuyentar a las primas.) Efectivamente, después de una semana partieron. Y, como todos esperábamos, tres días después Homer Barron volvió al pueblo. Una vecina vio al negro recibiéndolo por la puerta de la cocina en la penumbra una noche.
Ésa fue la última vez que vimos a Homer Barron. También a la señorita Emily, por algún tiempo. El negro entraba y salía con la canasta del mercado, pero la puerta principal seguía cerrada. De vez en cuando la veíamos en la ventana por un momento, como cuando la vieron los hombres que esparcieron la cal, pero durante casi seis meses ella no se apareció en la calle. Entonces supimos que también esto era de esperarse; como si la personalidad de su padre, que había frustrado su vida de mujer tantas veces, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa como para morir.
Cuando volvimos a verla, había engordado y su cabello se estaba volviendo gris. Con los años se tornó gradualmente más gris hasta que llegó a ser de un gris acerado, entrecano parejo, y así permaneció. El día de su muerte a los setenta y cuatro años seguía siendo el mismo brioso gris acerado, como el cabello de un hombre activo.
A partir de entonces la puesta principal de su casa permaneció cerrada, excepto por un periodo de seis o siete años, cuando ella tenía alrededor de cuarenta años, durante el cual dio clases de pintura en porcelana. Acondicionó una de las habitaciones a manera de estudio en la planta baja y allí le enviaban a las hijas y nietas de los coetáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y el mismo espíritu con que las mandaban a la iglesia los domingos, con una moneda de veinticinco centavos para la canastilla de la limosna. Para entonces ya le habían condonado el pago de impuestos.
Entonces la nueva generación se volvió la columna vertebral y el alma del pueblo, las alumnas de pintura crecieron, se fueron y no enviaron a sus hijas con cajas de colores y tediosos pinceles e imágenes recortadas de las revistas para damas a la casa de la señorita Emily. La puerta principal se cerró por última vez detrás de la última alumna y permaneció cerrada para siempre. Cuando el pueblo tuvo correo gratuito, únicamente la señorita Emily se negó a dejarlos poner los números metálicos sobre su puerta y a instalar un buzón. Ella no los escuchaba.
Día con día, mes con mes, año con año, vimos al negro encanecer y encorvarse, entrando y saliendo con la canasta del mercado. Cada diciembre enviábamos a la señorita Emily una notificación para que pagara sus impuestos, notificación que regresaría por correo una semana después, sin haber sido abierta. De vez en cuando la veíamos en una de las ventanas de la planta baja —evidentemente, había cerrado el piso superior de la casa— como el torso tallado de un ídolo en un nicho, sin que supiéramos si nos veía o no. Así siguió de generación en generación —cercana, ineludible, impenetrable, impasible y perversa.
Y así murió. Se enfermó en la casa llena de polvo y de sombras, con sólo el negro senil para atenderla. Ni siquiera nos enteramos de que estaba enferma; hacía mucho que habíamos dejado de intentar obtener información del negro. Él no hablaba con nadie, quizás ni siquiera con ella, ya que su voz se había vuelto áspera y oxidada, como por el desuso.
Ella murió en una habitación de la planta baja, en una pesada cama de nogal con cortina, su cabeza gris apoyada en una almohada amarillenta y mohosa por el tiempo y la falta de luz del sol.
5.
El negro recibió a las damas en la puerta principal, con sus cuchicheos silbantes y sus miradas furtivas y curiosas, y luego desapareció. Atravesó la casa, salió por la parte trasera y nadie volvió a verlo.
Las dos primas vinieron en seguida. Ellas organizaron el funeral al segundo día y recibieron al pueblo que venía a ver a la señorita Emily bajo un ramo de flores compradas, con la cara al carbón de su padre meditando profundamente por encima del ataúd, las damas repugnantes susurrando y los muy ancianos —algunos con sus uniformes de la Confederación recién cepillados— en el porche y el césped, hablando de la señorita Emily como si hubiera sido contemporánea suya, creyendo que habían bailado con ella y que quizás hasta la habían cortejado, confundiendo el tiempo y su progresión matemática, como le pasa a los ancianos, para quienes el pasado no es un camino que se estrecha, sino un vasto campo al que el invierno nunca toca, separado de ellos por el estrecho cuello de botella de la década más reciente.
Ya sabíamos que había una habitación en el piso de arriba que nadie había visto en cuarenta años, cuya puerta debería forzarse. Esperaron, sin embargo, hasta que la señorita Emily estuviera decentemente bajo tierra antes de abrirla.
La violencia al romper la puerta pareció llenar la habitación con un polvillo penetrante. Un paño delgado como el de la tumba cubría toda la habitación que es taba adornada y amueblada como para unas nupcias: sobre las cenefas de color rosa desvaído, sobre las lu ces rosas, sobre el tocador, sobre los delicados adornos de cristal y sobre los artículos de tocador de hombre, cubiertos con plata deslustrada, tan deslustrada que las letras estaban oscurecidas. Entre ellos estaba un cuello y una corbata, como si alguien se los acabara de quitar; al levantarlos, dejaron sobre la superficie una pálida medialuna entre el polvo. Sobre una silla estaba colgado el traje, cuidadosamente doblado; debajo de éste, los mudos zapatos y los calcetines tirados a un lado.
El hombre yacía en la cama.
Durante un largo rato nos quedamos parados ahí, contemplando aquella sonrisa profunda y descarnada. Parecía que el cuerpo había estado alguna vez en la posición de un abrazo, pero ahora el largo sueño que sobrevive al amor, que conquista incluso los gestos del amor, le había sido infiel. Lo que quedaba de él, podrido bajo lo que quedaba del camisón, se había vuelto inseparable de la cama en la que yacía, y la cubierta uniforme del paciente y eterno polvo cubría el cuerpo y la almohada a su lado.
Entonces nos dimos cuenta de que en la segunda almohada estaba la marca de una cabeza. Uno de nosotros levantó algo de ella e, inclinándonos hacia delante, con el débil e invisible polvo seco y acre en la nariz, encontramos un largo mechón de cabello color gris acerado.
William Faulkner
Faulkner no es de mis autores favoritos. Leí en su momento El ruido y la furia y ya. Y ya hasta que Yurema me habló de "Una rosa para Emily", cuento que tuvo que leer para no sé qué asignatura de literatura norteamericana. Me contó más o menos el asunto y esa misma semana saqué por primera vez la Antología del cuento triste de Augusto Monterroso y Bárbara Jacobson de la biblioteca de la facultad. Porque sí, porque me la encontré y quería una antología de cuentos. Entre muchos que ya conocía y muchos que no, estaba la rosa para Emily. Y me encantó. Pero en mi mente perversa hay almacenados muchos relatos mucho más decadentes que este (que constituiría una especie de límite para mi teoría de que el XIX empieza allá por 1750 y termina más o menos con Proust, en el primer tercio del siglo XX), así que no lo tenía especialmente presente. No sé, donde haya fetos entre resedas, que se quiten las Emilys y sus rosas, no? Pero el cuento es maravilloso y en mi novela del señor Roth sale nombrado. Y tuve que buscarlo, releerlo y colgarlo aquí. Otra pulsión irrefrenable de las mías, vaya.
Esta es Folerpa Edgar Allan. El ser ojeroso de detrás, con casi tanta cara de susto como ella (me encanta la cara de susto que tiene la gata, aunque es mucho más guapa) soy yo, evidentemente. Estoy diciendo "venga, gatita, mira para ahí que te va a sacar una foto". O algo por el estilo. Medio segundo antes (tiene una cuenta atrás de segundos) estaba con la pata levantada hacia el ordenador. Sí, encima la foto tiene el honor de ser la primera foto sacada con la cámara de mi maravilloso Mac, que aún no me creo que vive conmigo y eso que va para tres meses... No soy aficionada a hacer fotos y menos a salir en ellas. Menos aún a colgarlas en la red. Pero se me cae la baba con la gata. Y tenía que robarle un cachito de alma (y robármela a mí) para enseñarla al mundo...
Hay alguien que deja prácticamente todos los videos de El lado oscuro del corazón en youtube, para que yo me los vaya encontrando y los tenga que poner.
Cada uno tiene sus debilidades. Esta película es (y ya lo fue más, conste) una de las mías.
The skies they were ashen and sober; The leaves they were crisped and sere - The leaves they were withering and sere; It was night in the lonesome October Of my most immemorial year; It was hard by the dim lake of Auber, In the misty mid region of Weir - It was down by the dank tarn of Auber, In the ghoul-haunted woodland of Weir.
Here once, through an alley Titanic, Of cypress, I roamed with my Soul - Of cypress, with Psyche, my Soul. There were days when my heart was volcanic As the scoriac rivers that roll - As the lavas that restlessly roll Their sulphurous currents down Yaanek In the ultimate climes of the pole - That groan as they roll down Mount Yaanek In the realms of the boreal pole.
Our talk had been serious and sober, But our thoughts they were palsied and sere - Our memories were treacherous and sere - For we knew not the month was October, And we marked not the night of the year - (Ah, night of all nights in the year!) We noted not the dim lake of Auber - (Though once we had journeyed down here) - Remembered not the dank tarn of Auber, Nor the ghoul-haunted woodland of Weir.
And now, as the night was senescent, And star-dials pointed to morn - As the star-dials hinted of morn - At the end of our path a liquescent And nebulous lustre was born, Out of which a miraculous crescent Arose with a duplicate horn - Astarte's bediamonded crescent Distinct with its duplicate horn.
And I said - 'She is warmer than Dian: She rolls through an ether of sighs - She revels in a region of sighs: She has seen that the tears are not dry on These cheeks, where the worm never dies, And has come past the stars of the Lion, To point us the path to the skies - To the Lethean peace of the skies - Come up, in despite of the Lion, To shine on us with her bright eyes - Come up through the lair of the Lion, With love in her luminous eyes."'
But Psyche, uplifting her finger, Said - 'adly this star I mistrust - Her pallor I strangely mistrust:- Oh, hasten! - oh, let us not linger! Oh, fly! - let us fly! - for we must.' In terror she spoke, letting sink her Wings until they trailed in the dust - In agony sobbed, letting sink her Plumes till they trailed in the dust - Till they sorrowfully trailed in the dust.
I replied - 'This is nothing but dreaming: Let us on by this tremulous light! Let us bathe in this crystalline light! Its Sybilic splendor is beaming With Hope and in Beauty to-night:- See! - it flickers up the sky through the night! Ah, we safely may trust to its gleaming, And be sure it will lead us aright - We safely may trust to a gleaming That cannot but guide us aright, Since it flickers up to Heaven through the night.'
Thus I pacified Psyche and kissed her, And tempted her out of her gloom - And conquered her scruples and gloom; And we passed to the end of the vista, But were stopped by the door of a tomb - By the door of a legended tomb; And I said - 'What is written, sweet sister, On the door of this legended tomb?' She replied - 'Ulalume - Ulalume - 'Tis the vault of thy lost Ulalume!'
Then my heart it grew ashen and sober As the leaves that were crisped and sere - As the leaves that were withering and sere, And I cried - 'It was surely October On this very night of last year That I journeyed - I journeyed down here - That I brought a dread burden down here - On this night of all nights in the year, Ah, what demon has tempted me here? Well I know, now, this dim lake of Auber - This misty mid region of Weir - Well I know, now, this dank tarn of Auber, This ghoul-haunted woodland of Weir.'
Edgar Allan Poe
Me lo acabo de encontrar. El video. Ay!!
Ay, Poe! Mi primer amor. El único a quien todavía sigo siendo fiel.
Dieciséis años que está a puntito de hacer desde que tuve por primera vez a Poe en la mano. Ay!
La hija de Ryan es una de mis películas favoritas. De las más favoritas, debería decir. Y no sólo por lo que me pueda identificar (en lo que me podía identificar ya en el momento en que la vi) con la chica que idealiza y se decepciona, sino por, entre otras muchas cosas, esta secuencia de rescate de las armas. Y, la frase, la frase que siempre cito y que constituye lo más cerca que logro estar de algún tipo de patriotismo.
Mi hermano (mi hermano el que me deja libros y peliculas y demás) siempre dice que es irlandés. A Nadna ya se lo he contado. Realmente se lo he contado a mucha gente a lo largo del tiempo. Mi hermano declara también que La hija de Ryan es su película favorita. Cita siempre esta escena. Cita siempre (y nos hemos fijado los dos por separado, como en tantas cosas) el momento en que cogen al buscado (no recuerdo su nombre pero es el que capitanea la recogida de armas) y, tras encenderle un cigarrillo, le preguntan: "-¿Desea usted algo más? -Sí. Que os marchéis de mi país."
Repito. El concepto de patria y yo no nos llevamos bien. No nos hemos llevado bien nunca. Siempre me he declarado ciudadana del mundo (aunque también bastante más gallega que española, dado que cada día tengo más claro que no somos europeos. Ojalá!)
Pero, paradojas de la vida, me gusta la épica. Me gusta esta escena. Me encanta ese momento.
Y para mí, La hija de Ryan es mucho (pero mucho) más que la historia de la mimada hija del tabernero del pueblo que está enamorada del maestro, que no para hasta casarse con él y que, decepcionada por no escuchar campanas en su noche de bodas, se lía con un oficial inglés. Es tantísimo más, que la parte del amor, casi que me sobra. Pese a que para la mayor parte de la gente, la película sólo trate de eso.
Va video. Va el pueblo a luchar contra los elementos para liberarse.
No recuerdo lo que buscaba, pero no era ni cine ni a Visconti. La cuestión es que me acabo de encontrar con el final de Muerte en Venecia, una de esas obras (cualquiera de las dos) que me hacen dudar sobre si prefiero la novela o la adaptación. Por preferencias personales en abstrato, siempre que se da el caso, me quedo con la novela.
El video, ahí queda:
Del texto, dejo la traducción de Ciudad Seva. Me gusta más la mía (sobre todo porque a la de Ciudad Seva le faltan fragmentos -o a la mía le sobran, todo puede ser-) pero aquí estaba segura de encontrarla. Obviamente, Tadzio está incluído entre las nínfulas y constituye, por ello, una de mis mayores fascinaciones.
Algunos días después, Gustavo von Aschenbach, que se sentía mal, salió del hotel por la mañana más tarde de lo acostumbrado. Tenía que luchar con vértigos, sólo a medias corporales, acompañados de cierto terror violento, de cierto sentimiento de encontrarse sin salida y sin esperanza, y que no sabía claramente si se referían al mundo exterior o a su propia existencia. En el vestíbulo vio una gran cantidad de equipaje dispuesto para el transporte. Preguntó a un portero quiénes eran los viajeros y le respondieron que era la familia polaca por quien él se interesaba. Oyó la noticia, sin que los desfallecidos rasgos de su rostro se contrajesen, con aquella ligera inclinación de cabeza con que uno se entera distraídamente de algo que no le interesa, y preguntó: «¿Cuándo?» Le respondieron: «Después de comer.» Dio las gracias y se fue hacia el mar.
La playa presentaba un aspecto desagradable. Sobre la ancha y plana superficie de agua que separaba la playa del primer banco de arena, se rizaban estremecidas y tenues olas que corrían de delante hacia atrás. Otoño y decadencia parecían abrumar al balneario días antes animado por tanta profusión de colores, y en aquel instante ya casi abandonado, tanto que ni siquiera la arena estaba limpia. Un aparato fotográfico, cuyo dueño no apareció por ningún sitio, descansaba junto al mar sobre su trípode, y el paño negro que habían echado sobre él flotaba al viento.
Tadrio, junto con los tres o cuatro compañeros de juego que le habían quedado, corría a la derecha de su caseta; luego se puso a descansar en su silla de tijera, a mitad de camino entre el mar y la hilera de casetas, con una manta sobre las piernas. Aschenbach lo contemplaba por última vez. El juego, que no estaba ya vigilado, pues las mujeres debían de andar ocupadas con el equipaje, era más violento que de costumbre. Aquel chico robusto, con traje de marinero y cabello negro y liso a fuerza de pomada, a quien llamaban Saschu, excitado y cegado por un puñado de arena que le habían tirado a la cara, se dirigió hacia Tadrio y comenzó una lucha que pronto terminó con la caída del polaco, que era el más débil. Después, como si en el instante de la despedida ese sentimiento de humillación que suele poseer el inferior se trocase en cruel brutalidad y quisiera tomar venganza de una larga esclavitud, el vencedor no dejó libre al vencido, sino que, apoyando sobre la espalda de éste sus rodillas, le oprimió la cara tan largo rato contra la arena, que Tadrio, a quien la caída había dejado ya casi sin aliento, parecía a punto de ahogarse. Sus intentos de desembarazarse de su opresor eran contracciones, que cesaban a ratos y sólo sobrevenían como una convulsión. Espantado, Aschenbach se disponía a intervenir en el instante en que el brutal Saschu soltó a su víctima. Tadrio, muy pálido, se incorporó a medias, y apoyándose en un brazo estuvo unos minutos inmóvil, el cabello en desorden y los ojos húmedos. Luego se levantó para alejarse lentamente. Sus compañeros lo llamaron alegremente al principio, luego temerosos y suplicantes. El moreno, que sin duda sintió en seguida el remordimiento de su falta, le alcanzó y quiso reconciliarse con él. Pero aquél lo rechazó con un movimiento de hombros. Tadrio se dirigió en diagonal hacia el mar. Iba descalzo y vestía su traje listado con una cinta roja.
Deteniéndose al borde del agua, con la cabeza baja, empezó a dibujar en la arena húmeda con la punta del pie; luego entró en el agua, que en su mayor profundidad no le llegaba ni a la rodilla, la atravesó dudando, descuidadamente, y dejó el banco de arena. Allí se detuvo un momento, con el rostro vuelto hacia la anchura del mar, luego empezó a caminar lentamente, por la larga y angosta lengua de tierra, hacia la izquierda. Separado de la tierra por el agua, separado de los compañeros por un movimiento de altanería, su figura se deslizaba aislada y solitaria, con el cabello flotante, allá por el mar, a través del viento, hacia la neblina infinita. Otra vez se detuvo para contemplar el mar. De pronto, como si lo impulsara un recuerdo, bruscamente, hizo girar el busto y miró hacia la orilla por encima del hombro. El contemplador estaba allí, sentado en el mismo sitio donde por primera vez la mirada de aquellos ojos de ensueño se había cruzado con la suya. Su cabeza, apoyada en el respaldo de la silla, seguía ansiosamente los movimientos del caminante. En un instante dado se levantó para encontrar la mirada, pero cayó de bruces, de modo que sus ojos tenían que mirar de abajo arriba, mientras su rostro tomaba la expresión cansada, dulcemente desfallecida, de un adormecimiento profundo. Sin embargo, le parecía que, desde lejos, el pálido y amable mancebo le sonreía y le saludaba.
Pasaron unos minutos antes de que acudieran en su auxilio; había caído a un lado de su silla. Le llevaron a su habitación, y aquel mismo día, el mundo, respetuosamente estremecido, recibió la noticia de su muerte.
No sé si he dicho ya que Marilyn Manson es un señor capaz de hacer versiones de canciones que no me gustan nada (o que, en el mejor de los casos, me resultan indiferentes) y lograr que me gusten mucho. Pasa con el Like a Virgin, pasa con el This is Halloween, con Sweet Dreams y pasa, sobre todo, con esta. Una canción que, cuanto más la escucho, más me gusta.
Through early morning fog I see Visions of the things to be The pains that are withheld for me I realise and I can see...
That suicide is painless It brings on many changes and I can take or leave it if I please.
I try to find a way to make all our little joys relate Without that ever-present hate But now I know that it's to late, and... That suicide is painless It brings on many changes and I can take or leave it if I please.
The game of life is hard to play I'm going to lose it anyway The losing card I'll someday lay So this is all I have to say That suicide is painless It brings on many changes and I can take or leave it if I please.
The only way to win is cheat and lay it down before I'm beat and to another give my seat for that's the only painless feat That suicide is painless It brings on many changes and I can take or leave it if I please. The sword of time will pierce our skins It doesn't hurt when it begins But as it works its way on in The pain grows stronger...watch it grin but... That suicide is painless It brings on many changes and I can take or leave it if I please. A brave man once requested me To answer questions that are the key Is it to be or not to be and I replied 'oh why ask me?
Cause suicide is painless It brings on many changes and I can take or leave it if I please ... and you can do the same thing if you please.
"¿Cómo reconocer una obra de arte? ¿Cómo separarla, aunque sea sólo sea un momento, de su aparato crítico, de sus exegetas, de sus incansables plagiarios, de sus ninguneadores, de su final destino de soledad? Es fácil. Hay que traducirla. Que el traductor no sea una lumbrera. Hay que arrancarle páginas al azar. Hay que dejarla tirada en un desván. Si después de todo esto aparece un joven y la lee, y tras leerla la hace suya, y le es fiel (o infiel, que más da) y la reinterpreta y la acompaña en su viaje a los límites y ambos se enriquecen y el joven añade un gramo de valor a su valor natural, estamos ante algo, una máquina o un libro, capaz de hablar a todos los seres humanos: no un campo labrado sino una montaña, no la imagen del bosque oscuro sino el bosque oscuro, no una bandada de pájaros sino el Ruiseñor."