martes, 29 de julio de 2008

Mi soneto favorito



Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
ora a su afán ansioso, lisonjera;

mas no desotra parte, en la ribera
perderá la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.


Francisco de Quevedo y Villegas


Quevedo (y tantos otros) fue causa de mi frustrado y frustrante paso por hispánicas. Más frustrante que frustrado y es probable que algún día retome las asignaturas que me quedan. Primero debería acabar portuguesa. Y entregar el TIT. Y aprender alemán, aunque eso se puede simultanear. Y preparar las oposiciones. Y de todo...

Pero es factible que algún día haga las ¿nueve? ¿diez? ¿ocho? asignaturas que, entre convalidaciones y cursadas, me quedan para hispánicas.

Hubo un tiempo en que me creí todo lo que contaba. Hubo otro en que quise ser quevedista. Vale, fue antes de empezar la carrera. Me desilusionó tanto la única asignatura de literatura española de primero! Casi tanto como me desilusionó (me desilusionaron mis profesores, más bien) la Teoría de la Literatura. Casi tanto como me gustó la Lingüística, contra todo pronóstico. Más, incluso de lo que me gustó la asignatura de Literatura Románica Medieval en la que me matriculé en segundo en lugar de en tercero porque "cuanto antes liquidara las de medieval, mejor". Uno no sabe las vueltas que da la vida. Hubo un tiempo en que quería hacer matemáticas. Luego, descubrí que me daban un título por leer. Me cambié de carrera para huir de las lenguas (de la sintaxis, de la morfología, de la fonética) y escogí románicas porque cabían más optativas. Optativas que iban a ser (en principio) todas de teoría de la literatura, de lingüística y de literaturas modernas y contemporáneas. En todas las lenguas imaginables. Poco me interesaba (creía yo, en realidad era lo que me había llamado siempre de la filología) la romanística. Poco. La literatura medieval, psche... me gustaba el romancero (a quién no?), las cantigas de amigo (a quién no?), el Arcipreste de Hita (a quién no?) y odiaba profundamente el Cid. No sé cuántas lecturas después, sigue sin convencerme. Menos desde que conozco la épica francesa. Pero la literatura, aún cuando medieval, seguía siendo literatura.

Y descubrí un mundo nuevo. Tan nuevo y tan fascinante, que necesito otra entrada para contarlo. Probablemente necesitaría otro blog.

Volviendo al soneto (mi soneto preferido, repito), está citado de memoria. Como me lo aprendí en la primera adolescencia. ¿Cómo me lo aprendí en la primera adolescencia? No (una pequeña aldea gala... son las horas, estoy freak). Casi como me lo aprendí en la primera adolescencia. En las primeras clases de Literatura, en las que parecía que nos estaban enseñando a ser filólogos para luego hablarnos de literatura pero el luego se quedó en una tediosa historia de la misma extraída directamente de los manuales de clase, nos contaron la trampa. Generaciones de críticos, de antologías, de todo transcribiendo los tres últimos versos en plural. No! El primero se refiere al alma, el segundo a las venas, el tercero a las médulas. Las venas y las médulas no dejarán el cuerpo. Cómo iban a dejarlo? Es sólo el alma la que lo hará. A su vez, ésta ni arderá ni será polvo.

Ay! Felices tiempos aquellos en que soñaba con ser filóloga de verdad! Ahora dicen que lo soy, pero yo no me lo creo del todo.

P.S. Acabo de recordar (y necesito dormir, casi digo lembrar) que no fue en las tediosas clases de Introducción a la Historia de la Literatura Española (con ese nombre!) sino en las más lentas y aburridas del primer cuatrimestre de Teoría de la Literatura. Y que ni siquier fue en clase (no podría olvidar la lentitud del profesor) sino en una de las primeras lecturas que hubo que hacer. Acabo de visualizarlo (y es igualito que el frutero de Amèlie, película que se estrenó aquel año) contando una anécdota paralela. El romance castellano "marinero de Tarpeya / a Roma como se ardía"... si en Tarpeya no hay mar! Mira Nero de Tarpeya...

Lectio facilior, siempre...

A veces pienso lo feliz que podría llegar a ser editando textos...

Otras lo que hubiera podido ser tener buenos profesores de Teoría de la Literatura.

Y, otras más, lo feliz que estoy con mi condición de romanista y sigo pensando que cambiar de carrera ha sido lo mejor que he hecho en mi vida.

Buenas noches

P.S.2 Acabo de releer y, definitivamente, cuando tengo sueño no sé puntuar. La culpa la tiene la Edad Media.

2 never more:

Nadna dijo...

De la carrera no me queda nada. Nada aproveché y nada había de provecho. Ni los profesores, ni las materias ni la universidad.

Si algo me queda es de antes, del instituto, de cuando conocí y me arrejunté con 'Daam y, sobre todo, Ossip. Tuvimos mucha suerte. Con las materias, con el insti y, sobre todo, con los profes.

Concretamente hubo uno (que solo tuvimos un año) de literatura de segundo (15 añitos)que se pasó el programa por donde yo te diré y dedicó todo el curso a las Cantigas de Manrique y a los sonetos de Quevedo. Imagínate el grado de despiece a que sometimos el tema. Recuerdo los comentarios de texto de una profundidad extrema. Y no faltaba ni dios a aquellas clases, ojo.

De todas formas hay sonetos que me gustan más... Ya los buscaré (soy incapaz de un alarde memorístico como el tuyo, je).

Un beso

Juan Antonio dijo...

En el instituto me enamoraron varias cosas. Una fue la poesía medieval francesa. La Chanson de Roland, des Troyes, de Meung, Villon, los trovadores que cantaron l'amour courtois...

Pero al mismo tiempo Baudelaire, Poe, Balzac. También Quevedo. Por supuesto. Era como un héroe en un solar patrio prostituido y al borde de la bancarrota. Era un romántico.

Y también Homero y las tragedias griegas. Hubo un curso en el que todas las tardes me dirigía a la Biblioteca Pública del paseo del Salón, junto al puente romano del río Genil, y pedía al vetusto bibliotecario una tragedia griega. El buen hombre me miraba con mal disimulado odio, porque alguien había decidido que las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides durmieran el sueño de los justos en el último rincón del último sótano de la biblioteca. Teníamos una profesora de griego que contagiaba entusiasmo.

Besos.