Estos días escucho a la señorita PJ Harvey como si no conociera a nadie más que cante o como si ninguno de los otros que conozco terminara de gustarme. Que soy compulsiva lo sabemos y que me gusta ella también.
Además, en el video de Black hearted love pega saltos en una colchoneta en medio del bosque. Y... bueno, es Piyei y una colchoneta y un bosque y... aaaaaaaaaaaaaaaay.
I think I saw you in the shadows
I move in closer beneath your windows
Who would suspect me of this rapture?
And who but my black hearted love
And who but my black hearted love
When you call out my name in rapture
I volunteer my soul for murder
I wish this moment here forever
And you are my black hearted love
And you are my black hearted love
In the rain, in the evening
I will come again
I'd like to take you;
I'd like to take you to a place I know
My black hearted
I'd like to take you;
I'd like to take you to a place I know
My black hearted
I'd like to take you;
I'd like to take you to a place I know
My black hearted
I'd like to take you;
I'd like to take you to a place I know
My black hearted
miércoles, 24 de marzo de 2010
PJ Harvey y una colchoneta en medio del bosque...
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martes, 16 de marzo de 2010
La culpa la tienen Poe y Bradbury
Ya se lo he explicado muchas veces: tengo debilidad por las chicas guapas ahogadas. O ahogándose. Me gusta pensar que el viento helado de Annabel Lee llegó después de un baño en el mar que había junto al reino. No es exactamente lo mismo, pero nada es perfecto.

Este cuadro lo saqué del tumblr de Juan Antonio y es sencillamente maravilloso. Es la princesa Tarakanova y el señor se llama Konstantin Flavitsky.
sábado, 13 de marzo de 2010
Tengo activado el shuffle cerebral
La exageración melodramática (cuando tiende al melo y no al dramática) hace tomar distancia y perspectiva. El problema es que no siempre es fácil distinguir entre melo y dramática y así nos va a los esclavos de la vehemencia.
Una ley de Murphy que Murphy olvidó enunciar es que, cuanto menos te guste la música que suena en un blog al abrirlo (y cuanto más se solape con la que tengas puesta tú en el ordenador), más abajo estará el reproductor.
No me gusta en absoluto cuando callas y estás como distante. Es más, me toca inmensamente los cojones.
Una ley de Murphy que Murphy olvidó enunciar es que, cuanto menos te guste la música que suena en un blog al abrirlo (y cuanto más se solape con la que tengas puesta tú en el ordenador), más abajo estará el reproductor.
No me gusta en absoluto cuando callas y estás como distante. Es más, me toca inmensamente los cojones.
viernes, 12 de marzo de 2010
No ignoro que el recurso de beber para huir es un viejo truco pero ¿conoces tú alguno más eficaz para escapar de ti mismo? Una copa acartona el recuerdo, pero , al propio tiempo, convierte la onerosa gravedad de tu cuerpo en una suerte de porosidad flotante. Algo parecido a la fiebre. Pasado el trance, sobreviene el decaimiento, pero hay un medio para evitarlo: mantener en sangre una dosis de alcohol que te imbuya la impresión de que participas en la vida, de que la vida no pasa sobre el hoyo en que te pudres sin advertir que existes. Esta forma de energía suele identificarse con la alegría, aunque, por supuesto, no es alegría. A lo sumo, una energía inferior, improductiva; en caso contrario, yo trabajaría. Pero mi ingenio, si alguna vez existió, se ha agotado; ya lo estás viendo: no soy capaz de embadurnar un lienzo, ni siquiera de sostener un pincel en la mano.
El principio de Señora de rojo sobre fondo gris
¿Quién se viene este fin de semana a beber para olvidar la muerte de Delibes?
Enero Rohmer, febrero Salinger, marzo Delibes. 2010, empiezas a caerme auténticamente mal.
El principio de Señora de rojo sobre fondo gris
¿Quién se viene este fin de semana a beber para olvidar la muerte de Delibes?
Enero Rohmer, febrero Salinger, marzo Delibes. 2010, empiezas a caerme auténticamente mal.
domingo, 28 de febrero de 2010
La herida
Imagínate que tienes una herida en alguna parte de tu cuerpo, en alguna parte que no puedes ubicar exactamente, y que no puedes ver ni tocar, y supón que esa herida te duele y amenaza abrirse o se abre cuando te olvidas de ella y haces lo que no debes, inclinarte, correr, luchar o reír; apenas lo intentas, la herida surge, su recuerdo primero, su dolor en seguida: aquí estoy, anda despacio. No te quedan más que dos caminos: o renunciar a vivir así, haciendo a propósito lo que no debes, o vivir así, evitando hacer lo que no debes. Si eliges el primer camino, si saltas, gritas, ríes, corres o luchas todo terminará pronto: la herida, al hacerse más grande de lo que puedes soportar, te convertirá en algo que sólo necesitará ser sepultado y que exasperado por la imposibilidad de hacerlo como querías, preferiste terminar, y esto no significará, de ningún modo, heroísmo; significará que tenías una herida, que ella pudo más que tú y que le cediste el sitio. Si eliges el segundo camino, continuarás existiendo, nadie sabe por cuánto tiempo: renunciarás a los movimientos marciales y a las alegrías exageradas y vivirás, como un sirviente, alrededor de tu herida, cuidando que no sangre, que no se abra, que no se descomponga, y esto, amigo mío, significará que tienes un enorme deseo de vivir y que, impedido de hacerlo como deseas, aceptas hacerlo como puedas, sin que ello deba llamarse, óyelo bien, cobardía así como si elegiste el primer camino nada podrá hacer suponer que fuiste un héroe: resistir es tan cobarde o tan heroico como renunciar. Por lo demás, las heridas no son eternas, y mejoran o acaban con uno, y puede suceder que después de vivir años con una, sientas de pronto que ha cicatrizado y que puedes hacer lo que todo hombre sano hace, como puede ocurrir, también, que concluya contigo, ya que una herida es una herida y puede matar de dos maneras: por ella misma o abriendo en tu cerebro otra, que atacará, sin que te enteres, tu resistencia para vivir; tú tienes una herida, supongamos, en un pulmón, en el duodeno en el recto o en el corazón, y quieres vivir y resistes, no te doblegas, aprietas los dientes, lloras, pero no cedes y sigues, aunque sea de rodillas, aun arrastrándote, llenando el mundo de lamentaciones y blasfemias; pero un día sientes que ya no puedes resistir; que tus nervios se sueltan, que tus rodillas y tus piernas no te soportan y se doblegan: caes entonces, te entregas y la herida te absorbe. Es el fin: una herida se ha juntado a la otra y tú, que apenas podías aguantar una, no puedas con las dos.
Manuel Rojas
Cortesía, en su momento, de Vincent Malloy.
Manuel Rojas
Cortesía, en su momento, de Vincent Malloy.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Bagaje
Llamadme Ismael. O Meryone. O oh capitán, mi capitán.
Coso sombras a cambio de dedales pero exijo que quienes vengan a jugar conmigo no tengan corazón. Prefiero la voz a caminar y siempre seré Tigrilla.
También prefiero ser la otra y la convertida en vampiro a la que hay que proteger y salvar. Me hubiera quedado con el aventurero o el psiquiatra antes que con el aristócrata, eso sí. Frivolidad, la justa. Además, yo quería ser Jonathan Harker y andar por los Cárpatos en plena noche de Walpurgis con un vampiro.
Poe me enseñó que no hay tema más poético que una mujer muerta y Bradbury que las ahogadas son las más hermosas de todas. Reconozco no haber leído Hamlet pero esto está poblado de Ophelias. Mi foto de perfil (aquí y ahora, estoy a tiempo de cambiarla) es Miranda contemplando el naufragio. En otras partes soy un cuadro de Schiele, una sirenita de Waterhouse, una chica que grita en uno de Munch...
Siempre tendré dudas como dónde van los cisnes de Central Park cuando llega el invierno y siempre habrá algún motivo estúpido para no suicidarse. Pese a ello, hoy es un día perfecto para el pez plátano.
Los ciegos son inquietantes y están emparentados con reptiles y murciélagos. Alejandra tenía que morir. Martín tenía que no entender nada. Bruno tenía que entenderlo todo pero estar fuera.
América era hija de un matrimonio de inmigrantes italianos.
Me identifico con más personajes masculinos que femeninos tanto en la literatura como en el cine.
Amo profundamente a Marlene Dietrich.
No sé si prefiero a Rose Ryan o a Yuri Zhivago: ella tiene una sombrilla y a Robert Mitchum; él a Geraldine Chaplin y a Julie Christie. Al inglés cojo no lo contamos.
Prefiero a Waterhouse a Rosetti. A Munch a todos los demás; a Schiele a Klimt. Sabato a Borges (y puede que a Cortázar), Moby Dick al Quijote, los romans artúricos a la literatura grecolatina y el terror a absolutamente todo.
El día que releí Los tres mosqueteros y descubrí que mi favorito ya no era Aramis sino Athos, sentí que me había hecho mayor.
Numero los exámenes con el mismo aire que Edmond Dantès va numerando enemigos muertos.
Últimamente me tortura preguntarme si dejaré de parecerme (según Jose al menos) a Janis Joplin al cumplir los 27. ¿Y los 28?
Coso sombras a cambio de dedales pero exijo que quienes vengan a jugar conmigo no tengan corazón. Prefiero la voz a caminar y siempre seré Tigrilla.
También prefiero ser la otra y la convertida en vampiro a la que hay que proteger y salvar. Me hubiera quedado con el aventurero o el psiquiatra antes que con el aristócrata, eso sí. Frivolidad, la justa. Además, yo quería ser Jonathan Harker y andar por los Cárpatos en plena noche de Walpurgis con un vampiro.
Poe me enseñó que no hay tema más poético que una mujer muerta y Bradbury que las ahogadas son las más hermosas de todas. Reconozco no haber leído Hamlet pero esto está poblado de Ophelias. Mi foto de perfil (aquí y ahora, estoy a tiempo de cambiarla) es Miranda contemplando el naufragio. En otras partes soy un cuadro de Schiele, una sirenita de Waterhouse, una chica que grita en uno de Munch...
Siempre tendré dudas como dónde van los cisnes de Central Park cuando llega el invierno y siempre habrá algún motivo estúpido para no suicidarse. Pese a ello, hoy es un día perfecto para el pez plátano.
Los ciegos son inquietantes y están emparentados con reptiles y murciélagos. Alejandra tenía que morir. Martín tenía que no entender nada. Bruno tenía que entenderlo todo pero estar fuera.
América era hija de un matrimonio de inmigrantes italianos.
Me identifico con más personajes masculinos que femeninos tanto en la literatura como en el cine.
Amo profundamente a Marlene Dietrich.
No sé si prefiero a Rose Ryan o a Yuri Zhivago: ella tiene una sombrilla y a Robert Mitchum; él a Geraldine Chaplin y a Julie Christie. Al inglés cojo no lo contamos.
Prefiero a Waterhouse a Rosetti. A Munch a todos los demás; a Schiele a Klimt. Sabato a Borges (y puede que a Cortázar), Moby Dick al Quijote, los romans artúricos a la literatura grecolatina y el terror a absolutamente todo.
El día que releí Los tres mosqueteros y descubrí que mi favorito ya no era Aramis sino Athos, sentí que me había hecho mayor.
Numero los exámenes con el mismo aire que Edmond Dantès va numerando enemigos muertos.
Últimamente me tortura preguntarme si dejaré de parecerme (según Jose al menos) a Janis Joplin al cumplir los 27. ¿Y los 28?
Prefiero la película a la novela muchas veces, empezando por La naranja mecánica. En cambio prefiero palabras a imágenes. Prefiero la literatura, el cine y la pintura (en este orden) a la música.
Como a Bryce, lo único que se me da verdaderamente bien es extrañar. También tengo insomnio y me tiembla el pulso. Todavía no grito Octavia de Cádiz, pero todo se andará.
Bryce es mi penúltimo favorito, el último es Phillip Roth.
No le perdono a 2010 empezar matando a Rohmer y a Salinger. A 2009 no le perdono nada.
Soy vehemente, melodramática y tengo un blog. He aquí el resultado.
Como a Bryce, lo único que se me da verdaderamente bien es extrañar. También tengo insomnio y me tiembla el pulso. Todavía no grito Octavia de Cádiz, pero todo se andará.
Bryce es mi penúltimo favorito, el último es Phillip Roth.
No le perdono a 2010 empezar matando a Rohmer y a Salinger. A 2009 no le perdono nada.
Soy vehemente, melodramática y tengo un blog. He aquí el resultado.
sábado, 13 de febrero de 2010
Otro de esos posts que deberían titularse de re varia
Tengo exámenes (sigo teniendo -desde que aprobé la última allá por 2008- cuatro asignaturas para terminar Filología Portuguesa) y voy del Piñeiro a la biblioteca de la facultad, de la biblioteca de la facultad al Piñeiro. Paso por casa para dormir y para perder el tiempo un rato, claro. Y para ducharme antes de ir al Piñeiro.
Ando terriblemente cansada y debo tener la anemia mucho peor que habitualmente. También, pese a que ando premenstrual y tomando mucha coca-cola y comiendo gofres (esta semana fueron dos y normalmente me como uno cada muchos meses/años -sólo me gustan con chocolate y helado y eso es de las cosas que un organismo normal sólo quiere cuando está de exámenes y premenstrual todo al mismo tiempo, que es el caso-), hace como un mes que me olvido inquietantemente de hacer comidas. Sólo si estoy en casa y no siempre. Suele ser, por tanto, la cena, pero no es la primera vez que es fin de semana y es la comida la que se me olvida. Obviamente (véase el ejemplo de los gofres) no es consciente pero no me gusta nada. Sobre todo porque luego son las seis y yo me pregunto por qué tengo tanta hambre si es tan temprano y, claro... es porque no he comido (algo de lo que me doy cuenta allá por las siete).
También ando más sensible de lo habitual (de lo habitual de estar premenstrual) para lo bueno y para lo malo. Por un lado lloro por todas las esquinas y estoy vehemente y melodramática y de un pesado que me dan ganas de darme las hostias yo en lugar de esperar a que los demás se cansen de aguantarme y decidan dármelas y, por otro, soy como una fuente inagotable de oooohs y aaawwws ante la noticia de que Javi y Mónica andan embarazados. Y cuando digo inagotable, quiero decir inagotable. Que parezco tonta o algo. No sé en qué momento lo de "fulanita está embarazada" ha pasado de ser respondido con un "joder qué putada" a con un "joder, qué guay", pero creo que me gusta el cambio. Y eso que me hacen mayor, los cabrones. Lo de tener sobrinos lo tenía asimilado, pero no lo de hijos de amigos. 2010 es bonito, aunque sólo sea por eso.
Para otras cosas, bueno... quiero creer que lo de andar llorando por las esquinas y afectadísima por cierto tema se debe a lo mal que se están portando mis hormonas este mes (mucho azúcar y pocas vitaminas, ya decía yo que eso no podía ser bueno) y no a que cierto tema realmente me importe porque, si me importa, voy apañada... En unos días se verá.
Además, hoy amanecí con la noticia de que se había muerto Georginho (George Harrison era el hamster), somos uno menos en casa. Vale que después de las plantas era el que menos circulaba por ella (las plantas, como están por todas partes, es como si circularan y la jaula de George lo mismo estaba en el estudio que en el salón) pero da penita. Era gris y tenía los ojos negros y grandes. De mayor quiero ser así. Vale, gris no. Pero siempre quise una rueda de las que tienen los hamsters y los ojos negros y grandes y bonitos.
Y estamos en carnaval pero yo no sólo tengo un examen el jueves sino que trabajo lunes y martes (que pensaba dedicar íntegros a estudiar mucho porque el examen es más que difícil aunque esté en pleno post-desahogo-general en lugar de con los apuntes -que están aquí a mi lado, claro; los apuntes no se separan de mí-), pero yo tengo un montón de sangre de mentira y cosas varias para pintarme más sangrienta aún. No me gusta nada disfrazarme, pero siempre me moló mucho lo de pintarme la cara no en modo maquillaje de niña mona (para eso no tengo paciencia) sino maquillaje de monstruo/zombie/vampiro/todas esas cosas que sí me hacen feliz. Bloody Meryone (versión deformada de Bloody Mary, no María Tudor sino la de la leyenda urbana de colegios mayores gringos*) sale a tomar la calle (bueno, eso es el plan, al final sólo tomaremos la casa de Iago, que es el verdugo de Yurema que será Ana Bolena semi-decapitada -hay gente a la que sí le gusta disfrazarse-; también tenemos a Elisa de china y al señor Coh de vampiro -como todo el año pero con colmillos- y a dos amigos suyos que a saber qué son) y a intentar tener mañana sólo la resaca justa para poder lamentarse pero también estudiar. La señorita disfrazada de Ana Bolena ha prometido muffins de colores para el previo y dado que la Xunta ha decidido no pagarme todavía el mes de enero, el ritmo de manhattans no puede ser el habitual (si es que llegamos al Hula, que la intención siempre es salir y siempre decidimos que el mundo exterior queda muuuuuuuy lejos).
Me voy a hacer la comida antes de que se me olvide. Sean buenos. No lloren por las esquinas y quédense embarazados para que yo pueda decir oh y aw. Por favor.
*No sé tampoco en qué momento ha sucedido pero sí, ya uso gringo con la misma naturalidad que órales.
Ando terriblemente cansada y debo tener la anemia mucho peor que habitualmente. También, pese a que ando premenstrual y tomando mucha coca-cola y comiendo gofres (esta semana fueron dos y normalmente me como uno cada muchos meses/años -sólo me gustan con chocolate y helado y eso es de las cosas que un organismo normal sólo quiere cuando está de exámenes y premenstrual todo al mismo tiempo, que es el caso-), hace como un mes que me olvido inquietantemente de hacer comidas. Sólo si estoy en casa y no siempre. Suele ser, por tanto, la cena, pero no es la primera vez que es fin de semana y es la comida la que se me olvida. Obviamente (véase el ejemplo de los gofres) no es consciente pero no me gusta nada. Sobre todo porque luego son las seis y yo me pregunto por qué tengo tanta hambre si es tan temprano y, claro... es porque no he comido (algo de lo que me doy cuenta allá por las siete).
También ando más sensible de lo habitual (de lo habitual de estar premenstrual) para lo bueno y para lo malo. Por un lado lloro por todas las esquinas y estoy vehemente y melodramática y de un pesado que me dan ganas de darme las hostias yo en lugar de esperar a que los demás se cansen de aguantarme y decidan dármelas y, por otro, soy como una fuente inagotable de oooohs y aaawwws ante la noticia de que Javi y Mónica andan embarazados. Y cuando digo inagotable, quiero decir inagotable. Que parezco tonta o algo. No sé en qué momento lo de "fulanita está embarazada" ha pasado de ser respondido con un "joder qué putada" a con un "joder, qué guay", pero creo que me gusta el cambio. Y eso que me hacen mayor, los cabrones. Lo de tener sobrinos lo tenía asimilado, pero no lo de hijos de amigos. 2010 es bonito, aunque sólo sea por eso.
Para otras cosas, bueno... quiero creer que lo de andar llorando por las esquinas y afectadísima por cierto tema se debe a lo mal que se están portando mis hormonas este mes (mucho azúcar y pocas vitaminas, ya decía yo que eso no podía ser bueno) y no a que cierto tema realmente me importe porque, si me importa, voy apañada... En unos días se verá.
Además, hoy amanecí con la noticia de que se había muerto Georginho (George Harrison era el hamster), somos uno menos en casa. Vale que después de las plantas era el que menos circulaba por ella (las plantas, como están por todas partes, es como si circularan y la jaula de George lo mismo estaba en el estudio que en el salón) pero da penita. Era gris y tenía los ojos negros y grandes. De mayor quiero ser así. Vale, gris no. Pero siempre quise una rueda de las que tienen los hamsters y los ojos negros y grandes y bonitos.
Y estamos en carnaval pero yo no sólo tengo un examen el jueves sino que trabajo lunes y martes (que pensaba dedicar íntegros a estudiar mucho porque el examen es más que difícil aunque esté en pleno post-desahogo-general en lugar de con los apuntes -que están aquí a mi lado, claro; los apuntes no se separan de mí-), pero yo tengo un montón de sangre de mentira y cosas varias para pintarme más sangrienta aún. No me gusta nada disfrazarme, pero siempre me moló mucho lo de pintarme la cara no en modo maquillaje de niña mona (para eso no tengo paciencia) sino maquillaje de monstruo/zombie/vampiro/todas esas cosas que sí me hacen feliz. Bloody Meryone (versión deformada de Bloody Mary, no María Tudor sino la de la leyenda urbana de colegios mayores gringos*) sale a tomar la calle (bueno, eso es el plan, al final sólo tomaremos la casa de Iago, que es el verdugo de Yurema que será Ana Bolena semi-decapitada -hay gente a la que sí le gusta disfrazarse-; también tenemos a Elisa de china y al señor Coh de vampiro -como todo el año pero con colmillos- y a dos amigos suyos que a saber qué son) y a intentar tener mañana sólo la resaca justa para poder lamentarse pero también estudiar. La señorita disfrazada de Ana Bolena ha prometido muffins de colores para el previo y dado que la Xunta ha decidido no pagarme todavía el mes de enero, el ritmo de manhattans no puede ser el habitual (si es que llegamos al Hula, que la intención siempre es salir y siempre decidimos que el mundo exterior queda muuuuuuuy lejos).
Me voy a hacer la comida antes de que se me olvide. Sean buenos. No lloren por las esquinas y quédense embarazados para que yo pueda decir oh y aw. Por favor.
*No sé tampoco en qué momento ha sucedido pero sí, ya uso gringo con la misma naturalidad que órales.
lunes, 8 de febrero de 2010
Un día perfecto para el pez plátano
En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé... el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo
—¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
—¿Y...?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
—Mamá, esta llamada va a costar una for...
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.
—Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño...
—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
—¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire—dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
—¿Un qué?
—Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
—Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces plátano.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez plátano.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.
J. D. Salinger
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé... el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo
—¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
—¿Y...?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
—Mamá, esta llamada va a costar una for...
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.
—Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño...
—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
—¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire—dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
—¿Un qué?
—Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
—Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces plátano.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez plátano.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.
J. D. Salinger
viernes, 29 de enero de 2010
No estaba muerta
Yo no, pero Rohmer y Salinger ahora sí. Yo estaba bañándome en alcohol, en libros, en mundo exterior, en no redactar 3900 caracteres (espacios incluídos) de un proyecto docente a entregar mañana para irme a Brasil de lectora de español (si me lo conceden) y viendo como mis decisiones para siempre se agrietan inevitablemente (pero las cosas con grietas pueden durar mucho tiempo: una vida humana incluso).
También lloré a Rohmer (es un decir porque al final ni una película revisioné) y hoy lloro a Salinger. Los dos veían el mundo como yo siempre quise reflejarlo. Siempre quise que me dirigiera Rohmer en lugar de la Coixet. Mierda.
Tomo manhattans (sin cereza) bajo una bombilla que hace siglos que no es roja, tengo una coctelera que aún no he estrenado (viva, viva mi hermano) y la edición de Moby Dick que venía soñando un par de años. También tengo otras cosas (nuevas, quiero decir) y ahora mismo un montón de sueño. Y una programación docente que hacer antes de dormir. ¡Maldita costumbre de procrastinar! ¿Para qué quieren una programación docente? "Hola, me llamo María, el español es mi lengua materna y la tuya no". También tengo que justificar por qué Bahia. "Porque Rio me da miedo".
También tuve una gripe, una boda (con su correspondiente despedida de soltera) y mantengo una tos cojonuda. Exámenes la semana que viene y pocas ganas de estudiar.
Y no, no olvidaba que tenía un blog.
También lloré a Rohmer (es un decir porque al final ni una película revisioné) y hoy lloro a Salinger. Los dos veían el mundo como yo siempre quise reflejarlo. Siempre quise que me dirigiera Rohmer en lugar de la Coixet. Mierda.
Tomo manhattans (sin cereza) bajo una bombilla que hace siglos que no es roja, tengo una coctelera que aún no he estrenado (viva, viva mi hermano) y la edición de Moby Dick que venía soñando un par de años. También tengo otras cosas (nuevas, quiero decir) y ahora mismo un montón de sueño. Y una programación docente que hacer antes de dormir. ¡Maldita costumbre de procrastinar! ¿Para qué quieren una programación docente? "Hola, me llamo María, el español es mi lengua materna y la tuya no". También tengo que justificar por qué Bahia. "Porque Rio me da miedo".
También tuve una gripe, una boda (con su correspondiente despedida de soltera) y mantengo una tos cojonuda. Exámenes la semana que viene y pocas ganas de estudiar.
Y no, no olvidaba que tenía un blog.
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jueves, 31 de diciembre de 2009
Reflexión
Podría hacer un balance real de 2009 para llegar a la misma conclusión: 2009 fue una puta mierda.
Feliz 2010. 2010 se está haciendo esperar demasiado para mi gusto. Cuando un año es malo, encima termina despacito...
sábado, 26 de diciembre de 2009
Placidez

O sentimiento positivo: todavía no ha terminado la Navidad, ando por Ferrol y hoy estuve en un entierro. Para compensar, no tengo que madrugar hasta enero y 2010 se acerca tan rápido como languidece el puto 2009. Sí, estoy positiva. A ver cuánto dura.
El cuadro, de Joseph-Désiré Court. Lo saqué del tumblr.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Odio
Odio la Navidad de una forma tan asquerosamente tópica que se convierte en un motivo más para odiarla. Sólo tiene de bueno las versiones de la Canción de Navidad de Dickens, que pasan Gremlins por la tele y que por lo menos alguien me regala un libro. Bueno, y que el día que alguien me regala un libro, se acaba. Eso es lo mejor de todo. Con un poco de suerte es el día que pasan Gremlins.
Y eso que este año me estoy volviendo adicta a la canela (al té ya lo era) porque me compré el surtido de tés de Navidad de la Tea Shop. Viene en latitas y tiene de (casi) todos los colores, aunque los muy racistas se hayan dejado el oolong y hayan metido roiboos.
Además, tengo sueño. Toda la semana. Mañana adelanto que también.
A lo tonto a lo tonto, esto se está convirtiendo en un blog de verdad. De esos en los que la gente cuenta cosas. Y no sé si eso me gusta.
Y eso que este año me estoy volviendo adicta a la canela (al té ya lo era) porque me compré el surtido de tés de Navidad de la Tea Shop. Viene en latitas y tiene de (casi) todos los colores, aunque los muy racistas se hayan dejado el oolong y hayan metido roiboos.
Además, tengo sueño. Toda la semana. Mañana adelanto que también.
A lo tonto a lo tonto, esto se está convirtiendo en un blog de verdad. De esos en los que la gente cuenta cosas. Y no sé si eso me gusta.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Desvarío
Como mandarinas mientras doy vueltas a la edición de Mirapeixe y qué puedo comentar de sus dos o tres cantigas (sigo sin decidir cuántas son) y que no parezca de un comentario de clase de primero de carrera. También pienso que estoy hasta los huevos de Mirapeixe y que la vitamina C de las mandarinas es mi amiga. Quiero chocolate. Quiero vacaciones. Quiero que termine ya 2009 aunque, paradojas necesarias, eso querrá decir que se habrán terminado también las vacaciones. La señorita Harvey pega gritos en el hermanito de Gregor (o sea, mi ipod aún sin nombre) y parece que últimamente se está convirtiendo en mi banda sonora habitual.
El fin de semana estuve en Pontevedra en casa de la vampira que firma por aquí como Lucy (por Lucy Westenra) entre frío y tiendas pijas. También vimos una película divertidísima que se llama Fonda sangrienta y cuyos últimos veinte minutos yo dormí y jugamos al Cluedo con su hermanita pequeña. Ah, y recuperamos el Crunch como sabor de infancia, envoltorio azul (no sólo el de fuera sino también el de dentro) incluído.
Mi abrigo se abre por atrás y mis faldas se suben. En Santiago hace muchísimo frío y dicen que la semana que viene empieza (oficialmente) el invierno. Por cuestiones de que los dedos se equivocan, estuve a punto de escribir infierno tres veces antes de conseguir poner la uve. Creo que esa es la señal de que debo volver con Mirapeixe.
Las entradas que se escriben solas en los minutos que lleva teclear todas las palabras que contienen son raras. Escasas y extrañas. Las dos cosas.
El fin de semana estuve en Pontevedra en casa de la vampira que firma por aquí como Lucy (por Lucy Westenra) entre frío y tiendas pijas. También vimos una película divertidísima que se llama Fonda sangrienta y cuyos últimos veinte minutos yo dormí y jugamos al Cluedo con su hermanita pequeña. Ah, y recuperamos el Crunch como sabor de infancia, envoltorio azul (no sólo el de fuera sino también el de dentro) incluído.
Mi abrigo se abre por atrás y mis faldas se suben. En Santiago hace muchísimo frío y dicen que la semana que viene empieza (oficialmente) el invierno. Por cuestiones de que los dedos se equivocan, estuve a punto de escribir infierno tres veces antes de conseguir poner la uve. Creo que esa es la señal de que debo volver con Mirapeixe.
Las entradas que se escriben solas en los minutos que lleva teclear todas las palabras que contienen son raras. Escasas y extrañas. Las dos cosas.
martes, 8 de diciembre de 2009
Felicidad
Escucha lo que he encontrado hoy en la biblioteca mientras leía revistas. Escucha –se sacó del bolsillo de los tejanos una hoja de papel–. Lo he copiado de una revista, palabra por palabra. Revista de ética médica. Oye esto: "Se propone que la felicidad" –alzó la vista y comentó–: subrayan la palabra. "Se propone que la felicidad se clasifique como un trastorno psiquiátrico y sea incluído en las ediciones futuras de los principales manuales de diagnóstico bajo su nuevo nombre: trastorno afectivo de primer grado, del tipo placentero. La revisión de la literatura sobre el tema muestra que la felicidad es estadísticamente anormal, consiste en una agrupación discreta de síntomas, se asocia con una gama de anormalidades cognitivas y probablemente refleja el funcionamiento anormal del sistema nervioso central. Sigue en pie una posible objeción a esta propuesta: que la felicidad no se valora negativamente. Sin embargo, esta objeción queda invalidada porque está fuera de lugar desde el punto de vista científico."
Philip Roth, El teatro de Sabbath
Cualquier libro del señor Roth es para ser copiado entero pero Ramoncín no me deja y yo no tengo paciencia. Bueno, creo que Ramoncín sí me deja copiarlo porque vive lejos pero paso de arriesgarme.
Sin querer, los títulos de las entradas de diciembre están quedando temáticos. Me gusta, me gusta...
Philip Roth, El teatro de Sabbath
Cualquier libro del señor Roth es para ser copiado entero pero Ramoncín no me deja y yo no tengo paciencia. Bueno, creo que Ramoncín sí me deja copiarlo porque vive lejos pero paso de arriesgarme.
Sin querer, los títulos de las entradas de diciembre están quedando temáticos. Me gusta, me gusta...
domingo, 6 de diciembre de 2009
Ira

El cuadro se llama "Love's shadow" pero es la cara de mala hostia más grande que he visto en toda mi vida. Pasé siglos sin saber de quién era y un buen día descubrí que era de Frederick Sandys y que se llamaba así. Da igual, siempre será el cuadro de la mala hostia.
Yo llevo tres semanas (y media) cabreada conmigo misma por gilipollas. Mucho. Muchísimo. Infinitamente más de lo que pensé jamás que se pudiera enfadar alguien sin que le estallara la cabeza.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Pavor
En modo bonus track, no menos aterrador pero casi casi más divertido, la chica de a saber qué asociación que cree que Europa es un país en el que se habla francés.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Es grato oír el nombre que uno lleva
Los nudillos golpean los cristales
de un bar en una esquina. Hasta mí arriba
mi nombre que me busca entre la lluvia.
Es grato oír el nombre que uno lleva.
Es grato descubrir que uno aún importa.
Que importa a sus amigos que le llaman
cuando pasa uno andando por la calle.
José María Fonollosa
de un bar en una esquina. Hasta mí arriba
mi nombre que me busca entre la lluvia.
Es grato oír el nombre que uno lleva.
Es grato descubrir que uno aún importa.
Que importa a sus amigos que le llaman
cuando pasa uno andando por la calle.
José María Fonollosa
El título del post no es el del poema, sino parte de lo que recordaba de él. Es el poema 14 de Destrucción de la mañana, o eso dice internet. A Fonollosa no lo tengo.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Apolo y Daphne, Waterhouse
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Una sirena de las de cola de serpiente

Me molan más las de cola de pez por lo de que viven en el mar, pero las de cola de serpiente (véase Melusina) también tienen su encanto. Esta es de Isobel Lilian Gloag, una señora a la que no acabo de descubrir del todo y la tenía por ahí con idea de ponerla, en su día, en el fotolog y, claro, con lo de que me cerraran sistemáticamente por desnudos menos explícitos, nunca llegué a ponerla. Ahí queda.
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martes, 24 de noviembre de 2009
Suena ahora y no me he podido resistir...
Mi catalán no está para hacer traducciones, lo siento. Seguro que en algún punto de google hay una traducción o, en su defecto, un traductor.
(Editado: La Comtessa d'Angeville amablemente nos ha traducido el texto en los dos primeros comentarios)
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Fa tres dies que no dormo,
quatre o cinc no m'en recordo,
em vaig trobar al Quimet a Isona,
vens ara a fer-ne una copa?
que m'en vull anar a dormir d'hora,
la seva xicota ens mana:
aneu a tirar la basura,
dins el cubell de la plaça,
però en Quimet agafa el cotxe,
rumbo a un poble de Segur,
i vuit o nou o deu cubates,
i a un garitu que hi ha al centro,
quan ja estàvem mig borratxos,
vam dir anem-n'hi a fer curves,
fes-te un porro més enllà,
ja que estàvem per Pallars,
vam anar a sota a comprar,
loteria Ca La Bruja,
per poder seguir la juerga fins Nadal.
I després cap a Puigcerdà,
i allà dalt de la muntanya,
vam parar a fer una pixada,
però vam veure com florien,
bolets a les cagades,
i aquests son bolets d'aquells,
que me fan girar el cervell,
i ens em vam menjar uns doscents
puja al cotxe i a Cerdanya,
tornem-ne cap a la Seu d'Urgell,
yuhuuu!!
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Si no es fan gaires barrejes,
els bolets no pujen gaire,
però amb uns porros y uns cubates
y un parell o tres de rayes,
pujen que es una passada,
i en comptes de tornar a casa,
vam xuparnos la Collada de Tosses d'una tirada,
i no se com vam parar a Berga,
i vam conéixer dues nenes,
i a Puig Reig ens vam fer uns whiskys,
i despres vam pillar uns éxatsis,
per fer-nos a les titis,
una treballava al super,
l'altre tenia molt vici,
i un polvet vora del riu,
i la lluna que ens somriu,
i jo sóc un gran fan del sexe,
això es perfecte,
tias buenas, mucha droga,
dale fuerte! qué feliç!
cagüen la puta i aquest cop he estat de suerte,
que resabia es la natura,
que ens crea i tambe ens ajunta,
l'un per l'altre això no para nooo!!
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Adios muy buenas! amiguetes...
marxem cap a Vic per feina,
i al casino uns bons cuabatas,
vaig vomitar a la façana,
de la Casa Tarradellas,
ja tornavem des de Vic,
i a la rotonda d'Hostalric,
ens va parar la policia,
puto control d'alcholèmia,
verge santa quina angúnia,
però en Quimet treu la pistola,
i tirant tiros als pitufos,
jo me cagüen els controls,
i aviso als mossos d'escuadra,
que no me toquin mes els ous!!
Collons Quimet que fort que vaas!
t'has cargat tres policies,
em sembla que t'has passat!
cagant osties cap a Breda,
para al bar, pillem benzina,
i una mica d'heroína,
ni hi ha res com el cavall,
per tirar el susto cap avall.
ja una mica mes calmats,
vam robar, per si de cas,
un altre cotxe per fugir,
vam cambiar el golf GTI,
per un mercedes, JODETEEE
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Reconec que vam fer voltes,
per arribar a Barcelona,
que boniques son les platges de Girona!
des de Blanes fins a Tossa i Cadaqués,
i un vell pescador ens diguè,
que ens va veure per Lloret,
però si he de ser sincer,
jo no m'en recordo de res,
vols dir que crec que va estar molt bé,
de Sant Pol fins a la Mina,
hi ha un camí secret que et porta,
directe cap a la gloria.
de la Rambla al kentucky,
passa per la plaça del Tripi...
vés-te'n al Harlem i al Glaciar,
i despres cap al Sidecar,
del Jamboree al Luz de Gas,
no es gran cosa la ciutat,
cada cop està mes sosa,
i aquest cony de Barcelona,
em sembla cada cop mes,
com un poble de mala mort.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Anem-nos'en de la capital,
anem-nos'en que se'ns fa tard,
fotent curves pel Garraf,
i amb les motos que em robat,
sense faros i borratxos,
collons quin cego que portem,
collons que bé que ens ho passem,
com el Vallès no hi ha res,
excepte el vi del Penedès,
un Martini a Vilafranca,
visca el Barça i Vilanova,
de Reus cap a Tarragona,
se'ns acaba Catalunya,
doncs tornem cap a Tortosa,
que bonic que es prendre el Sol!
i rere la xemeneia de la nuclear d'ascó,
jo soc d'un racó del món,
que la putejat tothom,
ja estic fart de veure el món,
em va dir el Qumiet tot must,
Catalunya ha crescut molt,
es el pais mes gran del mon,
però el meu poble es el millor,
vull tornar-me amb els meus porcs,
va arribar el moment solemne,
jo em sincero, ell es sincera,
no som res Quimet, de veres,
va tornem cap a caseta.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Sempre hi ha un moment de juerga,
que un es mira despres pensa,
el perquè de l'existència,
va deixa`t de tantes osties,
t'has passat de cocaína!,
i vam tornar cap a Vallclara,
a la piscina fem un cubata,
i esmorzar a la Panadella,
despres per frenar la resaca,
dos gintonics a Igualada,
tothom sap que a Montserrat,
que es on viu la Moreneta,
i als nens de l'Escolanía,
que els vesteixen amb faldilles,
i els confons amb una tía,
i del cego que portàvem,
ja casi que ens els follàvem,
menos mal gràcies al bisbe,
no toqueu la criatura,
que es un noi no es una tia,
cagüen déu, cagüen el bisbe,
que ens està axafant la festa,
Catalunya quina merda!,
Cervera, Agramunt, Artesa,
i per fi vam arribar a Isona,
vam anar a tirar la basura,
al cubell de la plaça,
i despres vam tornar a casa,
no ha estat mal, quimet, la juerga,
aquesta juerga catalana!!...
(Editado: La Comtessa d'Angeville amablemente nos ha traducido el texto en los dos primeros comentarios)
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Fa tres dies que no dormo,
quatre o cinc no m'en recordo,
em vaig trobar al Quimet a Isona,
vens ara a fer-ne una copa?
que m'en vull anar a dormir d'hora,
la seva xicota ens mana:
aneu a tirar la basura,
dins el cubell de la plaça,
però en Quimet agafa el cotxe,
rumbo a un poble de Segur,
i vuit o nou o deu cubates,
i a un garitu que hi ha al centro,
quan ja estàvem mig borratxos,
vam dir anem-n'hi a fer curves,
fes-te un porro més enllà,
ja que estàvem per Pallars,
vam anar a sota a comprar,
loteria Ca La Bruja,
per poder seguir la juerga fins Nadal.
I després cap a Puigcerdà,
i allà dalt de la muntanya,
vam parar a fer una pixada,
però vam veure com florien,
bolets a les cagades,
i aquests son bolets d'aquells,
que me fan girar el cervell,
i ens em vam menjar uns doscents
puja al cotxe i a Cerdanya,
tornem-ne cap a la Seu d'Urgell,
yuhuuu!!
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Si no es fan gaires barrejes,
els bolets no pujen gaire,
però amb uns porros y uns cubates
y un parell o tres de rayes,
pujen que es una passada,
i en comptes de tornar a casa,
vam xuparnos la Collada de Tosses d'una tirada,
i no se com vam parar a Berga,
i vam conéixer dues nenes,
i a Puig Reig ens vam fer uns whiskys,
i despres vam pillar uns éxatsis,
per fer-nos a les titis,
una treballava al super,
l'altre tenia molt vici,
i un polvet vora del riu,
i la lluna que ens somriu,
i jo sóc un gran fan del sexe,
això es perfecte,
tias buenas, mucha droga,
dale fuerte! qué feliç!
cagüen la puta i aquest cop he estat de suerte,
que resabia es la natura,
que ens crea i tambe ens ajunta,
l'un per l'altre això no para nooo!!
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Adios muy buenas! amiguetes...
marxem cap a Vic per feina,
i al casino uns bons cuabatas,
vaig vomitar a la façana,
de la Casa Tarradellas,
ja tornavem des de Vic,
i a la rotonda d'Hostalric,
ens va parar la policia,
puto control d'alcholèmia,
verge santa quina angúnia,
però en Quimet treu la pistola,
i tirant tiros als pitufos,
jo me cagüen els controls,
i aviso als mossos d'escuadra,
que no me toquin mes els ous!!
Collons Quimet que fort que vaas!
t'has cargat tres policies,
em sembla que t'has passat!
cagant osties cap a Breda,
para al bar, pillem benzina,
i una mica d'heroína,
ni hi ha res com el cavall,
per tirar el susto cap avall.
ja una mica mes calmats,
vam robar, per si de cas,
un altre cotxe per fugir,
vam cambiar el golf GTI,
per un mercedes, JODETEEE
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Reconec que vam fer voltes,
per arribar a Barcelona,
que boniques son les platges de Girona!
des de Blanes fins a Tossa i Cadaqués,
i un vell pescador ens diguè,
que ens va veure per Lloret,
però si he de ser sincer,
jo no m'en recordo de res,
vols dir que crec que va estar molt bé,
de Sant Pol fins a la Mina,
hi ha un camí secret que et porta,
directe cap a la gloria.
de la Rambla al kentucky,
passa per la plaça del Tripi...
vés-te'n al Harlem i al Glaciar,
i despres cap al Sidecar,
del Jamboree al Luz de Gas,
no es gran cosa la ciutat,
cada cop està mes sosa,
i aquest cony de Barcelona,
em sembla cada cop mes,
com un poble de mala mort.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Anem-nos'en de la capital,
anem-nos'en que se'ns fa tard,
fotent curves pel Garraf,
i amb les motos que em robat,
sense faros i borratxos,
collons quin cego que portem,
collons que bé que ens ho passem,
com el Vallès no hi ha res,
excepte el vi del Penedès,
un Martini a Vilafranca,
visca el Barça i Vilanova,
de Reus cap a Tarragona,
se'ns acaba Catalunya,
doncs tornem cap a Tortosa,
que bonic que es prendre el Sol!
i rere la xemeneia de la nuclear d'ascó,
jo soc d'un racó del món,
que la putejat tothom,
ja estic fart de veure el món,
em va dir el Qumiet tot must,
Catalunya ha crescut molt,
es el pais mes gran del mon,
però el meu poble es el millor,
vull tornar-me amb els meus porcs,
va arribar el moment solemne,
jo em sincero, ell es sincera,
no som res Quimet, de veres,
va tornem cap a caseta.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Bona nit. molt bona nit
m'en vaig al llit que estic borratxo i sóc feliç.
Sempre hi ha un moment de juerga,
que un es mira despres pensa,
el perquè de l'existència,
va deixa`t de tantes osties,
t'has passat de cocaína!,
i vam tornar cap a Vallclara,
a la piscina fem un cubata,
i esmorzar a la Panadella,
despres per frenar la resaca,
dos gintonics a Igualada,
tothom sap que a Montserrat,
que es on viu la Moreneta,
i als nens de l'Escolanía,
que els vesteixen amb faldilles,
i els confons amb una tía,
i del cego que portàvem,
ja casi que ens els follàvem,
menos mal gràcies al bisbe,
no toqueu la criatura,
que es un noi no es una tia,
cagüen déu, cagüen el bisbe,
que ens està axafant la festa,
Catalunya quina merda!,
Cervera, Agramunt, Artesa,
i per fi vam arribar a Isona,
vam anar a tirar la basura,
al cubell de la plaça,
i despres vam tornar a casa,
no ha estat mal, quimet, la juerga,
aquesta juerga catalana!!...
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